Jorge Mejía estrena su concierto en su ciudad

Es, sin exageración, uno de los “ciudadanos ilustres” de Miami por derecho propio. Compositor, pianista y asimismo presidente y CEO de Sony Music Publishing Latin, Jorge Mejía encarna como pocos ese ADN híbrido de la ciudad: nacido en Colombia, criado entre palmeras y autopistas del sur de Florida, formado entre partituras y ambición. Un hombre que puede discutir una partita de Bach por la mañana y cerrar un acuerdo editorial por la tarde, sin despeinarse.

El próximo 26 de abril, en el Adrienne Arsht Center, se producirá el estreno estadounidense de su concierto para piano y orquesta Si estas paredes hablaran. La interpretación estará a cargo de la orquesta de la Universidad de Miami —su alma mater— bajo la dirección de Gerard Schwarz, con el propio Mejía al piano: compositor, solista y narrador de su propio universo. El programa se completa con obras de Maurice Ravel y Dmitri Shostakovich, en un diálogo que cruza siglos, ironías y formas de sobrevivir al ruido del mundo.

Mejía habla como toca: con precisión, pero sin rigidez; con entusiasmo, pero sin solemnidad. Hay en su manera de contar las cosas algo de cronista y algo de novelista. El origen de su concierto, por ejemplo, no remite a una teoría abstracta ni a un encargo institucional, sino a un edificio: Collins 221, una estructura centenaria en Miami Beach que, en sus palabras, “pedía ser escuchada”. No es metáfora: en su imaginación, las paredes efectivamente hablan.

La obra se articula en tres movimientos, tres personajes, tres pequeñas novelas con banda sonora. El primero pertenece a Irving Goldstein, un neoyorquino que compra el edificio sin haberlo visto y que, al llegar, se enamora instantáneamente de su adquisición. Tres días después, el huracán de 1926 arrasa con su felicidad recién estrenada. Mejía construye aquí un vaivén emocional casi cinematográfico: del idilio a la devastación en cuestión de compases.

El segundo movimiento introduce a Sofía, pianista devenida enfermera, hija de emigrantes cubanos criada entre boleros y Bach. La Segunda Guerra Mundial la empuja a enrolarse en la Cruz Roja; Miami Beach se convierte en estación de paso entre el cansancio y la incertidumbre. En Collins 221 conoce a Danny, soldado herido, y entre ambos surge un amor con fecha de caducidad. La música se vuelve más íntima, más suspendida, como si respirara con dificultad, el cello pregunta y responde. La última nota, dice Mejía, “no resuelve”: se queda flotando, como tantas despedidas.

El tercer movimiento trae a Elena, actriz de fama intermitente que llega en los años ochenta con la intención de vender el edificio heredado. South Beach hierve de especulación inmobiliaria, pero Elena duda. En el apartamento descubre un piano, una partitura, una historia que no es suya pero que empieza a serlo. Y entonces la música —la misma que escuchamos— se convierte en memoria activa, en resistencia contra el olvido.

La revelación llega con una sonrisa casi traviesa: ninguna de estas historias ocurrió realmente. “Las inventé”, admite Mejía, con la naturalidad de quien confiesa un pequeño delito poético. “Pero me las creí todas”. Y uno también.

Antes de aterrizar en Miami, la obra ya ha recorrido ciudades como Madrid, Montevideo, Medellín y Quito. Fue además grabada por la London Symphony Orchestra en los míticos Abbey Road Studios, ese templo donde las leyendas como Los Beatles dejan huella en cinta magnética. “La tocaron como si la conocieran de toda la vida”, recuerda, todavía con asombro. La cadena de contactos —que incluye a Howard Herring, Catherine McDowell y James Judd— suena casi tan improbable como las historias del propio concierto, esta es cierta.

El estreno en Miami cuenta con el respaldo de figuras clave de la Frost School of Music, como Shelley Berg, y con el apoyo institucional del Arsht Center. La colaboración con Schwarz, largamente postergada, finalmente se concreta. “Siempre quisimos trabajar juntos”, dice Mejía, en una frase que en el mundo de la música clásica puede significar décadas de espera.

Además, dos días antes del estreno miamense, la obra, grabada en Londres bajo la dirección de Ricardo Jaramillo, será lanzada exclusivamente en Apple Music Classical el 24 de abril y en el resto de las plataformas a partir del 8 de mayo.

Compartir programa con Ravel y Shostakovich podría intimidar a cualquiera. Mejía opta por el humor: “Me siento como un chihuahua entre dos grandes daneses”. Pero enseguida encuentra afinidades: menciona «Alborada del gracioso», esa pieza de Ravel que también nació en el piano antes de expandirse a la orquesta, y que, como su concierto, gira en torno a un personaje.

Sus influencias son tan ortodoxas como inesperadas. Johann Sebastian Bach es su brújula diaria; Frédéric Chopin, su territorio íntimo. Pero en el horizonte aparecen también Radiohead y Sigur Rós, cuyas atmósferas —dice— se filtran especialmente en el tercer movimiento. En Mejía, el canon no es un museo: es un ecosistema.

Su filosofía creativa rehúye tanto la obsesión por la originalidad como el culto a la tradición: “Cada obra es una nueva respuesta a la misma pregunta”. Es una frase que podría sonar a aforismo si no estuviera respaldada por una práctica constante del oficio.

Sobre el presente musical, su mirada es sorprendentemente optimista. Nunca —argumenta— hubo tanto acceso a la música ni tantos creadores activos al mismo tiempo. En el ámbito clásico, destaca la proliferación de lenguajes y la diversidad estética. Menciona, con entusiasmo reciente, Elysium del compositor canadiense Samy Moussa.

Y en ese mapa en expansión, Miami ocupa un lugar cada vez más visible. Mejía recuerda una ciudad donde la música clásica era un fenómeno casi marginal; hoy, en cambio, conviven instituciones como la New World Symphony con visitas regulares de orquestas de primer nivel. La transformación de la Frost School —“total”, dice— es parte de esa misma historia.

En tiempos donde el mundo parece inclinarse hacia la ansiedad permanente, Mejía ofrece una respuesta que no pretende ser ingenua, pero sí necesaria: “Siempre ha habido razones para estar preocupado. El arte tiene que mostrar un camino hacia adelante”. En Si estas paredes hablaran, ese camino no se traza con discursos, sino con memoria: la de un edificio, la de sus habitantes imaginarios, la de una ciudad que —como la música— nunca deja de reinventarse.

Al final, quizá lo más notable no sea que las paredes hablen. Es que alguien haya tenido la paciencia —y el oído— para escucharlas.

An Evening of Masterpieces and a Piano Concerto, Knight Concert Hall, Adrienne Arsht Center, 1300 Biscayne Boulevard, Miami, Florida 33132Domingo 26 de abril de 2026 a las 7 de la noche.

PARA MÁS INFORMACIÓN: visite https://www.jorgemejiamusic.com