Sebastian Knauer dio lustre a la Deutsche Staatsphilharmonie


Sebastian Knauer - foto: Sebastian Schmidt

Hasta hace pocos años recalaban en Miami orquestas sinfónicas de primerísimo nivel (ocho en una temporada no muy lejana) permitiéndole al público local apreciar, comparar y discernir entre sonoridades y colores propios de organismos de otras latitudes. La crisis económica acabó con esa ventaja y si hoy son contadas las visitas, más aún aquellas que revisten carácter excepcional.

No fue excepción la actuación de la Deutsche Staatsphilharmonie – quizá para realzar su estatus en esta primera gira americana se le quitó un detalle fundamental del nombre: “Rheinland-Pfalz” – bajo la batuta del veterano pianista y director Philippe Entremont.

La “Orquestal Alemana Estatal del Palatinado Renano”, es una respetable entidad fundada en 1919 que basada en la ciudad de Ludwigshafen integra el nutrido grupo de eficientes orquestas regionales alemanas. Competente y sólida, si no puede compararse con sus hermanas mayores – léase la Filarmónica de Berlin, Staatskapelle de Berlin y Dresde, NDR de Hamburgo, Radio Bávara o el Gewandhaus de Leipzig entre otras – demuestra los altos estándares musicales germánicos.

Richard Strauss, Beethoven y Brahms conformaron un programa ambicioso y obviamente teutón que les permitió exhibir sus virtudes y arrolladora potencia sonora sin demasiado esfuerzo. Las aventuras de Till Eulenspiegel straussianas fueron inusual y apropiado inicio al concierto, destacándose el espíritu burlón y caricaturesco del poema tonal enfatizado por excelentes solos de clarinete y cornos. Los caprichosos tempi del director (rasgo que se hizo mas evidente a medida que transcurrió el programa) y una percusión con excesivo volumen desbalancearon el rendimiento total.

El Concierto para piano Nº2 de Beethoven contó como solista a Sebastian Knauer, verdadero protagonista de la velada, dueño de un sonido recio y elegante, beethoveniano de pura cepa. El distinguido pianista hamburgués – discípulo de Andràs Schiff, Weissenberg y el mismo Entremont –  convenció con una musicalidad impecable y un enfoque clásico, robusto y no obstante, pleno de imaginación y matices que adquirió especial relevancia en el Adagio. La orquesta lo secundó con la claridad y solvencia apropiadas.

Como bis, Knauer ofreció un magistral Intermezzo en la mayor de Brahms.

En la Cuarta Sinfonía de Brahms, volvieron a ponerse de manifiesto las diferencias de tempi y de balance entre las secciones de la orquesta favorecidas por el peculiar liderazgo del director francés. Excelentes las cuerdas – con notable participación de los cellos –  y maderas que llevaron a buen puerto el exacerbado lirismo del Andante. El Passacaglia del último movimiento propició una cabalgata sonora lindante  en el desborde pero que arribó a una feliz, exaltada conclusión.

Extremadamente generosos, regalaron como bises la primera danza húngara de Brahms, la octava danza eslava de Dvorák y Stars and Stripes Forever de Sousa en gesto fraternal al público americano.

El próximo y último concierto de la serie clásica en el Adrienne Arsht Center promete un auténtico duelo de titanes: Evgeny Kissin y Yuri Bahsmet en Schubert, Brahms y Shostakovich. Será el 21 de abril,  imperdible.

Sebastian Spreng©

 

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