En Madrid también se muere en Venecia

A principios de la década del setenta, La muerte en Venecia, la pequeña gran novela que Thomas Mann escribió en 1912 recibió casi simultáneamente dos memorables lecturas, la cinematográfica firmada por el exquisito Luchino Visconti (1971) y la operística por Benjamin Britten (1973). Aparentemente Britten no quiso ver el trabajo del cineasta milanés hasta después del estreno de su ópera. La influencia de aquel experto en decadencias – y del Adagietto de la Quinta Sinfonía que literalmente puso de moda a Mahler para siempre – era un peligro latente por momentos casi inevitable. Con las últimas fuerzas que le quedaban Britten construye esta ópera como homenaje a su compañero Peter Pears que la estrena en 1974.

En comparación con la empastada pintura de Visconti que combina a Sargent con Boldini, el enfoque del británico es de una austeridad y simpleza engañosa, encierra una profunda desilusión y un presentimiento de muerte inexorable. En esa amargura traza un dibujo implacable que es también, lo sabe, el último. Para Britten, Muerte en Venecia es su propio ocaso y en la extraordinaria puesta de Willy Decker para el Real madrileño – originada hace una década en en Liceu barcelonés – ese es el elemento primordial. Con nada, o muy poco, Decker desata una tormenta interior tan metafísica como erótica con resultados letales, en este caso el mejor elogio.

Decker se da el lujo necesario de obviar Venecia, no cae en la tentación justificada, sino que penetra directamente en el alma del protagonista para crear una pintura atemporal con elementos mínimos y fuerte simbología. Sus cómplices son la iluminación de Hans Toelstede y la escenografía de Wolfgang Gussmann que evocan un mar amniótico enceguecedor de sol o luna donde aparece y desaparece la imagen del bello Tadzio, el adolescente de tierras lejanas que viene a perturbar su alma, a enfrentarlo con su verdadero yo y su circunstancia.

En diecisiete escenas continuadas cinematograficamente transcurren dos horas y media, aqui la vida es sueño, o mejor dicho ominosa pesadilla, con un Aschenbach que emerge más patético y caricaturesco que en la película de Visconti y en otras versiones de la ópera, el énfasis de Decker aterra asi como espanta su travesía en una soledad existencial estremecedora. Asfixiado en sus dudas y fracasos, obsesiones y contradicciones, el sabio escritor descubre al final que no sabe nada, equivalente al Borges de “El arrepentimiento”.

Alejado de Peter Grimes y Billy Budd, el ascetismo lineal de la ópera es un regreso a la melodía mas simple, al ornamento menos filigranado que sin embargo está presente, es el descarnado testamento estético de Britten y otra vez un autoretrato, en esta oportunidad mas fuerte que nunca.

El británico John Daszak es un estupendo Aschenbach, además de la proeza de permanecer en escena toda la ópera, logra una transformación admirable servida con voz clara y dicción perfecta. Enfrentado al protagonista y enfrentándose a siete papeles, el barítono estadounidense Leigh Melrose. Impecable Tomas Borczyk como Tadzio, papel sólo danzado lo que añade mayor sugestión, mientras que Anthony Roth Costanzo cumple como la voz del dios Apolo. El director argentino Alejo Pérez a cargo de la SInfónica de Madrid se interna exitosamente en el sutil laberinto expresivo que requiere Britten, tarea nada fácil de la que sale airoso.

La serena laguna veneciana se transforma en amenazante Estigia con el barquero Caronte como espectral gondolero, un viaje final desde el siglo XX hacia un sur último en esta suerte de personalísima Liebestod sin grandilocuencias sino con la angustia inextirpable del hombre de cada tiempo.

*BRITTEN, DEATH IN VENICE, PEREZ, REAL, NAXOS DVD 2.110577 

 

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