Dora Valdés-Fauli, adiós a una pionera del arte en Miami
Murió Dora Valdés-Fauli. Su partida, asi dura como suena, llegó como una ansiada liberación del sufrimiento que la acompañó en los últimos tiempos. Cuesta escribirlo; cuesta decir “Dora se fue”: es admitir que se nos ha ido una presencia que marcó vidas, carreras, amistades y una época entera del arte latinoamericano en Miami.
Los recuerdos se amontonan desordenados. La busco en fotografías que trazan hitos de treinta y cinco años de amistad incondicional. Una de ellas, tomada en la inauguración de una muestra en la galería que siguió mi camino después de que ella cerrara la suya, me detiene: recien ahora la comprendo, aparece tocándome la espalda con ese gesto suyo, delicado y firme a la vez, como dándome un envión. Era la caricia cómplice de quien impulsa y protege, la mano de un ángel guardián que jamás se anunciaba.
Cómo olvidar aquella tarde de 1990 en que golpeó mi puerta para ver mi trabajo. Se llevó dos piezas y, al día siguiente, me avisaba exultante que las había colocado en una colección. Esas obras están hoy en París. Así comenzó una relación profesional de casi dos décadas y una amistad que no conoció interrupciones. Desde aquel momento pasaba a ser su artista exclusivo, no necesitamos contrato, fue un “gentlemen agreement” cumplido al pie de la letra.
Vinieron exposiciones individuales y colectivas, muchas exitosas y algunas inolvidables. Hubo noches inaugurales con sold out y anécdotas que nos acompañaron siempre. Como aquella en que le conté la costumbre argentina de comer ñoquis los 29 para atraer la buena suerte. “Estoy encantada con la idea”, allá marchamos a Bugatti. La superstición surtió efecto: la muestra se vendió integra esa misma noche. Desde entonces, si tenían inauguración, sus artistas pedían ñoquis los 29. “Estoy brava contigo” decía sonriente «Mira en la que me has metido”.Teníamos códigos tácitos: cuando había vendido una obra, me llamaba y decía, simplemente, “Pasó por aquí tal…”. Yo escuchaba, nítido, el eco de una caja registradora. Gracias a Dora compré mi primera casa. Vender le causaba una suerte de adicción feliz, un placer casi deportivo; cumplía su misión.
Eran tiempos de abundancia, cuando Dora ya había consolidado —en The Americas Collection y antes en la galería Forma— una plataforma pionera para el arte latinoamericano en Miami; una ciudad distinta de la caótica metrópoli actual, más inquieta y más amable de lo que el mundo pensaba, casi un secreto bien guardado, con un núcleo de artistas de todas partes que se sentía acogido, bienvenido y dispuesto a anidar en este trópico norteamericano. Miami no puede ni debe olvidarla.
Sus cenas eran territorio de encuentros: artistas, coleccionistas, amigos. Elegantes, deliciosas, impecables como ella. De ellas me quedan afectos que perduran hasta hoy. Allí conocí a su familia: a su fenomenal madre, Ana, pionera en Santa Fe y Taos, intrépida y luminosa; a su hermana; a sus fieles cuñados y cuñadas; a sus novios; a sus hijos, con quienes incluso compartimos un refugio divertido, evacuados por un huracán amenazante, en su casa: otra vez hogar, otra vez refugio. Los vi crecer y convertirla en una abuela orgullosa. Dora tenía ese don infrecuente: estar exactamente cuando se la necesitaba.
No hace tanto, la terrible desaparición de su amado hijo mayor marcó un antes y un después. La peor pesadilla para una madre. Su luz se apagó; también su alegría contagiosa y sus ganas de vivir. Su corazón se quebró, como el de Rembrandt, y allí comenzó la dolorosa lenta marcha hacia el final. Peleó como pudo; fue una guerrera admirable, haciendo honor a sus antepasados escoceses y mexicanos: una mezcla imbatible que le daba una fuerza inédita, disimulada bajo su aspecto de dama delicada —que además era—. Intentó resistir, pero su espíritu pudo más, ganándole al cuerpo que fue extinguiéndose. Esa “crónica de una muerte anunciada” se cumplió inexorablemente este 16 de noviembre.
Hoy se ha ido. Pero en quienes estuvimos a su lado queda su huella: la elegancia, la valentía, la intuición para apostar por los demás y la nobleza discreta con la que ejerció ese oficio tan complejo como esencial: creer en el otro. Ese fue su legado. Y también su forma de permanecer.
Gracias, una y mil veces.
Dora Ann Valdes-Fauli (née Riddel), (Diciembre 15, 1943, Lubbock, Texas – Noviembre 16, 2025, Coral Gables, Fl)

