New World Symphony, brillante fin de temporada
Los dos conciertos finales de la temporada 2024-25 de la New World Symphony apuntaron a una excelencia ejemplar felizmente lograda a través del año, a la que se sumaron los debuts estelares de dos británicos de fama mundial, el cellista Sheku Kanneh-Mason y el director Edward Gardner.
Bajo el liderazgo de Stéphane Denève, el último “Wallcast” de la temporada ofreció las rotundas riquezas y contrastes de Berlioz y Shostakovich frente al que el breve inicio con la modesta suite de “The Book Thief” de John Williams empalideció un tanto más allá de la intachable lectura de orquesta y director.
Seguidamente el debut de Sheku Kanneh-Mason adquirió ribetes sensacionales, francamente inolvidables. En su caso no sólo se trata de carisma, virtuosismo y juventud sino que se está frente a un artista dueño de talento y sensibilidad fuera de serie. Tampoco es el «Primer Concierto para Cello» de Shostakovich una pieza fácil para debutar ni para solista ni audiencia pero Sheku Kanneh-Mason lo ha transformado en uno de sus caballitos de batalla desde su triunfo en el concurso de la BBC en 2016. Un “tour-de-force” en todo sentido, la sardónica composición para el gran Mstislav Rostropovich en 1959 contrasta intempestivamente la angustiante ternura de la que sólo fue capaz el compositor con la ferocidad y sequedad glacial del régimen que supo ironizar como ningún otro.
Lo cierto es que Kanneh-Mason logra una interpretación que convence sin vuelta de hoja, que si bien alejada del modelo Rostropovich, resulta igualmente espectacular. Se ha permitido encontrar otra faceta e imbuirla con un lirismo camaristico que deslumbra. Puede despachar con facilidad las tremendas demandas técnicas que requiere, amén de una afinacion perfecta y un sonido envolvente mientras aplica un barniz atemporal que sin quitarle connotaciones históricas lo vuelve mas vigente que nunca.
Luego de un primer movimiento resuelto con apabullante virtuosismo, la solidez de su enfoque y batería técnica fue reconfirmada en un soberbio Moderato – sin olvidar el notable diálogo entre cello y trompa – así como en la extenuante cadenza del tercero, de un rigor escalofriante y una intimidad tal que parecía estar solo en el auditorio, él y su instrumento.
Con una orquesta que lo acompañó ejemplar y un Denève atentisimo a cada sutileza del solista sumó la exquisita participacion de arpas y celesta aportando armonías nocturnas espectrales. Tanto en el brutal Allegretto inicial – sátira macabra a los nazis llevando a los soldados rusos a la muerte – como en la cancion folklorica favorita de Stalin distorsionada magistralmente, otra vez el satírico Shostakovich señala un ejemplo de supervencia artística en medio de la mas asfixiante atmósfera política.
Ante la esperada ovación, su version de “She used to call me” de Bob Marley con la misma magia y encanto, sin arco sólo pizzicato. Si la generación actual cuenta con notables cellistas, en Sheku a los 26 incorpora un alma antigua capaz de suceder a los reyes de su instrumento.
Después de tanta intensidad, la exuberancia de la “Sinfonía fantástica” de Berlioz resultó un remanso, claro que sólo en principio. Denève brindó su personalísima visión del delirio berlioziano con momentos de sutileza y literal línea de canto que recordó las grandes arias heroicas del compositor. La paleta cromática a pleno demostró no sólo su consustanciación con la academia orquestal americana sino el nivel alcanzado por la orquesta al final de la temporada, limando toda aspereza y pulida al máximo. Tanto en la gracia de “Un bal” como en las delicias de la escena campestre, así como los dos demoníacos movimientos finales brilló cada sección de la orquesta con ímpetu y precision destacadísimas. Inexorable y bombástico, Berlioz sirvió de primer gran final al que seguiría otro de semejante impacto.
Fue el debut de Edward Gardner, director principal de la Filarmónica de Londres, la Bergen Philharmonic y flamante director artístico de la Opera Nacional Noruega en Oslo, otro importante hito de la temporada que concluye. Una figura establecida que continua en imparable ascenso y que se sintió aprovechada por los becarios de la academia orquestal americana. A su lado, en calidad de solista, el siempre bienvenido Gil Shaham, y vale recordar que su debut en Miami hace ya cuarenta años, suscitó un entusiasmo parecido al de Sheku Kannah-Mason.
Antonin Dvořák lo compuso para el legendario Joseph Joachim pero fue estrenado por František Ondříček (1857–1922) en Praga en 1883, quien además se convirtió en el adalid de este bellísimo “Concierto para violín”. Merecido pilar del repertorio tardó demasiado en asentarse internacionalmente, fue gracias a intérpretes como Jan Kubelik, Josef Suk, David Oistrakh y especialmente Gil Shaham que lo incorporó a su repertorio hace años y que brindó una versión espléndida con la estrecha colaboración de Gardner hermanado en la típica sonoridad eslava, de nobleza e individualidad superlativas donde aflora el incontestable color y rigor brahmsiano.
A los 54 años, el otrora prodigio Shaham se mantiene incólume como uno de los grandes de su generación, y en su absoluto dominio del célebre Stradivarius Condesa de Polignac que lo acompaña desde entonces, se volvió a mostrar eximio al desplegar en toda su intensidad y exquisitez el espiritu requerido por el compositor. De hecho, la conversación planteada entre solista y director adquirió connotaciones de espectacular duelo musical, tal como debe ser.
Como bis, Shaham ofreció “Isolation Tango”, refrescante y divertida viñeta que combina tango y jazz para evidente deleite de la audiencia.
El amenazador “Concierto para orquesta” de Bela Bartok perturba desde el vamos señalando implacable hacia lo mas profundo, llámense miedos, angustias y vaivenes de una existencia difícil. Es una montaña rusa, a decir verdad “húngara”, plasmada a latigazos por un Bartok enfermo terminal de leucemia en 1943. Obra que desafía a una orquesta de gran calibre, con arrollador ímpetu pintando una vida con sus valles, cumbres y abismos y desafio para un director que debe balancear con absoluta precision a fin de no obliterar cada sección del ensamble, dando al mismo tiempo oportunidad de lucimiento a cada breve intervención solista.
Y gracias a Gardner, la orquesta emergió triunfal. El director posee una afinidad notable con los claroscuros violentos de Bartok, Schoenberg, Korngold, Berg y otros contemporáneos, afinidad que se puso claramente de manifiesto en el resultado excepcional que llevó a la joven orquesta a buen puerto. Ansiado refugio para anclar hasta la próxima temporada que llegará con el fin del verano y que ya se hace esperar. Bravo!
fotos Alex Markow cortesía NWS



