Onegin que nos hiciste mal

En El arca rusa, Sokurov propone un viaje por la historia de Rusia en una  toma continuada y en su personalísima versión de Eugene Onegin, Stefan Herheim deja entrever paralelismos con la genial película del director ruso. El joven regisseur noruego reelabora, transfiere e interviene el fresco de Pushkin (literalmente apropiado por Tchaicovsky como vehículo para una suerte de boceto semibiográfico) y para lograrlo empieza por el final, cuando el fracasado protagonista ve desfilar los acontecimientos significativos de su vida – y de la historia rusa – frente a sus ojos en una suerte de enloquecido tiovivo caleidoscópico que puede desorientar al espectador desprevenido. Herheim mueve los personajes como si fueran piezas de ajedrez; por momentos, semeja una versión de concierto donde el coro cumple la misma función que en una tragedia griega y donde el destino acaba por hacerle jaque mate a Onegin.

Las “seis escenas líricas” que integran y definen la ópera le dan la oportunidad de examinarla y poco a poco, eviscerarla. Los resultados son polémicos, irritantes, en instancias bordean el absurdo, pero también no dejan de ser espectaculares gracias a la escenografía de Philipp Fürhofer y el vestuario de Gesine Völlm, a cargo del cambio de épocas y consiguiente desfile de atletas soviéticos, jerarcas y astronautas, campesinos, babushkas y monjes, zares y zarinas, aristócratas, oligarcas, nuevos ricos presas de un desaforado kitsch y hasta los cisnes del ballet, ni siquiera falta el emblemático oso ruso.

Hertheim observa a Tchaicovsky-Onegin desde varios ángulos y lo enriquece: en la escena de la carta se ven simultáneamente a Tatiana y a Onegin, quien es quien escribe la carta, la del antihéroe romántico que navega a través del tiempo sin poder cambiar su esencia. Es en esta fascinante complejidad donde logra concitar una espectacularidad tan helada y conflictiva como el personaje donde también su pérdida de ideales se refleja en la de su país.

Musicalmente, la versión posee una solidez y riqueza contundentes, que a diferencia de la escénica, no admite discusión. Mariss Jansons (no demasiado feliz con la puesta de acuerdo al excelente documental que acompaña el DVD) lidera nada menos que a la gloriosa orquesta del Concertgebouw, sin sentimentalismos, realzando la transparencia y exquisitez por sobre el carácter ruso. Director y orquesta soberbios en cada departamento e instancia, como asi también el impresionante coro, mas protagonista que nunca, de la ópera holandesa de Amsterdam donde se origina la filmación.

Bo Skovhus traza un Onegin creíble, mundano, amargo, desesperado, siempre musical aunque en lo vocal algo mas tosco que otros exponentes del papel. Krassimira Stoyanova lo equipara con su Tatiana vocalmente deslumbrante, en este aspecto lo mejor del cuarteto protagónico. Elena Maximova es una excelente Olga, Andrej Dunaev repite su dulce Lensky y el notable Mikhail Petrenko un Gremin mas importante que de costumbre.

Atrás quedaron las vetustas filmaciones de la era soviética y las diferentes lecturas de esta obra maestra, de vigencia absoluta, son campo de experimentación y polémica. Hoy se cuenta con una media docena provocativas versiones en DVD. Si la de Carsen desde el MET sigue siendo la mas bella (con el imbatible equipo Gergiev-Hvorostovsky-Fleming-Vargas) rivalizando con la del nuevo Glyndebourne (Graham Vick-Andrew Davis), la rebuscada de Salzburg (con el excepcional Onegin de Peter Mattei y Barenboim al podio) compite con la  irreverente e imperdible del Bolshoi en Paris (con un magnífico Mariusz Kwiecien) firmada por  el enfant terrible Tcherniakov que causara un famoso soponcio a la legendaria Galina Vishnevskaya, la gran Tatiana soviética.

En esta tesitura espinosa y no menos seductora se inscribe la de Hertheim, una que hallará tantos acérrimos detractores como entusiastas defensores. Merece verse y sobre todo, escucharse☼

☀EUGENE ONEGIN, JANSONS, OPUS ARTE OA 1067 D

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