Queen Ludwig, favorita de todos

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Indiscutible ícono de nobleza profesional, berlinesa hasta la médula y vienesa por adopción, Christa Ludwig encarnó lo mejor de las dos ciudades y sus culturas.  Con noventa y tres recién cumplidos, este 24 de abril partió hacia la eternidad que ya tenía bien ganada en el mundo de los mortales como mezzosoprano alemana emblemática del siglo XX y favorita de todos. Favorita del público, de sus colegas y de los mas grandes directores. Favorita de un titán implacable como Otto Klemperer con quien grabó la definitiva Rapsodia para contralto de Brahms, el Fidelio de Beethoven y La canción de la tierra referencial acompañada por Fritz Wunderlich. Favorita de Georg Szell, Reiner, Krips, Kertesz, Knappertsbusch, Solti y mas tarde Muti, Abbado y Levine. 

Sin embargo, ella reconocía que habían sido tres los directores que guiaron una carrera gloriosa que arañó el medio siglo: Karl Böhm (“me enseñó la precisión”), Herbert von Karajan (“la belleza del fraseo”) y Leonard Bernstein (“Me cambió la vida, me hizo descubrir y descubrirme”). Fue Lenny quien dijo “Siempre pensé que era la mejor cantante de Brahms, hasta que la escuché cantar Strauss. Volví a cambiar de opinión cuando la escuché cantar Wagner. Y cuando hizo la vieja dama en mi musical Candide, tuve que rendirme. Es la mejor en todo lo que hace”. Quizas esa adhesión incondicional que lograba de los máximos regentes orquestales fue haber sido tan maleable, tan So easily assimilated” como canta el desopilante personaje de Candide. Significativamente, Ludwig nombraría a los tres cipreses de su jardín: Böhm, Karajan y Bernstein.

Provista con eficiencia germánica y disciplina prusiana balanceadas con simpatía y encanto vienés, su secreto fue ubicarse justo en el medio, mediosoprano al fin. Sencilla y afable pero determinada obtenía un equilibrio milagroso desde donde florecía una voz inmediatamente reconocible, oscura, opulenta, vibrante, mineral, flexible, aterciopelada con chispazos metálicos. “El timbre es la tarjeta de identidad del cantante…Luego debe trabajárselo para hallar el color de cada emoción”. Otra de las reglas legadas por su madre, la contralto Eugenia Besalla que insistía “la voz sólo es una pequeña parte del talento, un regalo que dura poco tiempo por eso es imperativo cantar dentro de sus propios medios y ante todo, que el amor fluya al hacerlo”. Dentro de esos estrictos parámetros había logrado “tener suficiente éxito gracias al destino que me dotó con talento, aunque no demasiado” y titular su autobiografía (una de las mejores y mas divertidas entre tantas de cantantes) Y me hubiera encantado haber sido una Prima Donna… una frase que decía su madre y que redimió por ella. De hecho, lo fue, la máxima de su cuerda; no podía ni quería pedir más.

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Había nacido en Berlin, su padre Anton Ludwig era tenor y empresario y mientras su madre enseñaba Christa imitaba a los alumnos, a los cinco cantaba la reina de la noche (“a los gritos pero sin fallas”). En 1935 se mudaron a Aquisgrán (allí a los siete, conoció al joven Karajan), y con la guerra a la pequeña Hanau y luego a Giessen donde su padre será chofer de tranvía y ella será enviada a una granja a trabajar en el campo. Con la casa bombardeada, Eugenia se las arregló para darle clases y en 1945 les cantaba Stormy Weather a los soldados aliados por peanut butter “francamente…asquerosa!”. De allí saltó a Frankfurt donde debutó con dieciocho en El murciélago como Orlofsky y permaneció en el ensemble hasta 1952, allí cantó su primer Octavian, Carmen y Ulrica. Siguieron los teatros de Hanover y Darmstadt – donde se midió con partituras contemporáneas de Nono, Maderna, Dallapiccola y otros – hasta que en 1955 la citó Karl Böhm a Viena donde el flamante director de la ópera buscaba una joven que reemplazara a la veterana Elisabeth Höngen. Su debut vienés fue con Cherubino, el mismo de Salzburgo apenas meses antes, seguidos por el compositor de Ariadne, Dorabella, Rosina, Eboli y Miranda en el estreno mundial de La tempestad de Frank Martin. En la casa vienesa cantará casi ochocientas funciones en treinta temporadas siendo investida como Kammersängerin en 1962. Cinco años antes había llegado otro ángel tutelar, el productor discográfico Walter Legge que le enseñó los secretos del micrófono y la convertiría en su mezzo de cabecera a partir de El caballero de la rosa junto a su mujer Elisabeth Schwarzkopf. El jefe de EMI la uniría a Maria Callas como Adalgisa para el segundo registro comercial de la griega de Norma con Serafin. 

Se sucederán el debut londinense, el americano -primero Chicago y luego el Met – el scalígero con Karajan como Waltraute, pero antes se casará con el notable barítono Walter Berry, padre de su único hijo, Wolfgang nacido en 1959. La pareja Ludwig-Berry formará un equipo memorable; el Teatro Colón los recuerda en 1964 como Judith y Barba Azul de Bartok (la grabación comercial con Kertesz es referencial), como Figaro y Cherubino y en recitales mientras ella deslumbraba como la pérfida Ortruda de Lohengrin, otra asunción definitiva. En 1969 regresarían como Marie y Wozzeck y como Octavian y el Baron Ochs dirigidos por Leinsdorf.

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Los personajes se irían sumando sin interrupción y la tesitura será cada vez mas exigente: La Mariscala, Ifigenia, Eboli, Fricka, Donna Elvira, Venus, Ottavia, Cornelia, Ariadne, Amneris, Adriano, Kundry y Brangania en Bayreuth y una sensacional Tintorera de La mujer sin sombra bajo la batuta de Böhm en el estreno metropolitano de la ópera de Strauss. Con la voz al límite en Viena será Lady Macbeth de Verdi y Gottfried von Einem compondrá La visita de la anciana dama para ella. Graba un disco con extractos straussianos y otro con wagnerianos, ambos extraordinarios y Karajan la conmina a cantar Brunilda e Isolda, se niega y al enterarse, Karl Böhm le dice “Ese tipo es un criminal… pero… podrías cantarlas conmigo…”. Lo cierto es que estuvo a punto de acceder con Bernstein, pero finalmente desistió.

Después del Fidelio con Karajan y el Parsifal con Solti estalla una crisis vocal (sangran sus cuerdas vocales en varias ocasiones) y personal que acarrea el divorcio de Berry. Se había aprendido Elektra e Isolda pero su ruina vocal acechaba, acude a Zinka Milanov, la legendaria soprano croata literalmente salvará sus cuerdas. Cantará Werther en el Met junto a Franco Corelli (“Fuera de estilo y mal pronunciado, pero la voz era tan sexy que me hacia llorar en escena”) y se casará con el régisseur de la ópera, Paul-Emile Deiber. El director francés la introduce a la cultura gala y dos temporadas después será una estupenda Didon en Les troyens de Berlioz dirigida por Rafael Kubelik. Es Deiber, con quien vivirá hasta su muerte en 2011, quien la anima a incorporar roles de carácter como Mrs. Quickly de Falstaff, la bruja de Hansel y Gretel, Genevieve en Pelleas, Mme. de Croissy de Diálogos de carmelitas, la tia de Suor Angelica, Klytämnestra de Elektra, la Vieja Dama de Candide y finalmente la condesa de La dama de pique con la que se despedirá en 1994.

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Amén de la ópera, el oratorio y el Lied serán los pilares fundamentales en su trayectoria, Ludwig será el pendant femenino del otro gigante berlinés, Dietrich Fischer Dieskau, con la diferencia de jamás haber cedido a amaneramientos que en instancias se advirtieron en el barítono o su colega Schwarzkopf. Son auténticos elegidos aquellos que se hallan en su casa tanto en ópera como en Lied, Ludwig será una. Grabará docenas de oratorios de Bach, Handel, Haydn, Mozart, Beethoven, Brahms y en Lieder dejará una impronta imborrable con su canto espontáneo, aparentemente simple, menos sesudo, que en grandes pinceladas revelan los colores de cada palabra. Soberbios Schubert, Schumann, Strauss, los franceses, Hugo Wolf y muy especialmente Brahms acompañada por Bernstein asi como los ciclos de Mahler con piano u orquesta, recuérdese que sólo Das Lied von der Erde la grabó con Klemperer, Karajan, Reiner, Bernstein y Carlos Kleiber, único Mahler del director.

En el último tramo de su larga carrera se atreverá con El viaje de invierno de Schubert (“El vagar de un alma en busca de redención no es ni masculino ni femenino”) en Carnegie Hall acompañada por James Levine con quien había regresado al Met en Parsifal (1979) y El anillo del Nibelungo en 1993. Una serie de despedidas rubricará cada ciudad amada – Nueva York, Londres, Berlin, Paris – hasta finalizar en la dorada Musikverein vienesa donde aburrida en medio de funciones solía contar los pechos de las cariátides y donde dirá ahora adiós con un recital inolvidable cuyos bises serán Morgen de Richard Strauss y la Canción de cuna de Brahms.

Los últimos años, además de impagables clases magistrales, participación en jurados y recibir premios a la trayectoria, las dedicará a disfrutar de la vida (“a tener la dicha de resfriarme sin pensar en el próximo compromiso”) y de su realización como artista, había emulado a su madre que le deseó “Ojalá logres cantar lo suficiente como para llegar a saber de que se trata, antes de que sea tarde”. Con su inveterada frescura y un dejo de picardía inimitable, no hace mucho decía  “Comprendí que la música va mucho más allá, no son las notas y sonidos, aprender a expresarla es conocer su secreto, uno tan sutil que no puede describirse, hay que resumir la experiencia de vida, se necesita algo de inteligencia, no demasiado intelecto y grandes dosis de intuición y madurez, en definitiva: alma”. La receta resultó tan infalible como cierta. Misión cumplida. Brava Reina Ludwig.

Kammersängerin CHRISTA LUDWIG 

BERLIN, 16 de marzo de 1928 —KLOSTERNEUBURG, AUSTRIA, 24 de abril de 2021   

Nota: su legado discográfico es inmenso y fue editado con motivo de sus 90 años

Edición Warner Classics

Edición DG

Les Introuvables de Christa Ludwig

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