Juanjo Mena, debut de campanillas en la NWS

 

Se atribuye a Toscanini el “No hay malas orquestas sino malos directores” y si no lo dijo, aplica igual. Totalmente verídica en cambio la anécdota que la Filarmónica de Berlin cambiaba su sonido ante la sola entrada de Furtwaengler por la puerta de ensayo. Ambos vienen al caso.

Desde ya, la New World Symphony no es una mala orquesta ni mucho menos, debe aclararse que todo lo contrario, pero la experiencia del sábado 8 de abril recordó tanto a Toscanini como a Furtwaengler cuando la batuta de Juanjo Mena obró maravillas. La orquesta llega al final de cada temporada con envidiable nivel, los jóvenes estan fogueados, listos para todo y así lo demostraron con el debut del maestro vasco, sin dudas el mas notable de los últimos tiempos por estos lares. En una frase que lo resume todo, Mena causó una inmejorable impresión dirigiendo una orquesta en literal estado de gracia y además, conquistando al público desde el primer acorde.

La versión completa de El sombrero de tres picos fue una fiesta, un ritual sin vuelta de hoja, puro espíritu.  Mena trabajó como un orfebre cada instante que emergió vivo, restallante de color, con una gracia, garbo y salero incomparables. Tanto mejor la obra íntegra que los acostumbrados retazos si se tiene al podio un maestro de su talla capaz de plasmarla tal y como don Manuel de Falla hubiera deseado. Ni siquiera faltaron los dibujos de Picasso para el ballet original (no habrían estado de más en las pantallas), la conjunción de aquel París enloquecido de talentos exilados, la nostalgia por la patria y la rispidez cromática del Petrouchka stravinskiano asomaron todo el tiempo en un carousel vertiginoso firmemente liderado por Mena. Músicos y audiencia comulgaron en una experiencia de rara algarabía donde norte y sur ibéricos brillaron con luz propia enfatizados por impecable percusión asi como por clarinete, oboe y fagot además del aporte vocal de Amanda Crider, valioso elemento local muy bien aprovechado, que luciendo mejor que nunca cantó con timbre claro y festivo en cada intervención.

Después de pintar su tierra, Mena cruzó los Pirineos para volver a deslumbrar con una clase de estilo gálico en dos composiciones bien francesas pero antagónicas. En manos de la estupenda pianista argentina Ingrid Fliter se tuvo una solista de quilates para el Segundo Concierto de Saint-Saëns brindando el requerido toque elegante y efervescente. Personal en el enfoque, apasionada pero con la justa intensidad, Fliter demostró la digitación capaz de sortear los cambios de temperamento y velocidades extremas de la obra, llegando con bríos a la demoníaca tarantela final. Su brillo fue complementado hábilmente por la gracia de una orquesta fervorosa con especial mención para los cellos.

La segunda suite de Daphnis et Chloé de Ravel señaló el perfecto pendant al De Falla inicial, marcando la lógica conclusión a una velada inolvidable. La larga experiencia de Mena volvió a emerger en las texturas exquisitas, en los contrastes cromáticos, en el manejo de tiempos, densidades y caudal sonoro de un ensamble que pareció crecer en oleadas envolventes, arropando al público. Delicioso cada solo instrumental, ni hablar de la flauta y la viola, así como un conjunto que confirmó formidable rendimiento y homogeneidad en un final de alto voltaje en correspondencia con el genuino goce por dirigir evidenciado desde el podio. Dar y recibir, y hacer música, de eso de trata.

Frente a un director así, no hay orquesta que se resista. Si la NWS dio lo mejor de sí, el responsable fue Mena. Que regrese y pronto, tiene mucho que enseñar y aquí hay mucho que aprender.

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