Espléndida Gran Tradición: «no hay música comparable a la nuestra»

Una de las curiosidades más sorprendentes de Miami es que, en el renglón musical, esta ciudad tan joven, tan del “Nuevo Mundo” puede jactarse de tener una “tradición mahleriana” tan inusual como constante. Tradición sembrada durante las últimas décadas por la labor de Michael Tilson Thomas al frente de la New World Symphony y, anteriormente, por James Judd con la Orquesta Filarmónica de Florida. Dos batutas infatigables que no solo establecieron un repertorio, sino que educaron y formaron a la audiencia miamense en el vasto universo del compositor al que se atribuye la célebre frase: “una sinfonía debe ser como el mundo, debe contenerlo todo”.

Ni Beethoven, ni Brahms, ni Bruckner, ni Sibelius, sino Mahler —y su universo sonoro único e inconfundible— quien se manifestó con particular elocuencia cuando Manfred Honeck lideró a la Academia Orquestal de América en la «Cuarta Sinfonía», única oferta del compositor de la temporada 2025-26 que devino inesperado aunque previsible broche de oro del año musical.

Entonces resultó inevitable evocar aquella imagen de la octogenaria Alma Mahler en Carnegie Hall, retratada por Alfred Eisenstaedt, que revela todo. La célebre viuda —entre otras cosas, “la chica más bella de Viena”, de acuerdo a la cáustica canción de Tom Lehrer— escucha absorta la obra del mas famoso de sus tres maridos; con los ojos cerrados, completamente transportada. Ese sentimiento único, irrepetible, que convierte el experimentar música en vivo en una experiencia sin parangón, se vivió también en el auditorio de Miami Beach gracias a la magia conjurada por el director austríaco, quien obtuvo una respuesta notable de la joven orquesta.

Hay instantes que se fijan en la memoria como una impronta indeleble, y el iridiscente, casi imperceptible pianissimo que coronó largamente el tercer movimiento fue uno de esos momentos en los que el tiempo pareció detenerse. Honeck honró riguroso la indicación de Mahler en ese esquivo gran Adagio marcado Ruhevoll, literalmente un estado de “plena paz”, ese silencio contenedor tan difícil de materializar, donde cada pausa adquiere tanta relevancia como la nota que la sigue. Integrando con sabiduría los clímax dramáticos, el amplio arco melódico se volvió profundamente emocional gracias a la respiración generosa del fraseo favorecido por Honeck.

No se trató de un episodio aislado, sino del resultado de una lectura soberbia, de fuertes rasgos estilísticos, frente al Mahler tan homogéneo como impecable al que hoy estamos acostumbrados. Fue una Cuarta más pastoral, más lúdica, más efervescente; en todo sentido, más “vienesa”, aunque ominosamente cercada por los terrores de la Tercera y las trompetas agoreras que anticipan la Quinta. Honeck realizó un trabajo de orfebrería, puliendo detalles mediante inusuales portamenti, ritardandi y rubati que otorgaron una pátina dorada al resultado total. Solos como el del oboe, a cargo de Sooyoung Kim, emergieron deliciosos, mientras los violines en instancias sonaron burlones cuando no, campechanos.

Ese sabor vienés había quedado establecido desde la primera parte del concierto con una obertura modélica de El murciélago, chispeante y casi desbocada como  vals irrefrenable. Un Honeck incisivo y elegante controló magistralmente el vertiginoso deslizar de la música, elevando literalmente las acciones del a menudo maltratado e incomprendido Johann Strauss II, tan admirado nada menos que por Brahms.

La Sinfonía n.º 93 de “Papá” Haydn rubricó un encuentro inusualmente contemplativo y a la vez rústico, con toques de humor certeros y envolvente espíritu clásico, propio del padre de la sinfonía. En esa sucesión natural del desarrollo del género, y apelando al lustroso brillo de la gran tradición austrogermánica, Mahler llegó como consecuencia lógica.

Así, el último movimiento de la Cuarta fue verdaderamente esa Vida celestial de Des Knaben Wunderhorn que el niño describe, asombrado con la abundancia del paraíso, cuando canta: “Disfrutamos los placeres celestiales y evitamos los terrenales”. A medida que avanzó, la soprano Lauren Snouffer fue afirmándose con voz clara, de intención exacta, “sin parodiar y destilando alegría”, como exigía Mahler. El final, suspendido en un delicado pianissimo, fue prolongado por un silencio elocuente, cuidadosamente sostenido por el director, que reforzó la sensación de quietud y plenitud espiritual.

Definitivamente, “Kein Musik ist ja nicht auf Erden, die unsrer verglichen kann werden” —no hay música terrenal que pueda compararse a la nuestra— la frase final de la sinfonía reflejó este epílogo memorable para el año que concluye.