La Bohème, letal danza macabra

Los hombres mueren y los gobiernos cambian pero las canciones de La Boheme son eternas

La frase es de Thomas Edison y viene a cuenta no sólo a raíz del inicio de la temporada de la Florida Grand Opera con el clásico de Puccini, sino también por una versión en DVD desde la Opera Real de Noruega que suscita polémica, induce a la reflexión, impacta, desorienta y enoja o estremece.

En el enfoque de Stefan Herheim (Oslo, 1970) siempre caleidoscópico, original e imprevisible, toda sentimentalidad se vuelve tragedia atemporal. El director noruego no es un niño terrible más enervando audiencias porque sí, sino un artista con una estética particularísima, neoclásica, abigarrada, sin ataduras y capaz de aportar una emoción insólita a un clásico tan trillado como efectivo. Alumno de Götz Friedrich, trabaja a partir de la recapitulación como ya hizo con Eugene Onegin y Parsifal, invistiendo con trascendencia inédita y merecida lo que tiende a verse, erróneamente, como una ópera almibarada y lacrimógena capaz de dar lugar a engendros innombrables.

Sin música, en el espectral silencio de hospital, entre monitores y tubos, la ópera comienza con la muerte de Mimí, no de tuberculosis sino de cáncer. Los cuatro actos que le siguen detallan la recapitulación de Rodolfo atravesando las dolorosas y cada una de las instancias del duelo. Mimí aparece en dos planos, dividida entre la desahuciada en su camilla (una suerte de espectro que sólo Rodolfo ve y ha creado para consolarse) y la visión romántica italiana, una suerte de tributo a las encarnaciones de Mirella Freni y aún más, Renata Scotto. Según Herheim “Rodolfo se refugia en la ópera, así como nos refugiamos en la música, para escapar frente a lo que no podemos lidiar… en el final del proceso, se ha liberado, se ha convertido en bohemio, en verdadero poeta,  ha logrado sobrevivir sin Mimí”.

Ese mundo de los bohemios escapa al pasatismo acostumbrado; es un mundo de espectros grotescos, cercano al expresionismo de James Ensor, a las sinuosidades de Edward Munch y al sarcasmo de Georg Grosz, de un colorido feroz que tampoco reniega de las mas negras connotaciones goyescas.  En esa enloquecida danza macabra, en los constantes flashbacks, Herheim no hace concesiones y hasta se da el lujo de actualizar momentos de la ópera como el humor infantil (y perimido) de los bohemios. Ese mundo, a manera de coro griego, acecha, irrumpe, participa, comenta y se esfuma. La muerte siempre presente aparece en la figura de un solo cantante que aborda Benoit, Parpignol, Alcindoro y papeles mudos como el Tambor Mayor, que se lleva a Mimí del brazo al final del segundo acto en medio de la algarabía popular.

El brillante joven director noruego Eivind Gullberg Jensen dirige una orquesta de envidiable nivel y en líneas generales, los intérpretes cumplen como en el mejor ensamble, destacándose la Mimí de Marita Solberg. La espléndida participación del coro y del coro de niños muestra el fastidioso detalle de Herheim abocado a crear lazos e historias en la multitud y que dan la pauta de su frondosa creatividad.

Con su inveterada maestría teatral, Puccini construye un sigiloso crescendo que culmina en uno de los más sutiles y efectivos golpes de teatro del género. Herheim comienza donde Puccini termina manteniendo esa intensidad, casi insoportable, durante toda la ópera. Provocadora, confusa, discutible, excesiva, es imposible no verla sin estar todo el tiempo, con un nudo en la garganta. Vale la pena, aunque sea una vez ☼

☀PUCCINI, LA BOHÈME, ELECTRIC PICTURE DVD EPC01

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