Diego Díaz, vida con «v»de violín
El becario de la New World Symphony es modelo en cómo formarse para hacer música grande.
Es humilde y no se jacta. Tampoco hace falta. Pocos pueden contar que debutaron en una orquesta sinfónica siendo niños y bajo la batuta de Sir Simon Rattle, interpretando la “Primera Sinfonía” de Gustav Mahler en el Aula Magna de Caracas. Aquella monumental “Titán” encendió el destino musical de Diego Díaz dejando una impronta indeleble. “No entendía una palabra de lo que decía el carismático maestro, solo sabía que era el director de la Filarmónica de Berlín”, rememora Diego candoroso “Pero me divertí tanto que allí decidí dedicarme a la música. Era una diversión sin igual y lo sigue siendo. No me equivoqué”.
Hoy, Diego Díaz es uno de los becarios más destacados de la New World Symphony, la prestigiosa academia orquestal de América fundada por Michael Tilson Thomas en Miami Beach. Nacido en Barquisimeto, Venezuela, creció en un hogar donde el apoyo paterno fue generoso y decisivo. A los nueve años dejó el béisbol y el karate para abrazar la música. Ganó la música, ganó el violín.
Su primer instrumento fue el cuatro, en sus palabras “una especie de ukelele venezolano”. Luego vinieron la mandolina, la guitarra, la flauta… hasta que se cruzó con el violín, un instrumento que admite “no sabía muy bien qué era”. Para Diego, lo importante era aprender a tocar. Su talento innato le permitió avanzar rápidamente y, pese a comenzar más tarde de lo habitual, se integró con naturalidad a la Orquesta Nacional Infantil de El Sistema.
Al terminar el bachillerato, el test vocacional dictaminó: MÚSICA. Realizó sus estudios de pregrado en su ciudad natal y ganó el Concurso Emil Friedman, el certamen musical más importante del país. Su proyección internacional llegó con giras invitado por la Orquesta Teresa Carreño por Milán, China y Japón. A los 20 años, ya con su licenciatura en mano, llegó la certeza del momento de expandir horizontes.
Ganó una beca en Roosevelt University de Chicago para estudiar con la ilustre pedagoga Almita Vamos. Allí se reencontró con antiguos compañeros de la orquesta infantil venezolana, lo que facilitó su adaptación a la vida en una metrópoli multicultural como la «Ciudad de los vientos». Formó parte de la Civic Orchestra of Chicago hasta que la pandemia interrumpió su trayectoria. Desde su casa, continuó enseñando y estudiando. Tras la reiniciación de actividades, fue invitado a tocar con orquestas regionales como la Peoria Symphony, Chicago Sinfonietta, Lara State Youth Symphony, Chautauqua Summer Music Festival Orchestra, Grant Park Orchestra y a enseñar en la escuela Matteson (Illinois) como parte de un programa pedagógico inspirado en El Sistema y apoyado por el ensamble barroco Apollo’s Fire.
“Lo mas curioso es que en cada lugar me recomendaban postularme a la New World Symphony; era como si el camino estuviera escrito”, afirma “y lo estaba”. Hoy, tras dos años de perfeccionamiento en esa institución, reconoce su impacto profundo: “Si bien he estudiado y tocado con muchísima gente valiosa, en ningún lugar encontré la experiencia completa de comunidad musical que sucede en la New World Symphony. Aquí se vive y se forja la pasión, junto con un compromiso firme de mantener viva la música clásica en el nivel más alto posible”, resume entusiasta. “Y a nivel individual, el crecimiento que implica trabajar con grandes de la profesión es invaluable”.
Diego compara el mundo de la música clásica con los Juegos Olímpicos: “Es una carrera fraterna donde todos buscan alcanzar un ideal. Esa competencia constante despierta una motivación inmensa. Un hambre por superarse que empuja a ser mejor músico, mejor violinista y mejor persona”.
La rotación de roles dentro de la orquesta ha sido clave en su formación. Ha sido jefe de sección, segundo violín y varias veces concertino —el primer violín—, una posición que exige liderazgo y temple. “Hay que aprender a transformar el estrés en emoción y aprovechar cada oportunidad para aportar tu sello personal al concierto”, señala.
Durante este tiempo en la academia, ha tenido la oportunidad de tocar junto a dos de sus héroes: Gil Shaham y James Ehnes. “Son dos colosos del violín. Gente sabia y humilde, como suelen ser los verdaderamente grandes”, dice. También destaca la experiencia única, emocionante e inolvidable de aprender y ser dirigido por Michael Tilson Thomas, “una leyenda viva”.
En febrero de 2025, con otros becarios de la orquesta, participó en la creación del Proyecto Blue, un concierto dedicado a la música venezolana que incluyó joropos, valses, tonadas y piezas de Simón Díaz, Aldemaro Romero y José Ramos. “Es música que te deja una sonrisa. Cambia el humor. Te conecta con la alegría”.
Al hablar de sus compositores favoritos, no duda: “Mahler y Strauss. Mahler nos transforma como personas. Strauss, tanto en poemas sinfónicos como música de cámara lo exige todo. Mozart es lo sublime, claro, perfecto de fábrica. Bach es la fuente, a la que siempre hay que volver y claro, cómo olvidar a Brahms y sus cuatro sinfonías, para mí, absolutamente perfectas”.
Una vez cumplido su tercer año en NWS, su próximo desafío será audicionar para una orquesta profesional en Estados Unidos y a la vez, continuar enseñando, tarea que ama – «Siento el deber de devolver lo aprendido, será mi aporte mas personal, mi perspectiva única que puede abrir sendas a otros jóvenes tal como sucedió conmigo» – concluye – “La música académica es el principio de toda la música. Volver al origen siempre es necesario. Te transporta a mundos inimaginados. Y si cada artista quiere cambiar el mundo, yo puedo decir que he visto ese efecto transformador en los conciertos. Es algo que no se puede explicar con palabras”.
No cabe duda de que, en ese microcosmos que es una orquesta sinfónica, cada músico constituye una pieza tan esencial como irremplazable hilando la intrincada trama de la música. Aportes únicos que generan un todo. Son los imprescindibles hijos de la música proveedores de pequeños grandes milagros. Definitivamente, Diego Díaz es uno de ellos. Enhorabuena.


