Miami: tradición e innovación de la mano 

El segundo fin de semana de enero mostró a Miami  fortalecida en el ámbito de la música erudita, acertando en las dos grandes vertientes del género: la tradición y la innovación. La primera tuvo su escenario en el Knight del Arsht Center; la segunda, en la New World Symphony de Miami Beach.
 
La presentación de la Royal Philharmonic Orchestra bajo la dirección de Vasily Petrenko disipó la impresión algo opaca de su visita anterior, revalidando los laureles de su ilustre linaje y recordando por qué sigue siendo una de las cinco grandes orquestas londinenses. Con un programa francamente convencional, pero magistralmente ejecutado, incluso los más trillados caballitos de batalla emergieron indemnes. Petrenko se impuso con una autoridad elegante y natural, mientras Ray Chen brilló como solista en el «Concierto para violín» de Chaikovski.
 
El virtuoso taiwanés-australiano ofreció una interpretación de espectacularidad incuestionable, aunque a costa de una mayor profundidad lírica. Acentos vigorosos y una deslumbrante batería técnica estuvieron claramente orientados al impacto inmediato. Si el segundo movimiento ofreció el necesario remanso poético, plasmado con sensibilidad, el final retomó el ímpetu inicial. La Royal Philharmonic brindó un acompañamiento sólido y disciplinado, cuidando siempre el equilibrio con el solista. Como bis, el carismático Chen ofreció su arreglo del himno “no oficial” de Australia, «Waltzing Matilda», transformado en una fantasía virtuosa que dejó al público, como era previsible, rendido a sus pies.
 
El concierto se abrió con la obertura “Helios» (1903) de Carl Nielsen que, aunque inspirada en el amanecer y el ocaso de Atenas, deja traslucir claras resonancias wagnerianas, evocando en algunos pasajes las ondinas del Rin. Poco frecuentada, la partitura del compositor danés funcionó como una bienvenida carta de presentación.
 
No obstante, la gran triunfadora de la velada fue la «Segunda Sinfonía» de Sibelius, donde la orquesta exhibió pleno dominio y autoridad en una partitura de alto calibre, justamente querida por el público. Las cuerdas, iridiscentes, delinearon con precisión la navegación final de la obra, aportando la luz del severo paisaje nórdico frente a los imponentes contrastes de los vientos. Sombra y luz compitieron musicalmente en una interpretación monolítica, sabiamente esculpida por Petrenko. Una versión enraizada en la mejor tradición europea, rica en carácter, densidades y transparencias, culminó soberana en uno de los finales más célebres del canon sinfónico, con un derroche sonoro de violines, violonchelos y metales. Tan memorable como el bis de Grieg, que cruzó el Báltico hacia la luminosa primavera noruega.
 
La noche anterior, la New World Symphony celebró el decimoquinto aniversario del New World Center, el espléndido complejo diseñado por el recientemente fallecido Frank Gehry, con un concierto que fue dedicado a su memoria. Una exposición sobre la historia del edificio, instalada en el lobby, funciona como memento de la realización del sueño de Michael Tilson Thomas, una conjunción afortunada que ha colocado a la ciudad en el mapa musical más allá de su identidad turística.
A ello se sumó una coincidencia notable: la reunión del compositor John Adams dirigiendo sus propias obras, el pianista Víkingur Ólafsson y Stéphane Denève, director artístico de la NWS. El acontecimiento, literalmente histórico para Miami Beach, fue compartido además con el público del adyacente SoundScape Park via wallcast.
Una velada íntegramente dedicada a John Adams no es moneda corriente y entraña no pocos riesgos —como el propio compositor bromeó en sus distendidas palabras introductorias—, ya que para muchos su música sigue siendo un gusto adquirido. El programa, sin embargo, se reveló como un vasto fresco que ilustró con claridad su evolución estética: desde el austero minimalismo inicial hasta la riqueza expresiva de su lenguaje actual. Cuatro décadas condensadas en cuatro obras dieron lugar a un auténtico “Festival Adams”.
Con «The Chairman Dances: Foxtrot for Orchestra» (1985), boceto de la escena del banquete de «Nixon in China» e «I Still Dance» (2019), inspirada en la pareja Tilson Thomas–Joshua Robison, se mostró al Adams más implacablemente rítmico, juguetón y reconocible. Ambas piezas, verdaderas “tocatas con esteroides”, evidencian además el fértil diálogo entre cine y música académica. Ejecutadas con fervor, se convirtieron en auténticas montañas rusas sonoras, con una New World Symphony que respondió de manera ejemplar tanto bajo Adams como con Denève.
Así como Richard Strauss supo destilar la esencia de «El caballero de la rosa» y «La mujer sin sombra» en espléndidas suites orquestales, Adams —operista de raza— hace lo propio en la «Doctor Atomic Symphony», compendio de su ópera homónima de 2007 sobre Robert Oppenheimer y la creación de la bomba atómica. En sus tres movimientos —El laboratorio, Pánico y Trinidad— el compositor construye un tríptico magistral que no solo resume la ópera, sino que parece incluso enriquecerla cromáticamente. Desde el comienzo de tintes cinematográficos hasta el endiablado tapiz para cuerdas del segundo movimiento, donde los becarios de la orquesta brillaron memorables, la obra culmina en un final monumental. Allí, Adams confía a la trompeta —impecable Jack Farnham— la transfiguración del aria para barítono“Batter my heart, three-person’d God”, cincelando una melodía tan conmovedora como desoladora. Denève condujo con fiereza una partitura que lo exige todo.
El núcleo del programa fue «After the Fall» (2024) para piano y orquesta, tercer concierto para piano de Adams, concebido para Víkingur Ólafsson, quien lo interpretó bajo la dirección del propio compositor. En un solo arco de unos 25 minutos, la obra adopta la estructura implícita de tres secciones contrastantes, diferenciándose claramente de sus predecesoras por un discurso más introspectivo y refinado, hecho a la medida del pianista islandés. Profundamente modelado para su sensibilidad bachiana, el concierto integra progresivamente el piano en una trama orquestal translúcida y urgente, sin solución de continuidad.
El contraste entre tradición y modernidad se vuelve explícito en la reelaboración del Preludio en do menor del Clave bien temperadode Bach en la sección final. Lejos de la cita decorativa, Adams celebra aquí la continuidad con el pasado como una contemplación panorámica de la civilización musical, de la que toma prestado con picardía y responsabilidad. Sin heroísmos ni imposturas, se aboca al riesgo de recrear hacia el futuro. La orquesta acompañó con transparencia al solista, quien fue apropiándose gradualmente del discurso, agigantándose hasta desembocar en el feroz tour de force de la conjunción Bach–Adams, resuelto por Ólafsson con pasmosa destreza.
Víkingur Ólafsson, quizá el joven pianista más célebre del momento, ofreció un bis tan pertinente como sublime: una transcripción del Andante de la Sonata para órgano n.º 4 de Bach, dedicada a Gehry, que funcionó como última y suprema pieza del rompecabezas. El inagotable manantial Bach como esencia, principio y fin, al que siempre se regresa. Un corolario inolvidable que reclama un pronto regreso y recuerda la función última de la música: servir al espíritu humano.