Patrick Quigley se despide de su Seraphic Fire
Patrick Dupré Quigley, el infatigable visionario que creó a Seraphic Fire convertiéndolo en uno de los conjuntos vocales más luminosos del país, se despidió tras más de dos décadas al frente. El último domingo, en Miami Beach Community Church, en un espacio tan resonante como la memoria misma, fue su despedida antes de partir hacia Opera Lafayette en Washington, DC. No obstante, regresará para un concierto anual, la próxima temporada en enero de 2027 para One for All.
Fiel a su imaginación, Quigley concibió un programa titulado “Surround Sound”, donde las voces no solo se proyectaban: se desplazaban, rodeaban, respiraban alrededor del oyente. El público ya no estaba frente a la música, sino dentro de ella. No fue una novedad, sino de una evocación: un regreso a una sabiduría antigua. Lo que emergió fue a la vez impactante e íntimo: una rara unión entre grandeza sonora y claridad cristalina, donde cada línea vocal se revelaba como hilo de luz.
Quigley habló de esta “música que envuelve en todos los sentidos”, evocando algo de otro mundo, casi incorpóreo. Y, sin embargo, su visión permanecía anclada en un propósito claro: honrar tanto lo antiguo como lo contemporáneo, sostener un repertorio vivo que atraviesa los siglos. Con gratitud hacia músicos, oyentes y mecenas, cedió el testigo a su sucesor, James K. Bass, y dejó entrever lo que vendrá.
El programa fue una suerte de viaje en el tiempo. En el Agnus Dei de Tomás Luis de Victoria, los cantantes formaron un arco. El sonido parecía brotar del silencio—expandirse, suavizarse y regresar de nuevo a un recogimiento sereno. Fue música que respiraba, que se reunía y se disolvía, sostenida en un delicado equilibrio entre riqueza y contención.
Luego como suspendida entre mundos llegó Immortal Bach del noruego Knut Nystedt, inspirado en Komm, süßer Tod de Johann Sebastian Bach. Aquí, armonías familiares se disolvían en un campo sonoro, mientras las voces se sostenían, se superponían y lentamente se separaban. Los cantantes se desplazaban por el espacio como ecos hechos cuerpo, y la iglesia se convertía en un instrumento vivo—su aire cargado de resonancia, su silencio palpitante. Un efecto hipnótico, frágil e inmenso a la vez.
En and the swallow de Caroline Shaw, la brevedad contenía un peso profundo. Disonancia y lirismo se entrelazaban como corrientes opuestas, sugiriendo dolor, pero también un consuelo silencioso, en busca de forma.
Las últimas obras de Claudio Monteverdi remitieron al amanecer de la música. En Beatus Vir, permitió que las voces emergieran y se retiraran en breves intervenciones solistas, un juego sutil de presencia y ausencia. Y en Ave Maris Stella, de las Vísperas de 1610, la velada alcanzó su mayor efecto: el sonido elevándose en olas lentas y luminosas, reuniéndose en un “Amen” final que parecía flotar en el aire incluso después de haberse extinguido.
Más allá de su ingenio, el concierto reveló que el espacio también puede cantar, que la música no solo se escucha, sino que se habita. No fue una despedida nostálgica, sino una destilación del espíritu artístico de Quigley—imaginativo, riguroso y humano. Una partida no marcada por la nostalgia, sino por la resonancia: un sonido que continúa desplegándose, incluso cuando se desvanece.


