Reveladora novia de un zar virtual

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Tan impredecible como ingobernable, el niño terrible Dmitri Tcherniakov se caracteriza por sacarle canas verdes a mas de algún tradicionalista, la famosa pataleta que le ocasionó a Galina Vishnevskaya a raíz de su versión de Evgeny Onegin no dejó dudas. Lo cierto es que esta suerte de Peter Sellars ruso suele tener aciertos incontestables amén de algunos cuantos fiascos a consecuencia de sus experimentos. Y con La novia del zar los aciertos se multiplican para sumarse a un elenco de excepción que redondea una entrega de primera desde la Opera estatal berlinesa.

Estrenada en Moscú en 1899 como reacción al wagnerismo rampante de la época, la partitura de Rimsky Korsakov es de una riqueza y colorido deslumbrantes (atestiguado en la valiosa versión discográfica de Gergiev con Hvorostovsky y fuerzas del Mariinsky) e impulsa a descubrir otros títulos del compositor poco conocidos en Occidente, léase El gallo de oro o La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh, que también goza de una importante puesta de Tcherniakov en DVD.

Siendo el libreto del compositor y Tumyenev lo mas flojo de la obra, Tcherniakov aprovecha para reacondicionarlo a gusto. Entonces la acción original en el siglo XVI de la Rusia zarista y el tercer matrimonio de Iván el Terrible, de por sí lejos de ser históricamente fidedigna, es trasplantada a un reality show donde los policias del zar son los ejecutivos del programa y el zar – el único sin voz en la ópera, eje de una rueda orwelliana en la que todos están supeditados – es un ente virtual que se arma frente al público con pedazos de todos los líderes rusos y tiranos soviéticos. La búsqueda de la quimérica novia para el monarca se transforma en un delirante concurso de belleza con filtros de amor, magos siniestros y técnicos en computación, una pesadilla de la actualidad. Tcherniakov reinventa ese mundo de leyenda para desnudar las intrigas del mundo de la comunicación que nos gobierna. Le suma su extraordinaria capacidad para dirigir cantantes transformándolos en soberbios actores, una de sus marcas de fábrica. La ejemplar naturalidad y expresividad que logra en cada gesto y actitud de los personajes es una lección para cualquier director de escena.

Afortunadamente cuenta con un elenco espléndido, empezando por el barítono Johannes Martin Kränzle en el papel del oprichnik Grigory Griaznov, una labor descomunal desde todo punto de vista, tanto vocal como actoral. Las dos damas en cuestión – la novia Marfa y su rival Lyubasha – equiparan a ilustres antecesoras como Vishnevskaya, Arkhipova, Borodina y Milashkina. La soprano lírico-ligera Olga Peretyatko posee un timbre radiante y excelente coloratura en un papel que supo pertenecer a la joven Netrebko y que a la postre tiene una escena de locura a la rusa no demasiado lejana a la de una Lucía mas folklórica e igualmente belcantista. Además, Peretyatko conquista gracias a su expresividad y belleza. No obstante, es Anita Rachvelishvili como Lyubasha quien se lleva las palmas con una interpretación antológica, superior a sus conocidas Carmen y Dalila. De una convicción, seguridad y expresión sobresalientes aunado a medios superlativos, es un artista que madura a paso firme.

El resto del reparto no escatima en lujos empezando por la septuagenaria Anna Tomowa-Sintow como Saburowa, artista total y con una voz aún fresca e importante. Menos destacable el veterano Anatoli Kotscherga como Vasily Sobakin pero muy bien en sus asignaciones el luminoso tenor Stephan Rügamer (Bomelius) asi como el tenor Pavel Cernoch (Lykov), el joven bajo Tobias Schabel (Grigory Malyuta), y la mezzo Anna Lapkovskaja como la hermana de Marfa.

Preparado por el ruso Rustam Samedov, el coro de la Staatsoper responde magníficamente sumándose al rendimiento opulento de la Staatskapelle berlinesa bajo las órdenes de Daniel Barenboim, que convence con un tratamiento sinfónico, fervoroso, torrencial, fatalista. Barenboim aporta desde el podio, la tragedia que en escena dibuja la curiosa estética de Tcherniakov, tan actual que descoloca al principio, para espeluznar una vez que ha concluido la ópera.

Filmada en el Teatro Schiller en el 2013, es una versión digna de verse y discutirse, polémica desde el vamos rescata musicalmente una partitura riquísima interpretada como los dioses. Esta vez, el equipo Tcherniakov-Barenboim entrega una joya musical desde una visión alienada, tan enajenante como la búsqueda de una esposa para un tirano de leyenda.

* RIMSKY KORSAKOV, THE TSAR BRIDE, BELAIR BAC105

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