Parsifal, sabia alquimia desde el MET

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A los trece o catorce años recuerdo que pregunté cómo era Parsifal. La respuesta de una experimentada melómana me sirve hasta el día de hoy “Es música que parece nada pero cuando te acostumbras no quieres que termine, inunda los sentidos como el agua o el aire”. Y algo así sucede con el último Parsifal desde el Metropolitan Opera, afortunadamente disponible en un DVD para atesorar.

Todo wagneriano sabe que Richard Wagner prefería la abstención al aplauso en “su” festival sagrado disfrazado de ópera -o viceversa- costumbre que mantuvo en Bayreuth la implacable viuda Cósima hasta entrado el siglo XX. Pero, la ovación con la que lo premia el público neoyorquino emocionaría al compositor; es el resultado espontáneo de uno de los mejores espectáculos que se han visto en el Met en este nuevo siglo XXI y un triunfo del controvertido Peter Gelb.

Excelente tributo al bicentenario del compositor, amén de sus valores musicales este Parsifal confirma la astucia de contratar al tenor del momento en un papel a su medida y por ende, capaz de concitar el interés no sólo de wagnerianos – peculiar tribu dentro de la tribu operística – sino de la audiencia toda para acercarla a un Wagner desmesurado, nunca tan desmesurado ni tan bello como en éste su último trabajo. Al sumarle un elenco superlativo que incluye al máximo bajo de la actualidad y grandes exponentes en cada personaje más una puesta imaginativa regida por la belleza de la música y el concurso de notable orquesta y director, se obtiene un triunfo casi seguro. Pero, la suma de divos es impredecible, los chascos y desavenencias pueden llenar libros, no es este el caso. Aquí todos salen ganando. Desde el immenso Gurnemanz de Rene Pape, con la majestuosidad de un Hotter, Stewart o Moll al excepcional Amfortas de Peter Mattei, la autoridad y sufrimiento que emana a través de su canto magnífico le permiten robarse cada escena en que participa. Completando el ilustre terceto masculino, Jonas Kaufmann es un memorable Parsifal que en cada acto traza la evolución del personaje con rara espontaneidad y que tampoco empalidece frente al recuerdo del literalmente poseso Jon Vickers ni Vinay o Peter Hoffmann con Karajan. Apenas un punto por debajo, la Kundry de Katarina Dalayman refleja un enfoque mas lineal, una visión menos fatal de la acostumbrada. Sin equipararse a Waltraud Meier en plenitud – o para el caso, Martha Mödl o Régine Crespin – cumple con creces. Como Klingsor, el ruso Evgene Nikitin resulta una suerte de paria, un extraño, siendo su toque eslavo su carta ganadora. Completan el reparto, Runi Bratttaberg (Titurel), Mario Chang y Andrew Stenson (caballeros), Maria Zifchak (voz) y el grupo de mujeres flores eficazmente coreografiado por Carolyn Ochoa. Tampoco queda atrás el monolítico coro metropolitano dirigido por Donald Palumbo.

Fresco y profundo, Daniele Gatti arropa a sus cantantes con una vivacidad mediterránea, inviste a cada acto con una individualidad contrastante, bienvenida y poco habitual. La espléndida orquesta del teatro, tan acostumbrada a James Levine, responde con una visión diferente y tan válida como la de su director musical.

De certero impacto visual, la puesta de François Girard – con escenografia de Michael Levine, vestuario de Thibault Vancraenenbroeck, iluminación de David Flinn y proyecciones de Peter Flaherty – funciona como alquimia unificadora de tantos talentos en juego. Severa y mágica, de una belleza post-apocalíptica, sabe rescatar y revitalizar elementos del paradigmático Wieland Wagner; de hecho, resulta una evolución del trabajo del recordado régisseur. En rojos, negros, grises y blancos conjuga la carnalidad y espiritualidad destacando dualidades con elegancia y arrojo. Hay nuevas propuestas y algunos interrogantes quedan a cuenta del público; ese mundo árido y resquebrajado, de sectas, clanes, ejecutivos y conciliábulos de directorio, sin olvidar la piscina de sangre (y sus connotaciones con la herida de Amfortas y todas las heridas), los eclipses alineados, un sol helado y los cielos amenazadores tan referentes al cambio climático permiten a Girard coquetear con elementos provocativos sin renunciar a una estética depurada y en última instancia, atemporal y perecedera, por otra parte, lo que busca toda puesta en un gran teatro lírico: permanecer(y además, amortizarse). El trabajo de Girard es digno sucesor de la vetusta producción del Met debida a Otto Schenk. Llegó para quedarse.

No es fácil ni demasiado seductor para las apuradas audiencias actuales enfrentarse a casi cinco horas de música; sin embargo, el equipo comandado por Gatti-Girard logra cautivar, atrapar y sumergir al aficionado en la mística wagneriana sin el menor esfuerzo. Por eso, resulta ideal como primer Parsifal en DVD y también recomendable pendant de la versión Barenboim-Kupfer en Berlin con Meier-Elming.

Un Parsifal que es una experiencia trascendente gracias a su delicado balance entre vertientes dispares, que destaca al Wagner reconciliatorio y ese lugar del alma donde el tiempo se hace espacio y el tonto se hace sabio. Un Parsifal que definitivamente “inunda los sentidos como el agua y el aire”.

 * WAGNER, PARSIFAL, GATTI, SONY 2 DVD 88883725589

©Sebastian Spreng

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