Nacidas del miedo, NWS abrió su temporada
Por coincidencias bien conocidas por todos, las dos obras elegidas para el inicio de la temporada de la New World Symphony no pudieron haber reflejado mejor la tensión del momento histórico actual. Si bien el hilo conductor sobre el que descansa la programación 2024-25 es una fascinante conmemoración del octogésimo aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial -y el Holocausto- reflejada en un notable desfile de composiciones relacionadas, la conjunción de Del diario de Ana Frank de Michael Tilson Thomas y la Quinta Sinfonía de Dmitri Shostakovich cobró particular efectividad al potenciarse respectivamente la noche inaugural. Nacidas del miedo, sobre Ana Frank y Shostakovich pendía una espada de Damocles que pudo sentirse a lo largo de una velada de reflexión y emoción contenidas.
Una de las tres “grandes” junto a sus pares de Beehoven y Mahler, la Quinta de Shostakovich es una sinfonía magistral que refleja como pocas o ninguna el álgido momento de su composición. Quizás un “Blessing in disguise” (“No hay mal que por bien no venga”) para la posteridad; nació como respuesta ante las críticas y amenazas originadas en la furia de Stalin ofendido por su ópera Lady Macbeth de Mtsensk. Aunque aterrorizado, Shostakovich supo reaccionar astuta y prontamente, logrando redimirse con esta grandiosa composición que pinta «el triunfo del realismo socialista». Así salvó su pellejo pero sin dejar de entrever una lectura entrelíneas hoy por hoy esencial. Virtud que comparte con su ilustre antecesor Tchaicovsky, maestro en estas lides, y a la postre condición esencialmente rusa, la de la creación artística que alienta doble lectura, la de saber ocultar y a la vez sugerir; en síntesis, la Quinta «suena una cosa pero significa otra».
Como una pala cavando su propia tumba, desde el primer acorde Shostakovich cala hondo, ,y esta imagen de fuertes rasgos cinematográficos lo diferencia de sus predecesores; la unión de imagen con música testimonia su compromiso con el cine para el que tanto escribió. Su música no sólo se oye sino que también “se ve”.
Mientras plasma embestidas del destino, al igual que antes Tchaicovsky, Shostakovich no deja de homenajear con ironía sin par a Mahler con un valsecito que se cuela y desvanece y al mismo Stravinsky con súbitas viñetas circenses como salidas de Petrouchka donde ni siquiera falta la irreverente bailarina en la figura del violín solitario. Tan atrevido como que usa la misma liturgia fúnebre del himno que toma Tchaicovsky para su obertura 1812 y hasta una ráfaga de la coronación de un zar que no es Boris Godunov sino… Stalin. Es un caleidoscopio de vivencias desfilando incesante frente al público.
En su belleza lacerante, tanta que lastima, en su grito callado por el fragor de los bronces, en el péndulo de la vida a cargo de la celesta contrastando con la exhalación final donde las cuerdas llegan como respiro, Shostakovich remata la obra con un final victoriosamente patriótico que en realidad es el alarido triunfal de si mismo, de haber vencido al miedo, donde gana la pulsión de la vida, encarnada en los violines repitiéndose mecánicamente por sobre los latidos de un corazón expectante.
Atacar este monumento sinfónico en la primera noche de la temporada oficial, y con una treintena de flamantes becarios, constituyó un desafío del que orquesta y director emergieron indemnes. Stéphane Denève favoreció una lectura transparente, de delicadas luminosidades mientras construia la ferocidad final no sin antes detenerse espaciosamente en el célebre Largo con exquisitez debussyana. El último movimiento fue marcado con inusitada rapidez y una orquesta fervorosa navegándolo sin dificultad manteniendo la intensidad volcánica hasta último momento.
Antes de este viaje agónico y no menos sarcástico, como apertura formal y sugestivo preludio, llegó el turno a una obra del creador de la New World Symphony, Del diario de Ana Frank de Michael Tilson Thomas, compuesta en 1990 para Audrey Hepburn (1929-1993) cuando se desempeñaba como embajadora de UNICEF. Para recitante y orquesta, en espíritu hermanada con obras mas complejas de Stravinsky, Debussy y Honegger donde el recitante ocupa un papel central; es también un homenaje a la actriz (y a la amiga) que participó en la selección de los textos y que anecdoticamente había nacido no lejos del mismo lugar y año que Ana Frank (1929-1945).
En cuatro secciones, y también cercano al cine, Tilson Thomas desarrolla una acuarela musical de luminosidad flamenca, plena de lirismo pastoral con la certera evocación a Copland y Vaughan Williams con dejos del Kaddish. Mas tarde llegarán los acentos claustrofóbicos y el horror donde apela por instantes a Alban Berg y Shostakovich para así completar una pintura ecléctica no por menos personal y multifacética.
Además del cuidado marco musical provisto por Stéphane Denève y su entusiasta ensemble, vale destacar el recitado de Daisy Ridley. La actriz británica no cayó en la tentación de pretender emular o imitar a Hepburn, por lo contrario se mantuvo distante, sin desbordes emocionales, cincelando un retrato severo, doliente, logradísimo. Contribuyó al éxito verse apuntalada por impactantes gráficos en las pantallas del teatro que completaron una entrega de alto voltaje emocional.
Mas allá de la música de Shostakovich y Tilson Thomas, al final de una noche para recordar, en cada asistente quedó la impronta esperanzadora de la adolescente Ana Frank “A pesar de todo sigo creyendo que en el fondo de su corazón, la gente es buena”.
Próximo concierto:
La temporada prosigue el 19 y 20 de octubre con un doblete imperdible: Los siete pecados capitales de Kurt Weill y la pequeña ópera El emperador de Atlantis de Viktor Ullmanncon Danielle de Niese dirigida por Yuval Sharon, una oportunidad única para ver dos joyitas del período 1933-1943.
INFORMACIÓN Y BOLETOS:


