Serio (y no tan serio) fin de semana musical

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Johannes Moser brilló con la Orquesta de Cleveland

La noche inaugural de la Orquesta de Cleveland en Miami por su director adjunto Giancarlo Guerrero ofreció un programa mas variado que de costumbre y el regreso de un solista de excepción, de un artista que ha crecido desde su última visita con la NWS. La breve Sinfonía India de Carlos Chávez funcionó adecuadamente a manera de obertura presentando a los locales esta obra del compositor mexicano que refleja las inquietudes y estilos prevalentes en la segunda mitad del siglo XX en Latinoamérica. Como otras del período que incluyen las de colegas como Ginastera o Villalobos, ilustra las raíces indígenas y sus ritmos con un despliegue que otorga oportunidad de lucimiento a cada sección del ensemble. La orquesta respondió admirablemente a Guerrero que supo plasmar cada instancia con su respectivo color y brío.

Equiparando el recuerdo de Rostropovich para quien Shostakovich compuso su Primer Concierto para violoncello, la actuación de Johannes Moser fue sencillamente magistral. El cellista alemán exhibió no sólo afinación y digitación perfectas, se jugó el todo por el todo y mas allá del virtuosismo técnico, transmitió la pasión y profundidad de un concierto difícil de plasmar desde todo punto de vista; uno que emergió multifacético y desbordando la lacerante intensidad que es condición sine qua nonMemorable en el lamento y cadenza, Moser desplegó una batería de recursos francamente asombrosos, toda una lección de este intérprete moderno que se instala entre los grandes de hoy. Digna de mención la atenta dirección de Guerrero que secundó con ejemplar eficacia al solista proporcionándole el suntuoso marco de la orquesta.

Favorita del público, la monumental Tercera Sinfonía de Saint-Saens recordó la ausencia del órgano tubular en una sala espléndida que muestra un espacio que aún lo espera. Si los clevelanders se lucieron en una de las sinfonías que requiere un ensamble de este calibre, el órgano eléctrico a cargo de Joela Jones suplió con gálica elegancia la espectacularidad requerida por el compositor. De todas maneras, fue una lectura que fue creciendo a medida que avanzaba hasta llegar al esperado final con un Guerrero bien complementado con la orquesta que deja esta temporada.

En la sala contigua, la FGO la inició con un ajetreado Barbero de Sevilla rossiniano. En la misma vena que la controvertida última Sonnambula del Met neoyorquino, el canadiense Dennis Garnhum traslada la acción a una sala de ensayo y estudio cinematográfico en plena España de Franco. A medida que transcurría la velada el concepto fue debilitándose hasta confundir a más de un espectador, sin contar con una atareada multitud de extras que distrajeron la atención. La puesta no escapó a la endémica insistencia de los directores de escena de aggiornarlo todo así como el discutible recurso de escenificar la obertura amén de las banderas flameantes (aquí fueron las de la España falangista) heredadas de la moda instaurada por Les miserables más confetti que hoy por hoy adorna todo fin de acto.

Esta tendencia actual de exceso de actividad escénica es una respuesta al pavoroso estatismo de antaño pero como “menos es mas” nunca viene mal traer a colación la receta de Callas: “la música dicta el movimiento en escena, sólo basta escucharla”. Por eso, hoy que su estilo ha vivido un auténtico risorgimento, recuperado y redefinido por los modelos de Zedda, Berganza, Horne, DiDonato, Blake o Florez, no dejó de sorprender las licencias tomadas en el escenario, máxime cuando ese estilo rossiniano pudo apreciarse simple y conciso en el foso orquestal gracias a Ramón Tebar (que fuera asistente del mismo Zedda) y su ensamble, claro, elegante, enmarcando sutilmente la farsa. Es cosa seria hacer ópera buffa y El Barbero se sostiene solo; escrito en dos semanas inmortalizó al cisne de Pesaro con su desenfadado muestrario de picardías y sutilezas. Aquí se tuvo un vertiginoso show con un continuado desfile de gags que mantuvo entretenidísimo a un amplio sector del público y en ese renglón, no puede negarse que Garnhum no haya cumplido su objetivo.

Capitaneados por David Pershall, los cantantes debieron trabajar más aún que los extras. Carismático y dueño de una voz importante (aunque no exactamente rossiniana, sugerido por coloraturas algo resbaladas) fue un Fígaro que se las trajo; la hiperkinética Rosina de Megan Marino lució la belleza de un registro medio que ayudó a disimular graves forzados (y parlandos curiosamente gritados); el tenor Andrew Owens aceptó el desafío de cantar enfermo y aunque disminuido cumplió con la parte de Almaviva; Kevin Short se encargó de un Doctor Bartolo convertido en jefe del estudio recurriendo a cuanto gag posible así como el estentóreo Don Basilio, profesor de música aquí vuelto fotógrafo, tuvo en Alex Soare (al igual que la agotada Berta de Eliza Bonet) un fiel traductor de la propuesta del régisseur.

Si el público pareció divertirse en grande en la noche inaugural no está demás recordar la famosa anécdota atribuida a Rossini cuando después de escuchar a la diva Adelina Patti en una versión del aria Una voce poco fa irreconociblemente embellecida por la prima-donna le preguntó “Muy linda… quien la escribió?”.

Aunque estuvo dedicado al Brahms íntimo, la matinee del ciclo de domingos camarísticos de la NWS concebido por Michel Linville para lucimiento de los “fellows” de la Academia Orquestal Americana tuvo un delicioso comienzo con el arreglo de Arnold Schönberg del vals Rosas del Sur de Johann Strauss hijo. Una de esas gemas que transportan instantáneamente a la Viena dorada, fue un espléndido preludio que abrió las puertas al universo brahmsiano. John Wilson al piano y Aya Yamamoto en el armonio lideraron al sólido cuarteto de cuerdas formado para la ocasión. Siguió el curioso Trio para corno, violín y piano Opus 40, obra sembrada de dificultades para el corno que Anthony Delivanis supo sortear gallardamente, tuvo inmejorables aliados en el terso violín de Foster Wang y el piano de Aya Yamamoto.

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Todd Levy en la NWS

El genial Quinteto para clarinete y cuerdas Opus 115 ocupó la segunda parte terminando de redondear una tarde más que provechosa. Todd Levy fue el feliz reemplazo de Alexander Fiterstein, el recordado ex miembro de la joven NWS es hoy uno de sus mejores embajadores y asi lo demostró en el sublime quinteto secundado al mismo empinado nivel por los violinistas Christen Greer y Andrea Daigle, la violista Madeline Sharp y el cellista Austin Fisher. Ni agridulce, ni apesadumbrado, sino luminoso y evocador. Como el que le antecede de Mozart, es también una de las obras últimas del genio de Hamburgo, donde el otoño se impone como serena antesala del final de una vida fructífera, ese mismo otoño que arreció con lluvia inclemente y que hizo del concierto vespertino el mejor refugio posible: la música de cámara.

Postdata: en vista de los acontecimientos de dominio público el maestro Guerrero dedicó la función del viernes a las víctimas de Paris y el sábado el maestro Tebar condujo La Marsellesa previas palabras de Philip Pierce, nuevo director de administración artística de FGO. Chapeau!

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El barbero de Sevilla en FGO – foto Brittany Mazurco Muscato

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