John Cage y sus sonidos del silencio en la NWS

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Michael Tilson Thomas y la NWS en la celebración John Cage

Un homenaje que a la vez sea celebración al señero John Cage no es tarea fácil, implica un desafío que aúna a intérpretes y público. Y el tributo al centenario cageano que Michael Tilson Thomas presentó por espacio de tres días en la New World Symphony marcó el hito esperado. En primer término por el esfuerzo que requirió por parte de los involucrados y también por un público que colmó el teatro y colaboró respetuosamente con los eventos a todo nivel; fuesen Cage-adictos, conocedores, entusiastas, público general, curiosos o neófitos, el interés y concentración ante cada obra mereció que incluso MTT – el más consciente del arduo desafío – en una de sus intervenciones “felicitara” a los asistentes al final de la primera noche. Desde el magnífico programa de mano (de colección y con un imprescindible ensayo del compositor) a cada uno de los participantes, desde el vamos se tuvo claro que la tarea no se podía hacer mejor. Y así fue.

Obligatorio manual de instrucción para novatos, delicioso muestrario para conocedores y banquete para fanáticos, MTT diseñó un periplo cageano donde cada uno de los tres días fue ocupado en trazar la evolución de su teoría y obra. A manera de menú degustación, el primer día consistió de aperitivos por espacio de cuatro horas, el sábado se sirvió el plato principal (Cheap Imitation y Songbook) y el domingo, llegó la hora de los postres. Quien escribe no pudo asistir la noche del sábado pero le bastó con aperitivo y postre para captar la mecánica y procedimientos que sustentan el universo único e irrepetible de Cage; el mismo que al “Te enfrentarás con una pared que no podrás atravesar” de Arnold Schönberg, nada menos, respondió “Entonces me daré la cabeza contra esa pared”.

A manera de intervalos o descansos de un minuto, por las pantallas del teatro la voz e imagen del mismo Cage leía puntual y pausado sus Indeterminacy, ejerciendo su amenazadora fascinación, como un Big Brother pleno de gracia e ironía incomparables. Los cuatro solistas cumplieron impecables, desde Joan LaBarbara y Meredith Monk, famosas veteranas en estas lides, al excepcional pianista Marc André Hamelin más la presencia de una icónica Jessye Norman, se obtuvo el balance necesitado en exacto contrapunto con los bailarines del New School of the Arts mostrando la indivisible colaboración que lo unió a Merce Cunningham más la participación de la joven orquesta fascinada, confrontada, entrenada y a cada instante atentísima ante las directivas de MTT.

El riguroso aspecto visual enmarcó cada propuesta con lujo de detalles; como ejemplo, el diseño de luces á la Rothko de Stefan DeWilde para Las Estaciones (1947) fue un oasis que se sumó a una partitura vertida exquisitamente por la NWS y MTT. Si Waterwalk y Living Room Music proporcionaron algunos de los momentos más teatrales de la velada, el globo multimedia que presidió las Dance 4/Orchestras fue el preludio al gran final con la improvisatoria Renga (1976) interpretada simultáneamente con otras ocho compuestas entre 1933-1986 hasta formar un enloquecido tapiz sonoro que permitió apreciar las múltiples posibilidades del recinto diseñado por Frank Gehry con distintos niveles y escenarios, como un circo sin tregua.

Desde las pantallas, Cage tiraba el I-Ching y la resultante composición al azar mostró el espectro de procedimientos que utilizaba y su inveterada originalidad para expandir los límites de las disciplinas artísticas desde el lema “Donde estemos, oímos ruido. Si lo ignoramos, nos molesta. Si lo escuchamos, nos fascina”. Esa desaforada anarquía y minuciosa desorganización, esa ausencia de la emoción conocida continúan impactando, el juego de no decir nada y sugerir todo y viceversa, hasta el hecho de colocar a una audiencia en un juego vertiginoso al borde del desconcierto y enseñarle a escuchar una música sin propósito que obligue a cambiar su percepción. El resultado de música, ruido y silencio, sus piezas silentes (y las no tanto) suscitan una gama de experiencias inabarcables, difíciles de identificar y de domar. Los sonidos del ambiente como protagonistas y la fundamental influencia del zen conjugada con su espíritu de aventurero californiano ofrecen saborear el adictivo cóctel Cage, peligroso en su ominosa simpleza y aparente calma.

Presenciar su obra genera tensiones encontradas, ritos, angustias, placeres, risas, reposos, tedios y actitudes inauditas. Sus silencios descolocan tanto como sus “ruidos”, aunque hoy sorprenda menos que antes y esté  más incorporado al corriente denominador de lo que el mismo Cage querría. En artista y espectador, la decantación del tiempo hacen su trabajo inexorable.

Reflexionar sobre el silencio – núcleo de su legado – lo distingue de los demás creadores occidentales de su tiempo. Un silencio ensordecedor que experimentaba como artista y como oyente por partes iguales; un silencio que despierta monstruos dormidos y que cambiará para siempre la creación musical, guste o no. Aprehender esa rara belleza es tarea de la audiencia, tarea individual e intransferible que tampoco se puede forzar. Sucede o no. El sonriente Cage es otro espectador más sentado en la butaca contigua.

Y en este sentido, los tres intensos días de la celebración funcionaron como un privilegiado laboratorio para intérpretes y audiencia, como un taller de experimentación que no deja impronta y sin embargo sigue trabajando subliminalmente, como un seminario cuyos frutos no se pueden todavía medir ni imaginar. Quizás porque la compleja figura de este intrépido creador-preservador-destructor trabaja tanto desde la luz como desde las sombras; y así como se dió el lujo de disolver la partitura tradicional para expandirse hasta inundar otras manifestaciones artísticas y cotidianas, propone incontables lecturas (o ninguna), detona cortocircuitos internos, modifica gustos establecidos, rechaza la comodidad y apela a rincones desconocidos hasta que por momentos, un extraño sentimiento de ribetes agorafóbicos se apodera del espectador, el de un vacío enajenado casi satánico, el de la orfandad absoluta en el más desolado desierto esencialmente americano. Enjaulado, tanto o más que antes.

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Michael Tilson Thomas y Jessye Norman – foto Rui Dias-Aidos

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Michael Tilson Thomas – John Cage’s Song Books – foto by Rui Dias-Aidos

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