Desde Noruega y Roma, dos británicos al timón

Desde el advenimiento del registro integral de óperas es costumbre que cada generación ostente uno o dos favoritos por década. En esta nueva centuria, esa moderna suerte de tradición se ha visto interrumpida por diversos motivos, el principal los costos y los avances tecnológicos, la grabaciones en vivo que ya no son tan “piratas” como solían ser más la profusion de filmaciones en diversos formatos que amenazan acabar con la experiencia puramente vocal, “el bueno viejo y querido disco” que como el libro, permite al oyente imaginar a piacere en vez de obligarse a ver lo que otros quieren que vea.

Enhorabuena entonces cuando un sello discográfico decide grabar dos títulos del repertorio que aunque originados en versiones de concierto incorporan al catálogo las estrellas líricas del presente; intérpretes que inevitablemente, serán voraz y cuidadosamente diseccionados por memoriosos para los que todo tiempo pasado fue mejor. No siempre es asi y estas dos flamantes entregas lo atestiguan.

Tanto “El holandés errante” como “Tosca” a cargo de dos directores británicos, Edward Gardner (50) y Daniel Harding (49), nombres en imparable ascenso que coincidentemente debutarán en Miami a principios de mayo (2,3,4); el primero cerrando la temporada de la New World Symphony, el segundo con la Orquesta de Cleveland, dirigen estas grabaciones, anecdóticamente desde el lugar donde se desarrolla la acción de cada una.

Si la primera está motivada en capitalizar el justificado estrellato de Lise Davidsen, la gran sorpresa es el excepcional nivel del coro y la orquesta de la Opera Nacional Noruega de Oslo que bajo su flamante director artístico – Gardner – entrega un “Holandés” arrollador, tempestuoso, que deja sin aliento entre cumbres y abismos wagnerianos. Recuerdese que fueron tempestades y fiordos los que inspiraron a Wagner durante la desventurada travesía entre Königsberg y Londres a bordo del Thetis que lo llevó a recalar en la costa noruega. Por eso, hasta en este sentido esta grabación podría ser tildada de “local”.

A título personal, debo agradecer mi temprana aficción wagneriana a una noruega, la imponente Ingrid Bjoner como Senta en el Teatro Colón. Y el impacto de aquella impresionante balada de Senta permanece intacto en la memoria. Igual deslumbramiento causa la primer frase a capella por Lise Davidsen, una literal invocación que parece venir de otra dimensión. Esta auténtica sucesora de sus compatriotas predecesoras Flagstad y Bjoner, entrega una Senta antologica y no solo por motivos estrictamente musicales sino porque sabe que es su primera y seguramente última en su camino hacia Isolda y Brunilda. En este papel traicionero vocalmente, su dedicación se aprecia en una lectura plena de matices, detallada en cada renglón y con agudos como rayos láser. Al fin una Senta joven, decidida, resuelta, cómoda, vocalmente gloriosa y por si fuera poco, noruega como la protagonista de la historia. A la par de la alucinada de Rysanek y la imponente de Varnay, añade ternura y femineidad reveladoras.

Liederista de raza, cantante de inteligencia cabal, el canadiense Gerald Finley no intenta sobrepasar el natural heroismo vocal de su colega sino que regala un Holandés torturado, introvertido, enigmático, con la angustia y tristeza de generaciones a sus espaldas, como antes Dietrich Fischer Dieskau o Thomas Stewart, cada palabra cuenta, y su monólogo Die Frist is Um cala hondo. Escalofriante.

El resto del elenco cumple con creces destacándose el enfoque lírico de Stanislas de Barbeyrac a cargo del ingrato papel de Erik y el Timonel de Eirik Grotvedt, un luminoso joven tenor para seguir de cerca. Por su parte, Anna Kissjudit es una Mary de lujo y Brindley Sherrat un Daland eficaz aunque tenso en los agudos.

Imposible no destacar los electrizantes coros de la Opera Nacional Noruega que abren el tercer acto, el de humanos y el de espectros. Gardner conquista al timón de esta versión tan urgente y vital que se escucha de un tirón y en su intensidad, se hace breve, en óptima toma sonora.

Edward Gardner

Desde la penumbra nórdica a la soleada Roma, más difícil es “matarle el punto” a «Tosca», dueña de algunas de las mejores grabaciones de la historia de la discografía comenzando por la “definitiva” de Callas de 1953. Mas que una ópera, Tosca es casi un thriller que debe verse y que aquel registro con Victor De Sabata lo lograba solo con escucharlo.

Enfrentándose al desafío, Daniel Harding confía su poca experiencia en este género a la venerable Orquesta de la Academia de Santa Cecilia, el célebre ensamble romano que enmarcó las Toscas de Tebaldi (1952 y 1959), la de Maazel con Nilsson, entre otras, y que ha sido vehículo de lucimiento recientemente en las grabaciones de Madama Butterfly, Aida, Otello y Turandot bajo la batuta del predecesor de Harding, su ilustre compatriota Sir Antonio Pappano.

Si Davidsen es el principal atractivo del “Holandés”, Jonathan Tetelman lo es de esta “Tosca”. Y si bien el tenor chileno-americano compone un Cavaradossi de probada jerarquía, salen muy bien parados los otros dos protagonistas. No cabe duda que Ludovico Tezier es el Scarpia de rigor en estos tiempos. Libidinoso y elegante, jamás cae en la caricatura pero cuando debe rugir lo hace y estremece. Modélico musical y actoralmente, es uno de los pilares del registro.

Sorprende la elección de Eleonora Burratto para el papel titular cuando pudo contarse con otras mas famosas y experimentadas, léase Sondra Radvanovsky, Saioa Hernández, incluso Netrebko, Yoncheva o la todo-terreno Asmik Gregorian. Es una elección arriesgada pero exitosa. Su principal virtud es ser una Floria italianísima, idiomática y esencialmente lírica a la manera de Renata Scotto o Mirella Freni, su maestra junto a Luciano Pavarotti. En las antípodas de las encarnaciones ultradramáticas de los peso pesados que abordaron el papel, construye el personaje atenta a los peligros vocales e interpretativos que presenta dándose el lujo de “pintar” toques veristas sin caer en excesos. 

Con un enfoque obviamente sinfónico, Harding conduce con tiempos mas lentos que los tradicionales y que en mas de una instancia esfuerzan a sus cantantes; no obstante Tetelman brilla en sus certeros agudos amén de caer en alguna inevitable indulgencia “á la Kaufmann” y Burratto aplica metal cuando debe para atravesar la orquesta. Correctísimos los comprimarios y delicioso el pastor de Alice Fiorelli. 

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