Michael Tilson Thomas y el fin de una era
Vivimos tiempos desconcertantes, tiempos que contemplamos con callada desazón mientras asistimos a indeseadas despedidas, y a la vez, reflexionamos sobre el porvenir, a cada minuto mas incierto. Entre tantos adioses, el mas contundente en el ámbito de la música local fue el de Michael Tilson Thomas de la New World Symphony, “su hija” predilecta. Un fin de semana especial, “bittersweet”, donde el director californiano pese a su fragilidad – aquejado de cáncer cerebral terminal- decidió retornar para decir adiós a su público entregándose con envidiable energía mientras optimista dibujaba su acostumbrada sonrisa, tan irónica como reveladora.
Esta vez se hace absolutamente irrelevante hacer una reseña. Esta vez tampoco importa demasiado el programa integrado por el mas profético Mozart, nada menos que la obertura de “Don Giovanni”, a cargo del bienvenido Alasdair Neale que regresó a la NWS después de un largo paréntesis, asi como el aporte del pianista Jeremy Denk reemplazando a Yefim Bronfman en el Concierto Decimocuarto de Mozart más un bis donde brilló homenajeando al director con una de sus especialidades, “The Alcotts” de la “Concord Piano Sonata” de Charles Ives. Tampoco fue la urgente, desafiante, vigorosa lectura a la manera de eras pasadas de la Quinta beethoveniana, la misma obra con la que en febrero de 1988 inauguró su proyecto mas ansiado, esta New World Symphony, la del destino golpeando a la puerta tarde o temprano, con cada becario atento y expectante tocando con aún más pasión y entusiasmo del acostumbrado, como si de hecho “fuera la última”. Ni tampoco el apacible arreglo para cuerdas de “Primavera” de Grieg, que si en inglés se conoce como “La última primavera” sirvió de sugerente bis y del que MTT risueño añadió “Se llama última pero puede que no lo sea”.
Demás está decir que se trató de una velada diferente, obviamente única, donde primó e importó la intención, reconocimiento y valoración del legado que Michael Tilson Thomas deja con la New World Symphony, su máxima creación y el mayor aporte al paisaje musical de la historia de Miami Beach, un exitosísimo emprendimiento que le ha dado prestigio así como la ha colocado en el mapa cultural internacional. Un legado y una creación que lo sobrevivirá, uno que está mas vivo que nunca y al que en su breve alocución final agradeció a todos los que creyeron en su visión por haberlo acompañado y hacer realidad esta “maravillosa conspiración”.
Mas allá del adiós y de las largas ovaciones, la imagen que quedará indeleble en la memoria de cada uno de los asistentes de los conciertos del 29 y 30 de marzo, será la del director, de espaldas al público, apoyado en el podio a manera de balcón, contemplando sonriente y complacido su orquesta, esa «Academia Orquestal de América» que se renueva constantemente y que ha diseminado mas de mil trescientos eximios ejecutantes por ensambles del mundo. Una estampa que bien pudo evocar al heroico “Caminante sobre un mar de nubes” de Caspar David Friedrich trasladado a nuestro tiempo y que profético parece señalar el fin de una era y el comienzo de otra.


