“ArtBaselitis”, la eternidad AHORA

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Tentación irresistible del connoisseur de arte contemporáneo, la Semana Art Basel es la mejor excusa para visitar Miami y para algunos residentes, la mejor para ausentarse, máxime cuando les asalta el síndrome inflamatorio-alergénico ArtBaselitis surgido de esta relación odio-amor inevitable (y necesaria) que enciende una vena corrosiva semejante a la que hace décadas dio fama al matemático y cantautor Tom Lehrer.

Lo cierto es que mientras el planeta se debate entre tiroteos, elecciones, asunciones y bombardeos, por unos días la urbe floridana se convierte en vidriera del mundillo del arte y aledaños con su inabarcable feria artística y aledañas como fiel reflejo de la bipolaridad en la que se sume la existencia de tantos habitantes del primer mundo y aledaños. Y este 2015, a propósito del mentado calentamiento global, El Niño o simple malapata, llovió como nunca antes en diciembre aguando mas de un celebrity-party y sumando mas inconvenientes a la exasperante pesadilla del tránsito, amén de los bienintencionados recursos de todo aquello – desde Uber y taxis a el Art-Express, servicio de Shuttle proporcionado por la ciudad – que trató de paliarlo. Para no ser menos y estar al tanto de lo que usa, también se tuvo un impromptu de ribetes puccinianos, cuando una joven mandó al hospital a una asistente apuñalándola en plena feria y espantando a quienes creyeron que en principio se trataba de otra performance con tinte escarlata.

A pesar del incidente, Art Basel asentada en el Miami Beach Convention Center permanece como calmo ojo de huracán mientras las ferias satélites luchan ferozmente por imponerse y sobrevivir, y ya se sabe que cuanto mas lejos, más viento. Nunca hubo tantas, ni nunca tanto público (77,000). De esa veintena que se desparrama por la ciudad en hoteles y predios, Art Miami y su hermana Context, llevaron las de ganar batiendo record de asistencia y una lozanía de ventas que la ubican en cómoda y envidiable delantera. De hecho, una porción importante del público (y coleccionistas) parecen preferirla o simplemente, animarse a aquella compra que en Art Basel se les antoja – o es – prohibitiva. Con algunas galerías de fama mundial, repite el esquema de aquella pese a que algún abigarramiento excesivo no permita gozarla en su totalidad. Un desorden multicolor que también la hace mas humana, mas vivible, mas asequible frente al impoluto orden suizo de su hermana mayor.

No obstante, esa torre de marfil simbolizada por Art Basel no deja de ser una feria de vanidades donde hay que buscar desesperadamente la substancia en el arte para no sucumbir en un mar sin sentido navegado por una fauna que es capítulo aparte tanto como la disparatada nueva moda de algunas galerías top de no colocar nombre y autor a la obra, se supone que ya debe saberse (como ir a un concierto y pretender que sin programa se adivine el compositor). Por suerte, el nivel fue alto y parejo, con menores desbordes y una oferta sólida capaz de moverle el piso al coleccionista. En esta edición del emporio del arte mundial la sostenida calidad general primó por sobre lo meramente espectacular de otras. La pintura sigue imponiéndose con contundencia, asi como el riesgo de sofisticaciones innecesarias para llegar a una misma meta. El menú fue amplio y variado y valió la pena descubrir las joyitas escondidas tras la fachada asfixiante del glamour y oportunismo. Otra vez, exorcisar lo sublime y profundo de lo ridículo y banal fue un ejercicio que aunque extenuante, valió la pena.

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En este ventarrón de pocos días pasa tanto que parece no pasar nada, pero algo queda (aparte de bolsillos llenos y vacíos). A veces inspirador y casi siempre agotador, ArtBasel Miami fue show, festival, supermercado, extravaganza y museo multitudinario engalanado con la presencia de Miró, Kandinsky, Klee, Twombly, Fontana, Freud, Richter, Tapies, van Dongen, Kentridge, Schlemmer, Calder, Warhol, Gormley, Kusama,Weiwei, Whischer, Stella, Hockney, Brancusi, un notable grupo de 16 Louise Nevelson en Pace, la sala Picasso versus Matisse en Hammer, las gemas de maestros europeos en Thomas Munich y Landau (y de maestros latinoamericanos en Sur con Le Parc y Torres Garcia, Mary-Anne Martin con Gerszo y Jorge Mara con Ana Sacerdote) asi como en Victoria Miro una ominosa sala Celia Paul, Acquavella (impecable Jacob El Hanani), un brutal Francis Bacon (en Van de Weghe), Neo Rauch en David Zwirner, Robert Mangold en Elvira González, el bello panel de cerámica Viñales de Teresita Fernandez en Lehmann Maupin, Zilia Sanchez en Lelong, Roberto Burle Marx (B&G), Keith Sonnier en Castelli, el infinito de Paul Fägerskiöld en Nordenhake, Adolfo Bernal en Casas Riegner, Luis Tomasello en Sicardi y dos galerias berlinesas de calidad superlativa: Thomas Schulte con los exquisitos trabajos de Idris Khan y Kewenig con un espeluznante Kiefer digno emblema de nuestra época. Además de la presencia sudamericana, gran imán para el público europeo, hubo destacados aportes de galerías coreanas y de India, China y Japón. Las nuevas tendencias se amontonaron, literalmente, en Positions y Survey (con obra previa al 2000) y los fascinantes Kabinetts depararon sorpresas como la deliciosa instalación de Gleen Kaino en Kavi Gupta y las fotos de Agnès Varda en Obadia.

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Oda Naval- Kiefer en Kewenig

La lluvia constante tampoco benefició a las ferias asentadas en la playa, otras como Nada, Miami Project-Art on Paper (excelente Mario Reis en Sonja Roesch) o Pinta en pleno Wynwood (un circuito que pierde galerías al pagar el precio de estar de moda) ofrecieron ámbitos mas hospitalarios. En el glamoroso Design District contiguo, el Edificio Moore, el próximo ICA y la Colección De la Cruz redondearon la oferta. Y en este afortunado aspecto, entre lo mas destacable figuraron los museos y colecciones que crecen en Miami y que se podrán seguir viendo mas allá del ArtBasel Week. Desde las muestras de Hans Hoffman y Carlos Estévez en FIU, Nari Ward en PAMM, la de retratos en el Lowe Museum, a la de mujeres artistas – No Man’s Land en Rubell Collection, Daniel Arsham en YoungArts y en especial, dos muestras memorables de asistencia obligatoria: Anselm Kiefer en la Colección Margulies y Gustavo Perez Monzón en CIFO.

Si bien no deja de ser verdad que para algunos representa El circo llegó al pueblo, también es verdad que esa aldea ya no es Mar-Mall sino una ciudad vibrante que crece desmesurada a ritmo imparable, una en la que frente a un mar que avanza no tan imperceptiblemente como todos quisieran, florecen proyectos inmobiliarios y artísticos faraónicos, algunos pretenciosamente kitsch en un sitio que se resiste o no puede liberarse de esa etiqueta. Rótulos que por otra parte, han invadido con consignas el mundo del arte hasta erigirse en manifiestos que refuerzan miedos y narcisismos varios. De ahí que nada la represente mejor que el neón de Sylvie Fleury al tope del Bass Museum: Eternity NOW. Vaya si lo es.

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