Una ‘flauta mágica’ conforme a las fantasías de hoy
Echarse al hombro la responsabilidad de resucitar, en el sentido más literal de la palabra, una compañía lírica como Florida Grand Opera (FGO) garantiza una tarea titánica. Asumido el desafío por Maria Todaro, su nueva directora general, a juzgar por el lleno total y el entusiasmo de la noche de apertura de temporada, por momentos rayano en la euforia, las señales son auspiciosas.
Título inaugural de la octogésima tercera temporada es La flauta mágica, última joya legada por Wolfgang Amadeus Mozart, que dos meses antes de partir enseña el sinuoso camino de la oscuridad a la luz mientras revela la ambigüedad que habita en cada humano sin importar su condición.
La conocida expresión, música que lleva al cielo porque viene del cielo viene al caso y esa senda iluminada por una flauta que conduce a buen puerto gracias a las geniales maquinaciones de la dupla integrada por Mozart y Emanuel Schikaneder ( libretista, dueño del teatro donde se estrenó y primer Papageno) equilibrando seriedad y comicidad por partes iguales.
Auténtico “bocado de cardenal” desde la exitosa premiere de 1791, ha sido presentada desde el más estricto clasicismo al disparate total en manos de artistas que la destrozaron mientras otros se animaron a desentrañar su críptico mensaje masónico: el triunfo de la iluminación mediante la unión de una pareja iniciada capaz de derrotar la oscuridad, léase, el orden establecido.
Quizás, junto a Carmen, sea la ópera que ha motivado las lecturas más diversas y polarizadas, desde aquellas firmadas por Jonathan Miller, David Mc Vicar, Johanes Schaaf, Martin Cusej a las visualmente fascinantes de Julie Taymor, David Hockney, William Kentridge y Barrie Kosky, sin olvidar a Karl Schinkel y Marc Chagall o Ingmar Bergman y Kenneth Branagh en cine, entre otros ilustres que la abordaron.
Jeffrey Buchman, a estas alturas director en escena insigne de la escena lírica local, cuya inteligencia y astucia se han puesto a prueba en estos años de sequía presupuestaria logrando resolver admirablemente muchos títulos importantes, apostó en esta oportunidad a la frondosidad imaginativa derivada de los juegos de video.
Hace más de una década la dirigió para FGO -vale recordar que la dulce Pamina fue una jovencísima soprano cubano-americana llamada… Lisette Oropesa- pero para esta flamante producción totalmente local, se decidió por una propuesta novedosa y atractiva, especialmente para el público joven acostumbrado a este tipo de imágenes y a la catarata de efectos especiales que para el desprevenido o poco habituado podría conllevar el riesgo de saturación.
Decidido a contar la historia adaptándola a nuestro tiempo, se vale de cinco adolescentes que en un depósito abandonado se reúnen en secreto a jugar Dungeons and Dragons. Pero el juego se hace realidad y los absorbe, convirtiéndolos en protagonistas de la ópera. No se está frente a una versión transgresora sino una visualmente impactante a partir de una vuelta de tuerca que además añade diálogos aggiornados en inglés más accesibles a la audiencia local que los originales en alemán.
Afortunadamente, Buchman no altera la esencia de la ópera aunque en instancias el mensaje pueda quedar algo diluido ante el constante asalto visual generado por el equipo creativo liderado por Stephan Moravski, Camila Haith, Robert Wierzel y Greg Emetaz, responsables de escenografía, vestuario, iluminación y videos, respectivamente. En esa imaginería desenfrenada del mundo de juego y fantasía hasta tienen cabida danzas que, coreografiadas por Rosa Mercedes, se atreven a invadir la severa comarca de los iniciados del templo de Sarastro, sumo sacerdote de Isis y Osiris. No obstante, el momento más logrado fue la desopilante irrupción de la “prole papagénica” al ritmo de diferentes géneros suscitando la mejor risa de la velada.
En el renglón musical, se tuvo un equipo joven y entusiasta que logró un rendimiento eficaz y parejo tanto vocal como actoralmente. Vale destacar la Pamina de Sarah Kennedy, el Papageno de Alex DeSocio -en instancias, demasiado inclinado a la macchieta restó encanto al personaje- y la joven cubana Laura León animándose con la vocalmente imposible Reina de la noche; si algo tentativa en la primer aria, salió airosa en la segunda, llevándose la ovación de la noche.
De buen porte y medios líricos, el príncipe Tamino de Ricardo García llegó algo cansado al segundo acto; por su parte, el imponente Andrew Potter exhibió material importante, es un cantante para seguir, quizás más cómodo como bajo-barítono que como el abisal Sarastro, amén de poseer las notas graves requeridas. Asimismo, hay que mencionar otros aportes valiosos como el Monostatos de David Margulies, la Papagena de Sydney Sardis, el Sacerdote de Neil Nelson y las tres excelentes damas, Avery Boettcher, Mary Burke Barber y Monique Galvao.
En el podio orquestal, la otrora radiante soprano Christine Brandes hizo su debut en calidad de directora, aportando su experiencia a un bien aceitado ensemble más allá de que en la noche inaugural pudieron advertirse algunas desconexiones entre foso y escena que fueron rápidamente subsanadas.
Desde esta perspectiva más vivaz y animada, en algún sentido más cercano a Broadway, queda atrás el solemne misticismo y la filosofía que permeó las referenciales puestas en escena derivadas de los años de posguerra, fuertemente simbólicas; un enfoque que rindió sus frutos con un público donde pudo observarse alto porcentaje de recién llegados al género.
En resumen, una apuesta singular para un clásico universal que favorece el acercamiento de nuevas audiencias a una disciplina artística tildada de anticuada y elitista. No se equivocan quienes afirman que no estamos viviendo una época de cambio, sino un cambio de época, Florida Grand Opera está haciendo su parte para demostrarlo.

