El distinguido encanto de Dame Flott

El mundo del canto amaneció un poco más solo. Se ha ido una Dame. No simplemente una gran cantante, sino una de esas presencias excepcionalmente raras que parecían pertenecer a una época más civilizada: una época de elegancia, inteligencia, contención y humanidad. Una artista incapaz de la vulgaridad, incapaz de la afectación, incapaz de traicionar a la música en la búsqueda del espectáculo.
Dame Flott se ha ido.
Y, sin embargo, hay artistas cuya partida llega acompañada de ruido y estruendo público, mientras otras dejan una devastación más silenciosa: un silencio de una profundidad infinitamente mayor. El suyo pertenece a esta última categoría: un silencio de terciopelo, la resonancia persistente de una frase perfectamente modelada disolviéndose lentamente en el aire.
Nunca necesitó del exceso. Nunca necesitó de la histeria, la exageración o la teatralidad exhibicionista. Su arte estaba construido sobre la inteligencia, la compostura, la verdad emocional y una clase de refinamiento espiritual que hoy resulta dolorosamente raro. Representaba aquello en lo que puede convertirse el canto cuando la técnica se une a la cultura, la sensibilidad a la disciplina y la belleza a la honestidad.
Quizá no era “única” en el sentido superficial con el que hoy se utiliza esa palabra tan a la ligera. No buscó reinventar el canto ni deslumbrar al público mediante la extravagancia. Y precisamente ahí residía su singularidad. Encarnaba, casi perfectamente, el ideal de la gran soprano lírica inglesa: elegante sin rigidez, culta sin pretensión, refinada sin frialdad, luminosa sin artificio.
Poseía la más rara de las cualidades: hacía que el mundo se sintiera cómodo en su presencia. Todo aquel que la escuchaba experimentaba algo extrañamente íntimo: familiaridad. Cada oyente sentía que era amigo de Flott. Era el tipo de dama con quien uno habría querido tomar el té, con sándwiches y scones, naturalmente.
En Mozart, Schumann, Strauss, Fauré, Poulenc, Wolf, Messager, Elgar y Britten dejó un legado de inteligencia, exquisito buen gusto y emoción verdadera.
En el repertorio francés podía rivalizar con Crespin, Norman e incluso Yvonne Printemps. Aunque, en realidad, no era rival ni comparable a nadie: era algo completamente suyo, como ocurre con todos los verdaderos artistas. Fue la más francesa de las sopranos británicas.
En Strauss se apartó de Schwarzkopf, Della Casa y Janowitz. Porque los verdaderos artistas no nacen para parecerse a otros, sino para revelar una verdad distinta. Su Condesa Madeleine y su Mariscala poseían una humanidad profundamente conmovedora: quizá menos imperiosas, pero infinitamente más cálidas, más vulnerables, más vivas.
No sorprende que Carlos Kleiber la apreciara tan profundamente. En ella encontraba algo que hoy parece casi extinguido: aristocracia natural. No aristocracia social, sino aristocracia del espíritu. Esa capacidad de expresarlo todo sin subrayar nada. Esa elegancia que jamás necesita anunciarse para existir.
Y luego estaba la voz.
Una voz de plata: jamás agresiva, jamás vana, jamás pesada. Transparente y cálida a la vez, capaz de esos pianísimos iridiscentes que parecían menos cantados que respirados hacia la existencia. Una voz que no conquistaba al oyente por la fuerza, sino que lo envolvía lentamente hasta volver imposible toda resistencia.
Y luego estaban los recitales.
Qué extraordinaria inteligencia musical. Qué gusto impecable para construir programas. Cada canción parecía conversar secretamente con la siguiente; cada recital se desplegaba con inevitabilidad arquitectónica y sutileza emocional. No había vanidad en sus elecciones, sino reflexión, imaginación y un profundo respeto por la música misma.
Incluso su vena cómica poseía distinción. Su ya legendario “Dúo de los gatos” junto a su querida colega Ann Murray sigue siendo una lección magistral de ingenio, timing y encanto. Muy pocos artistas han logrado ser genuinamente divertidos sin sacrificar jamás la elegancia.
Tenía algo en común con Frederica von Stade: esa capacidad milagrosa no sólo de ser admirada, sino profundamente querida.
Porque puede haber voces más grandes. Puede haber carreras más sensacionales. Puede haber cantantes de mayor fuerza dramática. Pero existen artistas cuya sola presencia ennoblece el arte mismo.
Ella pertenecía a esa categoría sagrada.
Y por ello seguirá siendo amada por generaciones de oyentes que todavía creen en la honestidad en el canto, en el refinamiento sin pretensión, en la emoción sin vulgaridad y en el buen gusto como una forma de belleza moral.
Y mientras exista alguien capaz de conmoverse ante una frase perfectamente sostenida, ante un pianísimo de plata suspendido en el tiempo o ante la serena elegancia de una artista verdaderamente civilizada, su voz permanecerá con nosotros: luminosa, distinguida e inolvidable.
Como todas las verdaderas damas.
