Muti & Chicago, el león en “primavera”
En el ámbito local de la música, el año no pudo comenzar mejor con la presencia de la Orquesta de Chicago bajo el legendario Riccardo Muti, a la vez marcando el inicio de la serie Knight Masterworks del Adrienne Arsht Center. Y el término “legendario” en su caso merece y debe usarse, quién si no?
Con Muti sobran las palabras, baste decir que se estuvo en presencia de un grande, quizás el último baluarte de la gran tradición italiana, del linaje de Toscanini, de Sabata, Giulini y su antiguo “rival” Claudio Abbado. Sentimiento que se vivió en cada momento de la velada gracias a su ochenta y tres jóvenes años que estamparon cada obra con sobrada experiencia y un sorprendente, renovado vigor.
A su edad, el napolitano se da el lujo -y la obligación impuesta por su rigor artístico- de seguir experimentando, jugando, buscando nuevos significados y horizontes en las piezas de repertorio que ejecuta desde siempre. Asi un programa tradicional, diríase rutinario, se volvió una fuente de sorpresas, de revelaciones insospechadas con el venerable ensamble como cómplice absoluto de aventuras. Otra prueba indiscutible de que los grandes artistas no repiten ni se adhieren a sus fórmulas de éxito; por el contrario, viven el momento y reverdecen la obra que interpretan lanzándose al ruedo con dos armas infalibles; la experiencia y la espontaneidad aunadas para dejarse sorprender incluso a ellos mismos.
Operista hasta la médula, Muti impregnó de genuino “belcanto” cada instancia del programa haciendo realidad el sabio adagio “cada nota tiene derecho a vivir”. Hecho que no sorprendió con la obertura de “Norma”, gema del repertorio belcantista y uno de sus títulos favoritos. La larga línea belliniana corrió como mercurio líquido por la sala, sirviendo de luminoso preludio a una velada memorable.
La primera revelación llegó con la Sinfonía “Inconclusa” de Schubert que emergió sencilla y exquisita como un extendido “Lied” (canción), indiscutible columna vertebral del compositor vienés. Desde el fluir constante del primer murmullo de cellos y violines, Muti recordó la esencia camerística de la sinfonía, paseándose como una brisa instalada en cuerdas y maderas, brisa por momentos transformada en viento. Siempre atento a la evocación clasicista de Mozart y Haydn y al ímpetu de su contemporáneo (y en algún momento) vecino, Beethoven, el director redondeó una versión literalmente sublime.
La segunda arribó con la “Cuarta Sinfonía” de Tchaicovsky con una lectura que no se pareció a sus versiones grabadas con las orquestas Philharmonia y de Filadelfia. Menos monolítica, menos triunfalista (aunque triunfal), mas lírica, dotada de una minuciosidad y espacios inéditos donde cada pausa fue una reflexión. Muti planteó un viaje a lo mas recóndito del alma del compositor, alejándose de sentimentalismos y exabruptos inconducentes para mostrar la soberbia arquitectura de la obra con nobleza y claridad ejemplares. En el final del primer movimiento las cuerdas parecieron encenderse como una daga flamígera cortando el aire de la sala, en un crescendo constante, aterrador. Otra vez asomó, en cada impecable solo instrumental, el canto de un Onegin, pura melodía rusa tratada con un imperceptible pero soleado sabor mediterráneo. Tchaicovsky hubiese, sin duda, aprobado.
La fórmula Muti-Chicago conforma una entidad artística envidiable desde el año 2010 cuando asumió como director musical; unidad que en esta oportunidad semejó un transatlántico zarpando hacia la música, reminiscente al que Federico Fellini mostró en “Y la nave va” donde un niño lo despide agitando la gorra que se ha quitado, despidiendo un mundo que inexorable pareciera alejarse más y más.
Vital y enérgico, yendo al mínimo detalle y a la esencia, Muti dirigió como si fuese su primera vez, también soportó con admirable estoicismo algunos inoportunos aplausos entre movimientos para vengarse al final cuando como un león enfrentó a aquellos que se iban como quien se los lleva el viento “Para las damas y caballeros que no se van” risueño y punzante “les regalaremos la primera Danza Húngara de Brahms”. La orquesta tocó “sola” mientras su inefable jefe «relojeaba» de vez en cuando al público, como el mas querible pero implacable maestro de escuela.
Un auténtico privilegio gozar de una orquesta de estos kilates en Miami, y la prueba de que la audiencia local necesita escuchar otros ensambles para pulir su apreciación (la próxima cita imperdible es la visita de la London Symphony Orchestra con Sir Antonio Pappano el 2 de marzo), y la dicha de volver a tener a Muti en el podio, un maestro que en su veteranía mas que un «león en invierno», es uno en eterna primavera. Bravissimo.
Próximo concierto de la serie: London Symphony Orchestra, Sir Antonio Pappano, 2 de marzo, 7 PM


