Dos noches inolvidables en el Arsht Center
Gracias a dos presencias estelares, dos conciertos en una sola semana dieron brillo al Arsht Center en el renglón lírico y sinfónico.
Juan Diego Flórez: El recital vocal en la gran tradición
Quienes insisten que el recital vocal es una especie en vías de extinción deberían haber estado el domingo en el Knight Auditorium: el lleno total para Juan Diego Flórez desmiente con hechos esa necrológica prematura, especialmente en una ciudad que supo acoger a grandes del canto y que hoy acusa ausencias inexcusables en ese terreno.
Los recitales del tenor peruano responden a un patrón probado. Una parte consagrada al bel canto —Bellini, Donizetti, Rossini— y ópera francesa; luego zarzuela y la canción en español; finalmente, los bises, tan generosos como celebrados, que convierten la velada en una fiesta compartida. No hay improvisación en la arquitectura del programa, pero sí una inteligencia estratégica que sabe administrar climas, estilos y expectativas.
A los 53, Flórez celebra con gallardía las tres décadas de su debut consagratorio en Pesaro, cuna de Rossini. Si la voz hoy tarda un poco más en entrar en calor, es comprensible; asombra la persistencia del brillo, el esmalte intacto y la capacidad de despachar los agudos que cimentaron su fama. Le suma algo menos frecuente que la mera técnica: inteligencia musical, gusto y estilo impecable. Flórez es, en el sentido más exigente del término, un estilista.
Lo acompañó el impecable Vincenzo Scalera, quien ofreció solos pianísticos de Bellini, Lecuona y Godard, aunque se echó de menos la intervención del tenor en las transcripciones de “Almen se non poss’io” y en la “Berceuse” de “Jocelyn”, páginas que pedían por su voz.
El bloque inicial incluyó a Rossini con “Le sylvain”, de “Péchés de vieillesse”, y a Bellini con “La Ricordanza”, evocación que anticipa la escena de locura de Elvira en “I Puritani”. La primera parte culminó con la escena de prisión de “Roberto Devereux”, plena de emoción, vertida con elegancia y sin un ápice de efectismo.
En la segunda parte, la zarzuela encontró en Flórez un defensor de clase. “Bella enamorada”, de “El último romántico”; “Suena, guitarrico mío”; y “Aquí está quien lo tiene”, de “La alegría del batallón”, reivindicando un género que necesita intérpretes de jerarquía para mostrar su estatura.
La ópera francesa tuvo al melancólico “Ah! tout est bien fini!… Ô Souverain, ô juge, ô père”, de “Le Cid” de Massenet —escrito para el heroico Jean de Reszke—, seguido de un “Salut! demeure chaste et pure” de “Faust” de Gounod de lirismo soberano y fraseo cuidado. La parte oficial cerró con un detallado y ardiente “Che gelida manina”, de “La Bohème” de Puccini: un Rodolfo creíble, ya más cercano al lirismo spinto que al puro tenor de gracia, señal de evolución repertorial asumida con prudencia y sin sacrificar flexibilidad.
Y llegó el festival de bises. El público espera agudos resplendentes, y Florez ofreció “Pour mon âme”, de “La fille du régiment”, con sus nueve do naturales, sin la insolencia atlética de hace dos décadas, pero con seguridad y sin transposiciones complacientes. Luego, guitarra en mano para la napolitana “I’ te vurria vasà”, y un popurrí en español que incluyó a su inolvidable compatriota Chabuca Granda —“La flor de la canela”, “Fina estampa”— además de su infaltable “Cucurrucucú Paloma”, coronada por un agudo en voz de cabeza largamente sostenido. La celebración continuó con “Amapola”, “La donna è mobile” y “Nessun dorma” como broche de oro.
Flórez luce juvenil y en forma. La voz, acaso menos caudalosa que en su apogeo, jamás es forzada y conserva redondez y dulzura tímbrica. Encanto, carisma y sencillez le permiten conquistar al público hasta tenerlo en la palma de la mano. Artistas así no abundan; recitales como éste, tampoco.
Yannick Nézet-Séguin y el «Philadelphia Sound»
Apenas días después se produjo el esperado – y demorado – debut miamense de uno de los consagrados directores jóvenes de hoy, el canadiense Yannick Nézet-Séguin al frente de su orquesta, la legendaria Orquesta de Filadelfia la cual rige desde 2010, además de la Orchestre Metropolitain de Montreal y del Metropolitan Opera neoyorkino del que es su director artístico desde 2018.
Fue una noche especial una de las grandes tradiciones sinfónicas de Estados Unidos dialogando con el público local con una plenitud desconocida en comparación con previas ilustrísimas visitas.
Nézet-Séguin, posee carisma, gestualidad elocuente y comunicación inmediata. Mas que un director parece un cómplice con sus músicos, sin batuta ni partitura, semeja un energizante entrenador deportivo. Esa complicidad fue palpable con la orquesta y en una lectura viva, respirada, de las Sinfonías n.º 3 y n.º 4 de Brahms.
El canadiense preserva el mítico “sonido Filadelfia”, forjado por Leopold Stokowski y Eugene Ormandy, cuerdas densas y aterciopeladas, maderas cálidas, metales fulgurantes, traducido en un abrazo sonoro envolvente que resultó en un Brahms de líneas amplias y aliento generoso.
Ha dicho que Brahms es su compositor favorito, y esa afinidad se percibió en la libertad y urgencia de su enfoque. Cada sinfonía fue el equivalente a un viaje emocional e inevitable evolución y consecuencia de la otra, ofreciendo una panorámica digna de destacar.
Sorprendió su tratamiento de la Tercera, al ejecutarla en un solo movimiento reveló un arco narrativo fascinante. Pareció conjurar la imagen del caminante romántico contemplando un torrente caudaloso – ¿el Rin?, ¿el Elba? – en un paisaje digno de Caspar D. Friedrich. Más íntima que heroica fluyó con naturalidad pastoral, evitó toda afectación sentimental sosteniendo un pulso sereno y contenido hasta el final de una severidad coral de gran efecto.
Esa impulsividad controlada regresó en la Cuarta, esta vez con una pausa mínima entre el Andante moderato y el Allegro giocoso, como si se trataran de dos bloques de una misma escultura. Hubo nostalgia e intimidad, surgidas de una espontaneidad sólo aparente y cuidadosamente trabajada desde un enfoque casi camarístico. Un Brahms noble, poderoso y vital, encaminado hacia su destino inexorable, con una orquesta tan monolítica como impresionante.
Un amigo solía decir —en el siglo XX, casi la prehistoria—: “Tan perfecto que cerré los ojos y era como un disco”. Su definición, cómica e infalible, volvió a mi memoria en esta noche en que Filadelfia sonó “como un disco”. O aún mejor.
Photos by Taylor Brown



