Zimmermann-Perianes, conjunción que es pura música
No forman un dúo en el sentido estricto del término; sin embargo, cada vez que coinciden sobre el escenario, circunstancia que afortunadamente se repite con notable frecuencia, la violista alemana Tabea Zimmermann y el pianista español Javier Perianes revelan una compenetración que remite a las asociaciones camerísticas más longevas. La naturaleza de su entendimiento —una suerte de combustión estética entre tradiciones centroeuropeas y mediterráneas— trasciende lo meramente colaborativo para situarse en el terreno de una afinidad artística orgánica, casi instintiva. En el marco de su gira estadounidense, ofrecieron en Zankell Hall de Carnegie Hall neoyorkino un recital de excepcional altura, ante una sala colmada, en el que Perianes asumió, con refinada conciencia estilística, su papel de Caballero Andaluz realzando las virtudes de una auténtica Primera Dama. Ambos desplegaron refinadisima expresividad y un mismo enfoque potenciándose el uno al otro. Perianes en absoluto subordinado, sino articulador del discurso conjunto, realzando con discreción aristocrática la voz instrumental de Zimmermann, figura insoslayable de la viola contemporánea.
El programa abrió con las Fantasiestücke, Op. 73 de Robert Schumann, páginas concebidas originalmente para clarinete y piano, aquí revisitadas en la transcripción para viola realizada por la propia Zimmermann junto a Hartmut Höll. Esta versión no solo respeta la sustancia lírica del original, sino que la reconfigura, permitiendo que la viola despliegue un espectro expresivo de particular densidad y calidez. La interpretación se distinguió por un fraseo de amplitud casi vocal —un legato cantabile de fluida homogeneidad— sostenido por un piano de dicción transparente y exquisito control dinámico. El resultado fue la evocación de un genuino Liederabend instrumental, donde la alternancia de carácter entre las piezas encontró una continuidad orgánica en la respiración compartida de ambos intérpretes.
El tránsito hacia el romanticismo tardío se produjo de manera natural con la Segunda Sonata para viola y piano de Johannes Brahms, igualmente derivada de su versión original para clarinete. En esta obra, marcada por un inconfundible tono otoñal y una densidad afectiva introspectiva, Zimmermann y Perianes construyeron un discurso de gran cohesión estructural, en el que la dialéctica entre ambas partes —la cantabilidad grave y reflexiva de la viola frente al impulso discursivo del piano— se resolvió en una síntesis de notable equilibrio. La articulación de los clímax, evitó toda tentación de exceso retórico, privilegiando en cambio una expresividad contenida, de raigambre profundamente brahmsiana. La interacción entre ambos músicos, de una naturalidad casi conversacional, permitió percibir la obra como un espacio de confidencia compartida, en el que cada motivo parecía surgir de una memoria común. De hecho, verlos interactuar, “conversar en música” convirtió a la audiencia en literal espia de una reunión de dos amigos compartiendo vivencias y secretos.
Un punto de inflexión estético se produjo con Lachrymae de Benjamin Britten, obra singular dentro del repertorio violístico, construida como una serie de variaciones retrospectivas sobre la canción “If my complaints could passions move” de John Dowland. Aquí, la dimensión tímbrica adquirió un protagonismo decisivo: Zimmermann exploró con rigor casi experimental una paleta de colores extremos, desde sonoridades veladas hasta emisiones de crudeza deliberada, mientras Perianes delineó un espacio armónico de resonancias suspendidas, en el límite de lo perceptible. La progresiva revelación del tema de Dowland, más sugerido que expuesto— se convirtió en el eje de una lectura que osciló entre la memoria fragmentaria y la alusión velada, configurando una experiencia auditiva de inegable densidad simbólica. Entre luz y penumbra, música suspendida de un hilo que abordaron con lirismo seco y reberverante, y que sirvió de puente tan significativo como inmaculado hacia la última ofrenda de la velada de un compositor tan íntimamente ligado a Britten.
Así el núcleo expresivo del recital se alcanzó con la Sonata para viola y piano de Dmitri Shostakovich, última obra completada por el compositor escrita en la inminencia de la muerte. En esta partitura, de economía de medios y profundidad conceptual extraordinarias, los intérpretes lograron articular un arco dramático de notable coherencia interna. El primer movimiento, contenido y austero, fue expuesto con una tensión latente que evitó cualquier énfasis superficial; el segundo, con su característico sarcasmo, adquirió una dimensión casi grotesca sin perder claridad estructural. Fue, sin embargo, en el Adagio final donde la interpretación alcanzó su punto culminante: la célebre alusión a la Sonata “Claro de luna” de Ludwig van Beethoven emergió como un estrato más dentro de una textura de transparencias superpuestas, en la que el tiempo parecía dilatarse hasta disolverse. Zimmermann sostuvo la línea con un sonido de intensidad lacerante, mientras el piano, contribuía a la sensación de un tejido musical que se desintegra. El resultado fue una lectura de hondura existencial, en la que la música se extinguió no como cierre, sino como tránsito hacia un espacio de resonancia metafísica, suerte de Liebestod con la música misma donde espera y habita el espíritu de Beethoven, inamovible y eterno.
La prolongada ovación de pie condujo a un bis de carácter íntimo: el Andante de las Tres Romanzas de Clara Schumann, ofrecido como epílogo de una velada de excepcional coherencia estética. En su aparente sencillez, esta pieza permitió a los intérpretes destilar una última instancia de lirismo depurado, cerrando el programa con una sensación de recogimiento que confirmó la singularidad de un encuentro artístico de magnitud poco frecuente.
FOTOS CHRIS LEE, CORTESIA CARNEGIE HALL


