O don fatale: melodías interrumpidas

Marjorie Lawrence

Marjorie Lawrence


Eclipses, cometas, meteoros o estrellas fugaces? No, no se trata de astronomía sino de cantantes líricos y un fenómeno que afecta preferentemente a sopranos (y algunos de sus equivalentes masculinos, léase tenores) por temprana o exceso de exposición a ciertos papeles, salud, técnica defectuosa, repertorio equivocado o simple y llana mala suerte sin contar con aquellas que con toda razón “se cansan del sistema”. Si los cantantes líricos son atletas (de la voz) y su presencia se disputa como la de los futbolistas estrellas, es obligación enfatizar y recordar que no son máquinas sino seres humanos que se juegan el todo por el todo en un escenario después de años de trabajo agotador. La permanencia en el candelero depende de muchos factores, no siempre coinciden plenitud vocal y expresiva y un paso en falso puede desatar una catástrofe irreparable, en ciertos casos, apenas “emparchable”. En teoría, una carrera “normal” se extiende dos, a lo sumo tres, décadas, sin contar el tiempo de estudio y los “anni di galera”; pero demasiadas sucumben apenas al pasar una sola década de esplendor. La ambición, el arrojo y la excesiva confianza en si mismas sumada a la vanidad y adulación de empresarios y fans desgastaron en muchos, demasiados casos a las llamadas a ser la “próxima Caballe o Nilsson”.

En la jerga lírica se las llama meteoros, lo cierto es que muchas son estrellas fugaces y otros, eclipses. En el camino quedan decenas de nombres olvidados demasiado pronto por cada diva cuya voz resistió todo embate – recuérdese a Birgit Nilsson, Joan Sutherland, Zinka Milanov, Leonie Rysanek, Mariella Devia aún en actividad – para retirarse dignamente con su instrumento en condiciones o como bromeaba la legendaria Lotte Lehmann “Me retiro ahora para que me pregunten por qué se retira y no por qué no se retira?”.

Ljuba Welitsch

Vale recordar a la australiana Marjorie Lawrence (1907-1979) y su carrera truncada por la poliomielitis cuya autobiografía fue llevada al cine en 1955 como Melodía interrumpida -protagonizada por Eleanor Parker con la voz maravillosa de Eileen Farrell -título aplicable a cada una de las mencionadas en este tributo. La espléndida Maria Cebotari (1910-1949) consumida con cáncer en absoluta plenitud al igual que la contralto Kathleen Ferrier (y mas cercanas, las sublimes Lucia Popp, Arleen Auger y  Lorraine Hunt Lieberson); la desafortunada Marie Collier (1927-1971) que se precipitó desde una ventana o la célebre Rosa Ponselle (1897-1981) que se eclipsó apenas pasado el cenit á la Greta Garbo mientras que el estrellato de la imponente Gina Cigna fue cercenado por un accidente automovilistico, inclaudicable se dedicó a la enseñanza y murió a los 101 años.

Maria Cebotari

Emblemática entre los “meteoros” es Ljuba Welitsch (1913-1996), la temperamental soprano búlgara que deslumbró a Richard Strauss con una Salomé soñada que la llevó a la gloria y acabó arruinando su voz en menos de una década donde aportó notables Donna Anna, Tosca, Aida, Amelia y Tatyana. Asimismo demasiado breves fueron las trayectorias de Stella Roman y la bella Rosanna Carteri. Tristes ejemplos de los cincuenta fueron la imperiosa Anita Cerquetti (1931-2014) y Caterina Mancini (1924-2011), voces intrínsicamente italianas de canto franco y generoso (también debe nombrarse a Maria Pedrini y Carla Gavazzi) entonces rivales de Renata Tebaldi y Maria Callas, asimismo irrepetible meteoro de sólo una década de esplendor que se eclipsó en 1965.

Anita Cerquetti


Avanzando en el tiempo, la voz de Elena Suliotis (1943-2004), otra supuesta “sucesora” de Callas sucumbió ante la Abigaille de Nabucco de Verdi, feroz asignación que dañó la voz de la Strepponi que la estrenó y que acabaría casándose con el compositor, asimismo la fenomenal discípula de la legendaria Dame Eva Turner, Amy Shuard fallecida con apenas 50 años.

No sólo Abigaille y Salomé pueden significar “the Kiss of Death” para una soprano sino Elektra, Norma, Lady Macbeth, Odabella, Minnie, los rigores atonales de Lulu y especialmente la desalmada Turandot. La princesa de hielo pucciniana y sus extenuantes primas wagnerianas (Brunilda, Isolda y Senta a la cabeza) causaron un tendal de víctimas acortando las carreras de  Alessandra Marc, Klara Barlow, Daniza Mastilovic, Linda Esther Gray, Roberta Knie, Jeannine Altmeyer, Ursula Schroeder-Feinen, Olivia Stapp, Pauline Tinsley, Elinor Ross, Angeles Gulín, Sharon Sweet, Susan Dunn, Jane Eaglen y otras notables sopranos dramáticas en su momento rutilantes figuras.

Elena Suliotis


En los noventa, Galina Gorchakova fue la máxima embajadora del “deshielo” ruso para luego esfumarse asi como la norteamericana Cheryl Studer, la diva mas grabada y versátil de los 80-90, de la Reina de la noche a Salomé pasando Violetta y Odabella fue “la Isolda que esperabamos” según un célebre director, pero nunca llegó a cantarla. Si la mezzo Maria Ewing también sucumbió con Salomé y Tosca, la ascendente wagneriana Lisa Gasteen debió retirarse por motivos de salud y la fatiga vocal resintió a Deborah Voigt después del Anillo metropolitano. Los fatídicos nódulos obstaculizaron cuando no aniquilaron carreras brillantes, caso Natalie Dessay y problemas de otra índole contribuyeron al ocaso de Kathleen Battle asi como cambios de rumbo para las líricas Sylvia McNair, Dawn Upshaw y Barbara Bonney. Mejor ni empezar con la lista de “víctimas” tan extensa como triste. En cambio otras han sabido “negociar” adaptándose a roles de carácter que requieren experiencia e histrionismo, Martha Mödl, Sena Jurinac, Anja Silja y Astrid Varnay las mas recordadas con carreras de cuatro y hasta cinco décadas, sendero que continuan Eva Marton, Deborah Polaski, Karita Mattila y Evelyn Herlitzius.

Saber cómo sonaban, conocerlas, añadirlas a las favoritas, hoy es facil gracias al aporte de YouTube donde se las encuentran en arias que son auténticas joyas, glorias de un pasado cercano que no debe olvidarse y del que debe aprenderse si no se quiere repetir errores.