Carmen al ruedo: inasible, elusiva y embustera

Pobre Bizet. Sabía que Carmen era su mejor obra. Cuentan que murió de tristeza porque no toleró su fracaso estrepitoso. Nunca corroboró que estaba en lo cierto ni supo que la suya se convertiría en la ópera francesa por excelencia; una ópera francesa que transcurría en España, por entonces un misterioso país al sur de los Pirineos, que su evocación ibérica acabaría pintando al espíritu galo. Su visión de una tierra que nunca conoció, mas cercana a la de El Jaleo de J.S.Sargent, otro extranjero, que la del valenciano Joaquín Sorolla.  

Pobre Carmen. No goza hoy dia del raro privilegio de algunas de sus hermanas mas pudorosas que deben ser representadas tal como las imaginó el compositor, condición sine qua non de fidelidad absoluta al contexto, como la Mariscala de Strauss. Ella en cambio, puede ser víctima de sí misma, de su mentada libertad, puede ser interpretada de mil maneras y sin embargo, difícil encarnarla verazmente a menos que se aferre al tantas veces ignorado Bizet, al “come scritto” que pontifica Riccardo Muti. Pero, cual es y donde está la verdadera Carmen? 

Y el público ni se entera que a la postre todo se reduce a una cuestión de estilo, y el francés es el mas elusivo. Aquí el estilo prioridad, si no se cae en el verismo y entonces se hace difícil rescatarla. Para la cantante es una tentación irresistible, fácil para ganarse el público, pero Carmen no es Santuzza, es el mismo sol pero otro territorio, otro estilo. “Menos es mas” aconsejan las ilustres, trátese de la clásica Victoria de los Angeles, la impecable Teresa Berganza o la elegante Régine Crespin, cada una modélica y a no olvidar la que pudo ser la mejor en escena pero justamente por meticulosa sólo la grabó: Maria Callas, un tigre suelto, manejando  estilos, llegando al filo de la navaja sin caer en excesos, guiada por su olfato infalible de trágica nata.

Pobre Bizet tampoco pudo imaginar que su criatura escaparía del género lírico, que saltaría al cine  más de treinta veces, al ballet, al musical, que sería objeto de tanta inspiración. Cada tanto hay brotes de Carmen y entonces Carmen reverdece. Sin ir mas lejos, este abril en Florida Grand Opera, su nueva directora artística, Maria Todaro, acaba de ambientarla, a teatro repleto, en la Guerra Civil Española con las hermanas Costa-Jackson dirigida por el valenciano Ramón Tebar (que también lideró las memorables representaciones de 2016 con la madrileña Maria Jose Montiel) y en el mismo escenario, el Miami City Ballet ofrecerá el estreno mundial de la versión de Annabelle Lopez Ochoa. Y si al ballet se refiere imposible no mencionar la transcripción de Rodion Shchedrin para su mujer Maya Plisetskaya que paseó por el mundo la coreografía de Alberto Alonso inmortalizando una gitana  esteparia, tan lejos de la soleada Sevilla y no obstante, veraz hasta la médula. Hay otras, tantas que tomaría demasiado enumerarlas, valga sólo mencionar las de Saura, Strehler, Zeffirelli, Rosi, Vitez y Peter Brook que en su  “tragedia de Carmen” la encapsuló como pieza de cámara.

Emblema del destino hecho carne, parecería imbatible, una todoterreno que resiste desde los desbordes rusos al griterío verista, de la insufrible «españolada» o show flamenco for export, al enfoque vulgar o al desatado “experimento” de los puestistas actuales capaces de todo y de lo inimaginable también. Para todas las que se le atrevieron resulta tan inasible como tramposa, desde las primeras, sea Emma Calvé, Pola Negri, muda en cine, Maria Jeritza y Adelina Patti que fracasaron a Rosa Ponselle que se retiró «a la Garbo» después de cantarla. En última instancia, abordar Carmen, una que se lance al ruedo de la vida que es la escena misma, que pueda fascinar, enamorar y dejar sabor a misterio, se resume a la frase de la Habanera, “El pájaro que creíste sorprender batió sus alas y se voló…”  . Asi la pintó Bizet. Elusiva e inasible y de hecho, única.

Fotos Micky Vice – Daniel Azoulay, cortesía de FGO