Añorada «Noche de paz». Elusivo día de paz
“Cruzábamos a la trinchera enemiga para compartir lo que les faltaba y viceversa. Pan alemán por tabaco francés y otras vituallas que entonces eran lujos impensados. Pero a la mañana siguiente debíamos pelear con nuestros nuevos amigos de anoche”, narraba aquel hombre hosco, huraño, inescrutable.
Ese anciano era mi abuelo, uno de tantos adolescentes enviados a la Primera Guerra Mundial, y aquel bautismo de horror lo convirtió en el ser distante que apenas llegué a conocer. Su relato condensaba la paradoja del conflicto: la misma mano que en la noche extendía un obsequio debía empuñar un fusil al amanecer. Así intervenía el destino para que amigos circunstanciales se enfrentaran a muerte en un combate inevitable y siempre fútil.
La futilidad de la guerra —y un episodio, si se quiere, “menor” en la vasta cronología del siglo XX pero cargado de humanidad— vuelve a escena con “Silent Night», en coproducción de Florida Grand Opera con la Ópera de Atlanta y Opera Carolina. No es la primera vez que la compañía incorpora repertorio bélico contemporáneo: en 2016 presentó La pasajera de Mieczysław Weinberg, feroz retrato del Holocausto y uno de los hitos recientes de la lírica local. En esta ocasión, el foco se posa sobre la célebre tregua navideña de 1914, aquel momento fugaz en que el frente occidental suspendió su maquinaria de muerte y los soldados reclamaron, por un instante, el derecho a llamarse “humanos”.
El compositor Kevin Puts rescata para la ópera ese suceso ya inscripto en la mitología de la Gran Guerra, recreado en obras tan dispares como «Oh! What a Lovely War«, «Blackadder Goes Forth» y la película «Joyeux Noël» (2005), en la que se basa su pieza. Encargada por Minnesota Opera en 2011, la obra obtuvo el Premio Pulitzer de Música en 2012 y desde entonces ha recorrido escenarios de Estados Unidos y el Reino Unido, consolidando a Puts —nacido en Saint Louis, Missouri, hoy de 53 años— como una de las voces más notables de la música norteamericana actual.
Soldados de Escocia, Francia y Alemania suspenden el combate en una tregua que los altos mandos de Londres, París y Berlín desaprueban. Puts y su libretista, Mark Campbell, amplían la narrativa del filme y profundizan en personajes que encarnan distintos rostros del conflicto: un pintor escocés que pierde a su hermano —una gaita solitaria se lamenta mientras los soldados aprovechan la tregua para enterrar a sus muertos—; un teniente francés que deja a su esposa embarazada; y un célebre tenor alemán que se reencuentra con su compañera de escena para intentar juntos cruzar la “tierra de nadie”. El coro en el que soldados franceses, alemanes y escoceses anhelan dormir —consuelo universal en medio del caos— marca uno de los mayores aciertos de la partitura.
Vale anotar que el tenor real detrás del episodio histórico fue el berlinés Walter Kirchhoff, estrella en Berlín, Londres, Viena, Buenos Aires y el Met, donde cantó más de cien funciones entre 1927 y 1931. Fue él quien entonó “Stille Nacht”, respondido por soldados escoceses con “Joy to the World”. Aquel intercambio derivó en un encuentro que borró, por unas horas, toda frontera. Ese instante —frágil, insólito, irrepetible— es el corazón moral de «Silent Night» y es allí donde Puts quizás desaprovecha la oportunidad de crear una escena monumental que podría haber quedado inscripta en los anales del género; opta, en cambio, por una solución minimalista que, si bien impacta no termina de convencer.
La ecléctica música acentúa la doble naturaleza del conflicto. Se alternan marchas, arias con pasajes disonantes que reflejan la brutalidad de la guerra. No obstante, la tensión acumulada en el primer acto se diluye en el segundo para recuperar fuerza hacia un final sobrio y desolador.
La puesta en escena del director israelí Tomer Zvulun —actual regente de la Ópera de Atlanta— es la principal aliada del compositor. El componente visual se impone desde el inicio, agigantandose, practicamente apuntalando las debilidades de la partitura. Zvulun transforma la escena en un espacio vivo y tenso mediante recursos certeros. Las trincheras, dispuestas verticalmente en tres niveles —escoceses arriba, franceses al centro, alemanes abajo— permiten una lectura visual del conflicto como estratificación del sufrimiento.
El renglón musical se vio respaldado por un elenco sólido, con el joven tenor Kameron Lopreore destacado en el protagónico. Por su parte, la soprano Sarah Joy Miller, dueña de una voz de innegable tersura, aunque tendiente a cierta acidez en el extremo agudo, fue responsable del mejor momento de la ópera: el soliloquio a capella durante la tregua.
En el foso, la recientemente formada orquesta de la compañía respondió con solvencia a la batuta de Christopher Allen, aportando un puntal adicional a la versión.
Si bien «Silent Night» no alcanza la estatura de «La pasajera» o del colosal «Réquiem de Guerra» de Benjamin Britten, cumple su misión al funcionar como un espectáculo en el que lo visual y lo musical se entrelazan para recrear un momento que conviene recordar hoy más que nunca. Su fuerza radica no sólo en lo que relata, sino en la manera en que nos recuerda que, cuando el enemigo deja de ser anónimo, la guerra se vuelve menos inevitable. Y que aún en los peores capítulos de la historia, es posible vislumbrar —aunque sea por una única noche— la tenue luz de la paz. Esa paz que elude siempre a víctimas, como fue mi abuelo, atrapadas en el juego implacable de los poderosos.




