Matthias Pintscher, fulgor nuevo en la NWS

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Matthias Pintscher – foto Andrea Medici

Concitar un respetable número de espectadores y en gran medida jóvenes para un concierto de “música erudita contemporánea” en Miami Beach es un doble mérito. Vaya entonces la felicitación a la New World Symphony por haberlo logrado (otra vez) y porque además fue un público respetuoso, interesado y afortunadamente ecléctico, prueba de los diferentes estratos que acuden ya como buena costumbre a la NWS, en parte sólo porque saben que la oferta siempre interesa, casi nunca defrauda. 

El sábado 30 de abril señaló dos distinguidos debuts para un programa que armado concienzuda e íntegramente con obras de compositores alemanes contemporáneos  (Rihm, Henze y Pintscher) fue dirigido por el más joven de los tres. Una apuesta arriesgada y difícil, de aristas poco convencionales ejecutadas con un nivel de excelencia y dedicación irreprochables.

Abrió el fuego Hill Sound, una breve composición de Wolgang Rihm (1952), uno de los más prolíficos y consistentes creadores musicales de esta época, compuesta en 2006 para el grupo americano The Alarm Hill Sound. Un abanico musical con la distintiva impronta del compositor de Karlsruhe, siempre sorprendiendo en su espectro amplio e impredecible desde la premisa “Algo sonará porque desea sonar”. Enigmático, sin ataduras, deleita sin necesitar explicaciones.

La inclusión de la Octava Sinfonía de las diez de Hans Werner Henze (1926-2012) fue una buena oportunidad para apreciar a uno de las máximos compositores de posguerra desaparecido hace cuatro meses y cuya obra está practicamente ausente en la programación local. Fue un cálido tributo de Pintscher – uno de sus discípulos en Montepulciano, durante el largo autoexilio italiano como paria incomprendido en su patria y por muchos colegas de su generación -  que en su breve alocución comparó esta octava con ciertos rasgos de su equivalente beethoveniana, la que entre dos sinfonías tempestuosas se antoja un descanso previo a la tempestad perfilada en la novena, en el caso de Henze, una cantata dedicada a los mártires del antifascismo alemán.

La música de Henze ha sido conjunción personalísima de varios estilos destinado a plasmar elementos concretos, generalmente escénicos (fue un gran operista), como en este caso el Sueño de una noche de verano y sus personajes centrales, Puck, Oberón y Titania. La fusión de estilos amalgamados es curiosamente accesible – y hoy hasta podría sonar convencional – comprobándose cómo la densidad y espesor tonal de su primera época dio lugar a una bienvenida transparencia y liviandad última.

Esta tradición se vió desafiada por su discípulo Matthias Pintscher (1971) con una composición que fue el núcleo del concierto y excepcional segunda parte de la noche. Originada en una pieza de cámara compuesta para Henze, Reflections on Narcissus en cinco movimientos ininterrumpidos para violonchelo y orquesta juega con los significados del título. Es a la vez reflexión, reverberación, observación y por sobre todo reflejo, con sus posibles infinitas réplicas. 

Si desde  Rihm y Henze, con Pintscher se tuvo la certeza de estar frente a un brillante joven director, viéndolo dirigir su creación se confirmó su lugar como uno de los líderes de la composición y dirección de la nueva generación (es el flamante director del célebre Ensemble InterContemporain). A partir de La metamorfosis de Narciso, pintura de Dalí que junto a Ovidio inspiró al músico renano de entonces veinte años, el elemento pictórico se desarrolla, crece y se funde con la música con prodigiosa sagacidad camaleónica.

Una obra de carácter obviamente mítico y nocturnal, donde el solista – notable Joshua Roman en un chelo que se desata en el cuarto movimiento y que antes recorrió inefablemente el espectro de la viola y del violín– encarna al elusivo Narciso mientras el arpa es la ninfa Eco y que viaja por una sucesión de juegos sonoros donde la música se esfuma en ominosos silencios que parecen conjurar tácitamente a otra pintura sobre el tema, la de Caravaggio, para terminar desvaneciéndose en una reverberación tan imperceptible como hechizante. Y otra vez, Pintscher va desde la música hacia silencios que, literalmente, atruenan.

Broche de oro del programa fue el bis de Roman con una suite de Bach cerrando una velada que en su rigor y solidez no pudo ser más alemana y donde, como correspondía, el espíritu del padre de la música marcó el fin como antes el principio

Roman

Joshua Roman

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