Carlos Kleiber, recordado en el dia del director de orquesta

 

Carlos Kleiber

Genio y figura hasta la sepultura (*)

“Murió Carlos Kleiber”. La noticia asomó tímida, incrédula. Si hace tres años hubo una falsa alarma, hoy es la triste realidad. Como no podía ser de otro modo, la misma impenetrable aura de misterio que rodeó su vida lo siguió hasta la muerte, genio y figura hasta la sepultura.

“El mas grande de los directores de orquesta viviente nos ha dejado” expresó el regente de la Opera de Viena reflejando el sentimiento de público y colegas. Venerado, solicitado, temido, asediado, amado, unánimemente respetado por sus pares, el consenso general es el mismo. En su rostro byroniano, la estampa del genio iconoclasta. Un auténtico romántico y a la vez, un clásico atemporal. Fue “el Marlon Brando de los directores orquestales”, un héroe personal, nuestro rebelde íntimo. Trabajar con el o verlo dirigir era un sueño poco menos que inalcanzable: “Mencione su nombre a cualquier miembro de una orquesta y verá como los ojos quedaran blancos del éxtasis” bromeaba Placido Domingo.

“Carlos + Kleiber”. Ecuación que indica la unión de dos culturas haciendo magia. Quizás allí esté la clave de su genialidad, de una versatilidad estilística a la que imponía un sello único, libre y salvaje pero consciente del más mínimo detalle. En aquella insólita combinación de alemán exiliado, de muchacho criado en la Argentina, de adolescente en Cuba y de hijo rebelde – pero tan tímido y respetuoso que en sus comienzos usaba el seudónimo Karl Keller – del gran Erich Kleiber, el valiente director que le dio la espalda a los nazis marchándose a Sudamérica a sembrar la tradición de la música alemana a predicar con el ejemplo y demostrar que aquella locura colectiva traicionaba la esencia encarnada en Goethe, Beethoven y Bach.

Al morir Herbert von Karajan, la Filarmónica de Berlín -“la orquesta de Furtwaengler y Karajan”- apuntó a su presa más codiciada: Carlos Kleiber. Era el sucesor ideal, el único capaz de prolongar esa gran tradición llevándola a nuevas y desconocidas dimensiones. Pero Carlos, típicamente, rehusó a ser el titular de la orquesta más importante del mundo. Caprichoso e inasible, comprometerlo era tarea de titanes, por eso, cada actuación adquiría ribetes de evento milagroso y hasta los divos y divas mas quisquillosos resignaban sus egos con tal de ponerse a su servicio. “Sólo por él fui hasta Tokio para cantar en “SU” Caballero de la rosa…e iría a la Luna si me lo pidiera” manifestó vehemente la reservada mezzo Anne Sofie von Otter. De aquellas mismas famosas representaciones, la británica Felicity Lott afirmó “daba la impresión que inventaba la música en el preciso instante que la dirigía”. Fue uno de esos personajes eternos desde el vamos, que confunden a los mortales e invitan a parafrasear el poema de Borges “A mi se me hace cuento que nació Buenos Aires, la juzgo tan eterna como el agua y el aire”. La música sabia de su temporalidad y se negaba a aceptar su reclusión voluntaria. Nunca perdió la esperanza, aguardando en vano el retorno de ese hijo pródigo, un hijo que vivía en otro mundo y que, como bien ironizó Karajan “Sólo dirige cuando tiene la heladera vacía”.

Como Toscanini, dirigió ópera con la misma imaginación e incandescencia que el repertorio sinfónico. Uno pequeño que con el tiempo, en lugar de ampliarse, fue reduciéndose aún más, abocado a pulir sus obras favoritas: Tristan, Otello, El Caballero de la rosa, El Murciélago, La Traviata, El cazador furtivo-donde rivalizó con la legendaria ejecución de su padre-y sinfonías de Beethoven y Brahms. Como ante la pérdida de un ser querido, el melómano protesta, inútilmente le reprocha no haber incursionado en más música, limitándose a imaginar una grabacion de las Gurrelieder de Schoenberg o las sinfonías de Mahler, ansiando hallar aquellos miticos registros piratas de Carmen, Wozzeck o Elektra.

Ahora es el tiempo de los apresurados raccontos, del anecdotario mínimo –y precioso- que irá creciendo hasta agigantarse, de los adjetivos “riguroso, incorregible, adorable, excéntrico y temperamental” tan frecuentemente asociados a la condición de genio, de los artículos periodísticos compitiendo por hacerle justicia y del suscinto legado discográfico que mejorara con los años, revelándosenos de a poco. Fascina verlo joven y perfeccionista en un ensayo de 1970 recientemente aparecido en DVD como dirigiendo en 1992 los valses de Johann Strauss, en la celebración de fin de año vienes, prueba irrefutable de su carisma y de cómo lograba que las orquestas tocaran literalmente “solas”, limitándose a sonreírles mientras bailaba en el podio con una complicidad casi payasesca.

No habrá reemplazo posible, el hijo ilustre de quien inscribió en la entrada a escena del Teatro Colón de Buenos Aires “La rutina y la improvisación son los peores enemigos del arte” fue quien defendió mejor que nadie la noble máxima de su padre.

Sebastián Spreng

Carlos Kleiber – Berlin, 3 de julio de 1930- Slovenia, 13 de julio de 2004

 

Los Esenciales de Carlos Kleiber en CD y DVD

Beethoven/ Sinfonias 5 y 7 / DG
Brahms/ Sinfonia 4 / DG
J.Strauss / El Murciélago/ DG (DVD)
R.Strauss/ El Caballero de la Rosa / DG (DVD)
Wagner/ Tristan e Isolda/ DG
Verdi/ La Traviata / DG

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(*) Obituario publicado en EL NUEVO HERALD, MIAMI, 2004