Adiós al «Wiwichu» (gracias Sarah Willis)
La célebre cornista Sarah Willis, primera mujer en la historia de la Filarmónica de Berlín en integrar la sección de metales, vuelve a explorar su estrecha relación con Cuba en un nuevo álbum navideño que prolonga el espíritu de la serie Mozart y Mambo. Con el desparpajo que la caracteriza, Willis desafía fronteras estilísticas y propone un recorrido donde Bach y Chaikovski conviven con salsa, mambo, bolero y son, sin perder frescura ni rigor musical.
Acompañada por su inconfundible Sarahbanda —un ensamble tan peculiar como eficaz, que combina cuerdas, vientos y una nutrida base de percusión afrocubana— Willis reafirma su apuesta por integrar la trompa, un instrumento tradicionalmente ligado al repertorio sinfónico europeo, en territorios plenamente caribeños. El resultado, lejos de parecer forzado, fluye con naturalidad y revela nuevas posibilidades sonoras.
El corazón del disco es un Cascanueces cubano, donde Willis dialoga con el saxofonista Yuniet Lombida y el trompetista Harold Madrigal Frías. La relectura, que evoca inevitablemente la célebre versión de Duke Ellington de 1960, transforma el Trepak en una desbordante conga y reviste el Vals de las flores de un aire de guajira, sin perder la esencia de Chaikovski.
El viaje continúa con una chispeante versión en salsa de “We Wish You a Merry Christmas”, animada por el vocalista invitado Carlos Calunga, figura vinculada en los años 90 al Buena Vista Social Club. Le siguen un “Jingle Bells” convertido en mambo y una luminosa “Silent Night” arreglada por Jorge Aragón, donde la trompa de Willis asume un papel protagonista.
El tradicional villancico “Criolla Navidad”, descubierto por Willis en un LP de 1971 de La Sonora Ponceña, aporta un contraste introspectivo frente a la energía dominante del álbum. Luego llega un “White Christmas” en clave de cha-cha-cha, elegante y cadencioso, que ofrece un marco perfecto para que Lombida despliegue su lirismo. Y como broche contagioso, el ensamble completo abandona los instrumentos para entonar un jubiloso “Feliz Navidad”, que suena casi como una celebración espontánea captada en plena sesión. Es fácil imaginar al estudio convertido en pista de baile: según cuentan los propios músicos, la grabación realizada en Berlín en marzo estuvo marcada por la risa, el movimiento y clara complicidad. En el folleto del álbum, Willis escribe: “Ojalá traiga tanta felicidad a tu hogar como la que me dio a mí mientras lo creábamos”.
La relación de Willis con Cuba va más allá del estudio de grabación. Su proyecto Instruments for Cuba, inspirado en la imagen de una estudiante tocando con una trompa rota sujeta con una banda para el pelo, ha recaudado miles de dólares para jóvenes músicos de la isla. Ese compromiso se siente en cada pista: el álbum irradia autenticidad, humor y afecto.
En síntesis, esta nueva entrega de Sarah Willis es un trabajo vibrante, cálido y rebosante de vida, un puente entre mundos que celebra la música cubana con gracia y respeto. Para muchos, será un «clásico instantaneo» y para el nostálgico oyente en Miami, desde ya será el obligado reemplazo al risueño y jocoso “Wiwichu” por un sonido mucho más cercano y genuino del Caribe.
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