LEYENDAS: Elisabeth Schwarzkopf, ilustre soldado de la música

”¡No quiero que compre un gato en una bolsa y después se arrepienta, ni pretendo que me ofrezca más de lo que cree que valgo!”. Así, a punto de ser contratada, una altiva soprano alemana desafiaba a un atónito productor de discos británico en la Viena bombardeada de 1946. Así, Elisabeth Schwarzkopf hallaba su Pigmalión (y futuro marido); así Walter Legge encontraba la criatura que cumpliría su sueño: lograr que una voz teutónica fuera capaz de producir un sonido mediterráneo, una combinación perfecta y a escala humana, digno ideal de Mozart. Con ese impecable estilo y coincidentemente en el año en que el mundo lo celebra, se ha ido la más grande de sus cantantes. En su residencia de Schruns (Alpes Austriacos) murió mientras dormía quien –con María Callas– fue la soprano más influyente de la segunda mitad del siglo XX. Tenía noventa años.

Bajo la tutela de Legge se inicia la prodigiosa metamorfosis de una excelente soprano lírica en una de las artistas más notables del siglo. Triunfo de la dedicación y de la inteligencia. Dicción perfecta, respeto por la partitura e inigualable coloración de cada palabra –y hasta sílaba– como marcas de fábrica. En ausencia de la improvisación Schwarzkopf alcanzaba su meta suprema: la espontaneidad. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa extremada elaboración derivó en fastidiosos amaneramientos que dejaron ver el artificio, arma que esgrimieron sus detractores.

Con Schwarzkopf se extingue el último eslabón de una generación gloriosa, la de Tebaldi, Victoria de los Angeles y Birgit Nilsson, irremplazables hitos del canto recientemente desaparecidos. La conexión con Callas es ineludible. Fueron contemporáneas hermanadas por el mismo ideal. Hoy son baluartes respectivos de dos vertientes musicales (la germánica y la latina) que gracias a la visionaria gestión de Legge conforman el colosal legado discográfico de la época, cuando Europa renacía de las cenizas y un nuevo tipo de artista debía emerger: aquel que con un enfoque diferente fuese capaz de rescatar una tradición en peligro de extinción.

Paradójicamente ninguna de las dos se enmarcó dentro de la esquiva categoría de ”fenómeno vocal”. Hubo voces más poderosas, más espectaculares y mucho más bellas. No obstante, sus instrumentos inconfundibles reflejaron talentos que supieron capitalizar defectos hasta alcanzar una perfección emblemática. El tiránico Legge supo encenderles esa obsesión perfeccionista avivando el fuego hasta obtener inmejorables resultados. Han pasado cuarenta años. Los registros se mantienen lozanos, ejemplares, sobre todo, insustituibles. Magas del micrófono, no es necesario verlas para imaginarlas. Sólo las reunió una grabación completa –una Turandot que no las representa bien– y según cuentan, un torneo vocal improvisado en el restaurante contiguo a la Scala donde la bella prusiana renunció para siempre a Violeta Valery (La Traviata) después de la demostración de la greco americana. Si cinco papeles son literalmente ”propiedad” de Callas (Medea, Norma, Tosca, Anna Bolena y Violeta), asimismo cinco le ”pertenecen” a Schwarzkopf: la Mariscala, Donna Elvira, Fiordiligi y las dos condesas de Mozart (Almaviva) y de Strauss (Madeleine). Ambas crearon un molde sobre el que las demás son juzgadas.

La década del cincuenta marcó su apogeo como parte del incomparable equipo de la ópera vienesa de posguerra junto a las sopranos Irmgard Seefried, Sena Jurinac, Lisa Della Casa, Ljuba Welitsch y Grummer, la ”otra” Elisabeth con quien –en magistral movida de Legge– grabó un Hansel y Gretel paradigmático.

Schwarzkopf matizó sus setenta personajes operísticos (sin olvidar memorables intervenciones en opereta) con una ejemplar devoción por el Lied. Sus recitales minuciosamente programados, imaginativamente estructurados e impecablemente ejecutados fueron el modelo que dio nuevo lustre a Mozart, Schubert, Schumann, Brahms y muy especialmente al microcosmos de Hugo Wolf, de quien queda como intérprete referencial.

En 1979, se despidió luego de cuatro décadas de actividad ininterrumpida. Tres días después moría Legge, misión cumplida. Infatigable, se dedicaría con la misma intensidad a la enseñanza inspirando admiración, adoración, respeto o terror si se trataba de un discípulo. Siempre inconforme (“Nunca fui lo suficientemente buena”), fue su más implacable detractora –afinación, pronunciación, legato y hasta sus mentados amaneramientos pasaban por su afilado bisturí. Como maestra, su rigurosidad rayaba en la crueldad, mucho peor si era durante una clase magistral. Su vida estaba consagrada a la música, una pasión que reflejaba al defender Capriccio, su ópera favorita: “No se trata de un ejercicio intelectual sino de gente inteligente intercambiando ideas, usando corazón y cerebro para resolver un dilema sin solución ya que habría que cambiar el balance entre palabras y música. ¡El dilema de mi vida!”.

En un documental indispensable (Schwarzkopf Self-portrait, EMI 7243 4 77831 9 7 DVD) narró su historia y, al igual que su compatriota Marlene Dietrich en el documental dirigido por Maximilian Schell, tampoco se dejó ver. Con una vigorosa, todavía inconfundible, voz que desmentía sus ochenta años alegaba: “Un niño debe ser visto pero no oído, sería injusta con ustedes si permito que hoy me vean”.

En 1996, la sombra de un pasado poco claro –las acusaciones sobre su asociación con el régimen nazi de las que se había evadido con astucia y elegancia insólitas– volvió a ceñirse sobre su vejez debido a la polémica y fascinante biografía de Alan Jefferson.

Así como su inimitable Mariscala, de espaldas a la audiencia y al caballero de la rosa, extendiendo la mano en un adiós que satisfacería al mismo Strauss: una lágrima en un ojo y un guiño en el otro; así como sus recitales que ante un público enfervorizado finalizaba bajando la tapa del piano con una sonrisa de irónica resignación; así como la intérprete por antonomasia de las Cuatro últimas canciones, se ha ido Schwarzkopf evocando, como ninguna otra, su frase final: `Oh, inmensa y dulce paz, qué fatigados estamos de andar. ¿Será esto la muerte?’.

*Elisabeth Schwarzkopf, (Olga Maria Elisabeth Friederike Schwarzkopf; Jarocin, Poznań, Prusia, actualmente Polonia; 9 de diciembre de 1915Schruns, Vorarlberg, Austria; 3 de agosto de 2006)

(OBITUARIO PUBLICADO EN EL NUEVO HERALD MIAMI, 20 DE AGOSTO DE 2006)

 

ESENCIALES DE ELISABETH SCHWARZKOPF (EMI)

1. R. Strauss — Der Rosenkavalier — Karajan.

2. R. Strauss — Cuatro últimas canciones — Szell.

3. Mozart — Le Nozze di Figaro — Giulini.

4. Mozart — Don Giovanni — Giulini.

5. Mozart — Cosi fan tutte — Bohm.

6. R. Strauss — Capriccio — Sawallisch.

7. Humperdinck — Hansel und Gretel — Karajan.

8. The Schwarzkopf Songbook.

9. Arias de Operetas — Ackermann.