Quijote, contra viento y a favor de orquesta

 

foto cortesía de la NWS

 

Cada vez que la NWS, academia orquestal americana, cruza la bahía para tocar en el Knight Auditorium se enfrenta a un sano doble desafío. Primero, salir de su zona de confort para enfrentarse con un auditorio gigantesco que le exige otro sonido al acostumbrado y lo mide con las orquestas locales e internacionales que visitan la sala y luego, ocupar sus 2200 localidades. Afortunadamente, éste aspecto no pareció ser problema cuando recurrió al nombre mágico Yo Yo Ma, cellista megaestrella mundial, admirado y querido por multitudes, como solista de su presentación en el Arsht Center.

La Obertura Rosamunda de Schubert dirigida por Dean Whiteside fue la música incidental con aires rústicos vieneses que abrió la velada auspiciosamente como un aperitivo a lo que vendría. La mejor sorpresa llegó con una lectura transparente de la transitada Cuarta SinfoníaItaliana– de Mendelssohn con un Michael Tilson Thomas puliéndola en perfecto estilo, refrescándola a tal punto que pasó como una brisa; como debe ser, sin la pesadez o solemnidad acostumbrada, sino viva, “a la italiana”. La obra evidenció una captación por parte de cada sección de la orquesta que merece todo elogio, mas allá de los aplausos entre movimientos que revelaron mucho público nuevo ( y por tanto bienvenido), que aplaudió no por entusiasmo (entonces justificado), sino por mera inercia.

Mientras la inesperada tormenta tropical Philippe hacía de las suyas, adentro llegaba la esperadísima segunda parte y su mundo caballeresco. En casi todos los diez poemas sinfónicos – ese extraño híbrido entre sinfonía, concierto y fantasía para orquesta que tuvo su apogeo a fines del siglo XIX – compuestos por Richard Strauss, la figura del compositor, su auto retrato es el referente central y absoluto, llámese Don Juan, Zarathustra, Till Eulenspiegel, héroe a secas o como en este caso, Don Quijote, bocado temático que tentó a tantos músicos. El caballero de la triste figura le dió al bávaro la oportunidad de pintar un grandioso fresco orquestal, es uno de sus mas suntuosos y acabados trabajos, y también pintarse como el artista que lucha contra el mundo.

Este Quijote de 1897 es un anticipo a las óperas por venir, un complejo tapiz y delicioso contrapunto orquestal que pide muchísimo a un ensamble, por otra parte, gigantesco. En diez temas y variaciones que incluyen diálogos, escenas, humor, ensoñaciones, tristezas y alusiones a ovejas, pastores y hasta valquirias, Strauss sumerge al público en un literal experimento cinematográfico con el soñador Don representado por el cello, su prosaico escudero Sancho por la viola, y la bella Dulcinea por el oboe. Un mosaico multifacético -con preciosas viñetas para cada miembro de la orquesta- lidiando entre ilusión y realidad, el mundo práctico y el de los ideales con ese delirante personaje que lucha encarnizado contra todos sus enemigos reales e imaginarios, hasta molinos de viento.

Si en principio Strauss lo ideó para preferentemente para cello y viola de la orquesta, Don Quixote terminó siendo cómodo vehículo para cellistas estrellas como Piatigorsky y Dupré o Fournier, Rostropovich y Tortelier, estos tres protagonistas de gloriosas versiones discográficas, en especial el último junto a Kempe y la Dresden Staaskapelle. No podía faltar Yo yo Ma en esa lista ilustre. En esta oportunidad, su enfoque fue obviamente teatral, menos emocional y mas caricaturesco que filosófico, y en perfecta sintonía expresiva con el director que optó por una pintura vasta, chispeante, mas ilustrativa y pastoral que reflexiva. Ambos transitaron esa colorida La Mancha con lirismo urgente, admirable tratamiento de texturas sonoras, juveniles y luminosas quizás a expensas de una mayor hondura trágica.

Excelente el contraste “terrenal” proporcionado por la viola de Jonathan Vinocour de la Orquesta de San Francisco frente a los delirios del impecable cello de Ma que alternó momentos de infinita ternura y tersa profundidad con otros poco audibles. De todos modos, solistas, director y una orquesta capaz de salir airosa – notables trompas, oboes, violines y toda la sección de cellos – del compromiso respondieron al llamado straussiano haciendo música como se debe y se agradece, lo que ya había sido anticipado por la Italiana de la primera parte.

La larguísima ovación al solista no logró su cometido, ese bis que la audiencia ansiaba. Única, mínima desilusión de una noche afuera tan tempestuosa y errática como el ingenioso hidalgo cervantino.

 

foto cortesía de la NWS

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