El Jockey, una cabalgata íntima e inesperada
Podría decirse que El Jockey no sólo es una película única, es una obra de arte. Una categorización si mas amplia, si mas fácil, tanto mas certera. Porque juzgarla con aquellos parámetros sería algo injusto. El Jockey escapa a toda definición, si suena pretencioso, no lo pretende, simple y llanamente “es”.
Verla obliga a despojarse de ideas y rituales, deshacer lo andado y aprender a ver para aprehenderla, si es que se puede, de tan elusiva e inasible. No compite ni vale criticarla, es deber disfrutarla porque habita en otra dimensión, a la que hay que ir para no perdérsela. Producto precioso (no preciosista) del fin de una civilización en vacía decadencia y de un artista labrador que mira hacia los hitos culturales del pasado eligiendo cuidadosamente aquello que le sirve para seguir adelante, sembrando sin ataduras; quizás se esté frente a una película postnuclear, que despista a propósito pero que llega a buen puerto, al corazón o al alma, que vendrían a ser lo mismo, con una mirada de profunda humanidad, respeto e interés hacia los dejados a la buena de Dios.
Verla evoca a una visita a una galeria de arte o un museo, obliga a zambullirse en un mundo de imágenes y sonidos que se conectan a la trama y donde los tres se retroalimentan en ráfagas inesperadas, nutriéndose por invisibles vasos comunicantes. En última instancia, una visita inspiradora que es otra de las metas del arte: inspirar, movilizar, dejar una impronta y a la vez enseñar a percibir una levedad que lleve a lugares con otro aire, si es posible, superior.
Una obra críptica, quizás hasta para su creador, quien parece haberse dejado llevar por señales, poniendo a prueba su intuición y habiendo tenido la sabiduría para seguirlas, como si dibujara en trance y en el silencio mas interno para poder escuchar “la orquesta invisible”, su recoleto jardín de arena urbano. Una obra donde la trama es todo y a la vez lo de menos, porque el viaje que propone al espectador es dejarse ir y acompañar a ese personaje extraordinario cincelado por un Nahuel Perez Biscayart de antología con sus adorables mohines seductores, miradas de galgo condenado y un toque graffiti del loco de Piazzolla.
En este abigarrado mar de símbolos, posiblemente Luis Ortega no sabe que se hermana al Mozart de La flauta mágica. Como en la ópera, un rito de iniciación y purificación, de transformación y transfiguración, da pautas e indicios tácitos, aparecen y reaparecen los geniecillios que guían a Tamino como esos niños curiosos que lo escoltan o los cuidadores del templo en las figuras de dos jóvenes jockeys, un Sarastro mitad cowboy mitad Mefisto y el homenaje a Favio y Bergman. Hay un bestiario de ribetes mitológicos empezando y terminando por el caballo «Mishima», centauro, cancerbero, minotauro, encarnado también en la sensualidad de Ursula Corbero, en los tres inefables sicarios, y en un desfile de seres imaginarios que pueblan el film también poblado de coreografías extrañas, automáticas. De una ternura contenida que se cuela atrevida, cuenta con una astuta construcción musical que la apuntala y enmarca íntegra. Y si Mozart le presta un momento del Requiem, su padre (si, el «Rey» Palito) le presta sus canciones (según Ortega porque se las da gratis, negocio redondo porque lo inmortaliza en cada toma con amor y agradecimiento enternecedores), para rematar alguna «furtiva lágrima», tangos eternos, no falta ni Gardel ni el trigal de Sandro y un Nino Bravo que pone el moño a una fiesta donde dan ganas de salir bailando. Ese rasgo marca el espíritu de esta pelicula “amorosa” en el mejor sentido, que como Mozart, regala agua de vida a los sedientos.
Y si la música la arropa infalible, todavía más aporta cada imagen, digna de imprimir en cada encuadre gracias a una fotografia absolutamente magistral del finés Timo Salminen desatando un placer cromático que no cesa porque Ortega halla donde no hay, porque ve donde no vemos. Y entonces mejor no develar, cada espectador debe jugar el juego para creer que descubre lo que otro descubrió un segundo antes.
Como un rompecabezas para degustar, esta joyita «gourmet» es un banquete de sushi o baklava, que deleita a cada bocado, sin empalagar. Y esta Jockey es también argentina hasta el tuétano, como Borges, incluso con guapos, malevos, malandras y matones, tan enigmática, tan lejana y tan cercana al mismo tiempo; tan porteña, tan pampeana y tan universal. Así de ambigua, jugando con las ambigüedades de cada personaje y de la vida misma, hilvanada con humor disparatado e inocente, riquísima y austera, abstracta y densa, en su sobrio derroche de delicias cinematográficas, acaba por ser cine puro.
Como su protagonista, es una película que «no pesa» pero que sin embargo “es”, que va ganando terreno a medida que avanza, que una vez terminada sigue creciendo dentro de cada uno. De una belleza formal que asombra es, sin vuelta de hoja, una obra de arte.
El Jockey (Argentina, España, Estados Unidos/2024). Dirección: Luis Ortega. Elenco: Nahuel Pérez Biscayart, Ursula Corberó, Daniel Giménez Cacho, Daniel Fanego, Osmar Núñez, Roberto Carnaghi, Mariana Di Girolamo, Luis Ziembrowski, Jorge Prado, Adriana Aguirre y Roly Serrano. Guion: Luis Ortega, Rodolfo Palacios y Fabián Casas. Fotografía: Timo Salminen. Edición: Rosario Suárez, Yibrán Asuad. Música: Sune Rose Wagner. Dirección de arte: Germán Naglieri. Sonido: Guido Berenblum, Javier Umpiérrez y Claus Lynge. Producción: Benjamín Domenech, Santiago Gallelli, Matías Roveda, Luis Ortega, Esteban Perroud, Axel Kuschevatzky, Cindy Teperman, Charlie Cohen, Paz Lázaro y Nando Vila. Duración: 96 minutos.
https://www.youtube.com/watch?v=Hh70wHuCWNM&t=3s
