Inolvidable Maureen Forrester

A escasos días de las celebraciones del 150º aniversario del natalicio de Gustav Mahler llega la noticia de la desaparición de Maureen Forrester, figura tan emblemática entre los pioneros del compositor como de su natal Canadá.

Única desde el vamos, perteneció a la rara especie de las auténticas contraltos – “Encuéntrennos en los coros de iglesia, nunca en la ópera: no damos motivo a escándalos” se jactaba risueña en una entrevista que me concedió en 1992 cuando, convocada por James Judd en la Florida Philharmonic, su timbre inconfundible “abrazaba” al público en la Tercera Sinfonía mahleriana. Entonces, su irrefrenable humanidad transformaron en horas los minutos pactados para revelar un personaje inabarcable, definitivamente “bigger than life”.

Nacida en 1930 en Montreal, digna y tesonera hija de escocés e irlandesa pagó sus clases de canto trabajando como oficinista, cajera, mesera y operadora telefónica hasta que, quizás sin querer, se convirtió en inevitable referente de Bach (“Bálsamo del alma y de la voz grave”) y precursora de Handel y sobretodo Mahler, sin olvidar a Brahms, Schumann y los compositores canadienses a quienes promovió incansablemente, primero como intérprete y luego como regente del Consejo Nacional de las Artes.

El ilustrísimo Bruno Walter (“Nunca preguntaba por mi voz, sólo me preguntaba si era feliz”) fue artífice de su providencial acercamiento a Mahler. Para su triunfal debut neoyorquino en 1956, el paladín mahleriano la halló capaz de reemplazar a la llorada Kathleen Ferrier. Pronto, otras leyendas vivientes la requirieron: Otto Klemperer, Fritz Reiner, Georg Szell, John Barbirolli y Leonard Bernstein como elección de rigor en los solos sinfónicos y La canción de la tierra.  Extasiada ante la extraordinaria popularidad de Mahler decía “Soy testigo feliz y como ellos ya no están, la vivo como mía, vengo a ser el eslabón perdido”.

Porque “Nunca tuve el Carmen-look” no tuvo prisa por la ópera “Donde las contraltos esperamos horas para cantar, con suerte, diez minutos”. No obstante, fue Orfeo, Brangania, Ulrica, Cornelia y en la madurez la Klytamnestra straussiana, la madretierra wagneriana,  La Médium de Menotti, la madrastra de Cendrillon (“Una ópera irresistible que recomiendo a los teatros endeudados”) y la Condesa de la Dama de Picas para su debut escalígero a los 59 años por expreso pedido de Seiji Ozawa.

Condecoraciones y doctorados honorarios no aplacaron su naturaleza infatigable e indómita. Adelantándose a su tiempo fue embajadora de la música occidental en China donde no sólo introdujo a Mahler, también causó estupor con un error fonético en la canción “Nanni-Wan” dándole celebridad entre los chinos (“Por tu errores, te conocerán”); tampoco olvidó los remotos parajes canadienses (“Cantaré aunque me acompañe este vetusto piano con… laringitis”),  ofreció clases magistrales, encargó y estrenó composiciones, como  el ciclo “Nunca vi otra mariposa” de Glick sobre poemas del campo de concentración de Terezin.

El pianista David Warrick le compuso El arte de lucir mas vieja de lo que soy pero, ella supo reírse de si misma como nadie en sus memorias Out of character, un éxito editorial donde narró sus vicisitudes y aventuras, su conversión al judaísmo para casarse con el violinista Eugene Kash, su vida de trotamundos con cinco hijos, por qué siempre interpretó “madres, tías, brujas, villanas pero jamás novias” o sus visitas regulares a hospitales con enfermos terminales de SIDA (“Voy a cantarles uno por uno su canción preferida”).

Coincidentemente una flamante edición, esencial aunque Mahler no esté representado, la muestra colosal en la interpretación del Handel prehistoricista, Wagner y Brahms. Su expresión augusta y sencilla, la sabia coloración unida a un instrumento abisal del mas bruñido cobre explican el título del álbum: La Voix du Siecle: Grande Dame of Song (CBC PSDC 2032-2).

En el año 2000, el documental La diva en invierno rindió homenaje al ícono musical más amado del país pero, The Great Ship Forrester – como solían llamarla – había levado anclas, su arrolladora energía y joie-de-vivre  se extinguían bajo un Alzheimer implacable. Alma noble y piadosa reflejada en su canto, hoy más que nunca su mansa partida evoca la despedida de aquella inolvidable entrevista: “Canto porque la vida fue generosa conmigo y estoy obligada a devolver, porque mi existencia la resume Mahler en su Tercera Sinfonía: La alegría es aún más profunda que el dolor”.

(Obituario publicado en El Nuevo Herald/Miami Herald el 24 de junio de 2010)

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