Dos mundos: El murcielago y el Requiem de Verdi

El último fin de semana, Miami asistió a dos propuestas musicales que mostraron el contraste entre entretenimiento y hondura artística. Desde ya, ambos pueden —y deben— coexistir dentro de un panorama cultural saludable de toda metrópoli. Sin embargo, como apunta la sagaz Mariscala de Der Rosenkavalier de Richard Strauss, “en el cómo reside toda la diferencia”.

La Florida Grand Opera apostó por el brillo escénico con Die Fledermaus, la inmortal opereta de Johann Strauss hijo, quedándose a medio camino entre lo decorativo y la eficacia teatral. Pese a un diseño visual de innegable efecto, este Murciélago no consiguió levantar vuelo. 

La puesta, original de Stephen Lawless para el Festival de Glyndebourne en 2003 y posteriormente incorporada al repertorio de la Washington National Opera, traslada la acción al Jugendstil, el Art Nouveau vienés, en una transición simbólica hacia la modernidad decadente de comienzos del siglo XX. El escenario giratorio de Benoît Dugardyn, concebido como una sucesión de paneles espejados con motivos geométricos inspirados en etiquetas de champán y resonancias directas del universo ornamental de Gustav Klimt, evoca los musicales de Hollywood y hasta podría sugerir la lectura alegórica de un mundo que baila en la cubierta del Titanic.

Musicalmente, Die Fledermaus sigue burbujeando con vitalidad; encender la chispa, en cambio, se ha vuelto cada vez más difícil. Su comedia ha envejecido; más allá de su considerable duración, gran parte del humor hoy se percibe anticuado, en ocasiones incómodo y a veces simplemente pueril asi como la perimida estructura de enredos, identidades ocultas y venganzas ligeras, que en su época funcionaba como sátira social. Igualmente vanos resultan los intentos de actualizarla con referencias locales.

Pensada para un teatro de menores dimensiones, la estructura escenografica tendió a diluirse en la inmensidad del Arsht Center. Los dos primeros actos mantuvieron coherencia visual, pero el último naufragó en una cárcel sin sentido dominada por un escenario giratorio usado hasta el agotamiento.

A ello se sumó la desafortunada cancelación de las dos estrellas anunciadas, Joyce El-Khoury y Nathan Gunn, circunstancia no dada a conocer al público en la noche inaugural. Fueron reemplazados por Esther Tonea y Alex Granito, quienes cumplieron con solvencia. El coro y resto del elenco mostró un nivel parejo, encabezado por la Adele idiomática de la soubrette Rebecca Nielsen, de voz modesta pero segura, y por los tenores John Viscardi y Ricardo García. El más afianzado en estilo fue el veterano Louis Otey, mientras que la talentosa Ginger Costa-Jackson erró el tiro con un Orlovsky —papel siempre espinoso— cuyos parlandi fueron abordados a fuerza de gritos hasta la exasperación.

Bajo la batuta de su nuevo director musical, el español Pablo Mielgo, la recientemente formada orquesta de FGO cumplió con corrección, aunque sonó algo opaca y evidenció algunos desajustes entre foso y escena en la noche de apertura. El tiempo, sin duda, les otorgará el afianzamiento necesario en este nuevo emprendimiento. Las danzas del segundo acto a cargo de la siempre confiable Rosa Mercedes.

En definitiva, la consigna del estreno —“Dress to impress”— pareció revelar involuntariamente el espíritu de la noche: brillante en la superficie, pero aún en busca de la esencia que la justifique.

Otro cantar —literalmente— se vivió enfrente, en la sala Knight, con la largamente esperada llegada del Requiem de Verdi. La monumental composición tardó dos décadas en llegar al escenario del Arsht Center, pero la espera valió la pena, ofreciendo una velada del nivel al que toda metrópoli musical aspira.

De entrada, fue un privilegio contar con la Orquesta de Cleveland, de una tersura sonora e impacto incontestables. Desde las cuerdas iridiscentes que preludiaron el vasto fresco verdiano hasta los bronces apocalípticos del Tuba mirum, cada intervención fue dibujando una suerte de Juicio Final de la Capilla Sixtina en música. El efecto fue sobrecogedor.

Si bien Franz Welser-Möst no es un verdiano nato en la estirpe de Muti, Abbado o Barbirolli, supo cincelar esta partitura tan monolítica como elusiva, desde el enfoque adecuado: no como una ópera, sino como lo que es, una misa solemne que apunta a internarse en lo más profundo del alma. Un Requiem para los vivos, completado en memoria de su amigo, el gran poeta Manzoni y destinado al enfrentamiento del hombre con lo trascendente. Apela al hombre frente a un dios universal, el mismo de Beethoven via Schiller.

Y sin embargo, en esta misa emerge el Verdi teatral, irreprimible incluso en su espiritualidad, regalando una galería de arquetipos vocales decantados en música pura, sin ataduras argumentales. Acentos de Eboli, Radamès, Leonora y Filippo II asoman en un cuarteto llamado a cantar hacia adentro, como una plegaria en vez de una ópera, en palabras de Riccardo Muti.

Welser-Möst concertó con pulso experimentado las fuerzas orquestales y corales —admirable labor del coro bajo la dirección de Lisa Wong— junto a un cuarteto solista de gran nivel. Hacia el final del Offertorio, el director sufrió un episodio de hipertensión que amenazó con interrumpir la velada. Su recuperación permitió que la obra continuara hasta el final, en un gesto de admirable compromiso artístico, aunque su ausencia en los saludos finales confirmó la gravedad del incidente.

Integrado por la soprano Asmik Grigorian, la mezzosoprano Deniz Uzun, el tenor Joshua Guerrero y el bajo Tareq Nazmi, el cuarteto funcionó con notable cohesión. La joven mezzo turca aportó una voz importante, aunque en ocasiones desbordada; Guerrero, tras un Ingemisco de impronta operística, supo recogerse en un Hostias de exquisita humanidad.

La gran sorpresa fue Tareq Nazmi, de voz imponente y cavernosa, evocadora de grandes bajos del pasado. En el Confutatis, el cantante kuwaiti atronó con voz soberana y piadosa.

Pero el verdadero acontecimiento fue el debut local de Asmik Grigorian, quien confirmó por qué es hoy la soprano más solicitada del circuito internacional. Dueña de un instrumento flexible y una expresividad extraordinaria, sabe graduar sus medios con inteligencia infrecuente.  Grigorian es una todoterreno intrepida que sabe graduar sus medios, es un rara-avis que canta y cómo. En el Libera Me final —esa escena cumbre que condensa toda la dramaturgia verdiana—exponiendo sin piedad todos los recursos dea la soprano, triunfó con soltura y seguridad, dando el temido si bemol en un pianisimo que cortó el aire para luego estremecer en la frase final, dirigida al público como un ruego íntimo y desafiante: Libera me, Domine, de morte æterna, in die illa tremenda. 

Si Die Fledermaus recordó cuán difícil resulta hoy revitalizar y plasmar opereta vienesa en el 2026, el Réquiem de Verdi reafirmó el poder imperecedero de la gran música, interpretada al más alto nivel, para conmover, interpelar y elevar al público.