¿Por qué no Miami en verano?

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Marina Radiushina

La buena música refresca el cuerpo y el alma y dos eventos del tórrido fin de semana reconfirmaron lo errada de la supuesta ecuación Miami + playa + verano = adiós música clásica”. Tanto el concierto barroco en la Iglesia-Museo Nuestra Señora de la Merced como la culminación del XX Mainly Mozart Festival en el Gusman de UM superaron toda expectativa viéndose ambas instalaciones colmadas – literalmente, rebalsadas – por un público sediento de buena música.

En el primero sirvió de excusa la despedida del venerable musicólogo Frank Cooper en un nuevo, inesperado y exquisito ámbito a tener en cuenta para la presentación de eventos musicales, un encantador recinto museo que exhibe una espléndida colección de pintura colonial y que incorpora un barrio alejado del circuito cultural, a minutos del Miami Design District y  Wynwood

En el último, una programación novedosa que combinó música de cámara y danza contemporánea con la presencia de tres excepcionales instrumentistas – el violinista Eli Matthews, el cellista Joshua Roman y la pianista Marina Radiushina, talentosísima nueva directora artística del tradicional festival – en impecables lecturas de un repertorio poco habitual con sensacional respuesta de la audiencia: Alfred Schnittke, Arvo Pärt, Leos JanacekManuel de Falla más un trío de Mozart y un bis de Astor Piazzolla donde los tres se sacaron chispas.  Videos de Ali Habashi, textos de Frank Cooper y la propia Radiushina más la premiere coreográfica de Café Music de Paul Schonfield por Adriana Pierce con bailarines del Miami City Ballet pusieron el broche de oro a esta efervescente tarde de domingo donde el único reparo fue el exceso de presentaciones y agradecimientos.

Lo cierto es que el éxito de ambos renueva una inquietud que día a día cobra mayor y justificado interés: ¿Por qué Miami no es sede de un festival veraniego multidisciplinario  que compita con las decenas de festivales que florecen a través de la nación?. Nadie pretende – por ahora – la magnitud de Tanglewood, Ravinia, Aspen o Santa Fe pero por algo se empieza y las organizaciones locales deberían prestar debida atención y proyectar un evento conjunto que informal y distendido satisfaga esta obvia necesidad de la audiencia. Una o dos semanas de buena música contarían con el incondicional apoyo del público que suele saturarse con eventos en plena temporada invernal cuando varios coinciden el mismo día. Un buen antecedente es el éxito obtenido años atrás por el ciclo Beethoven by the Beach que organizaba la recordada Orquesta Filarmónica de Florida con James Judd.

Ópera, ballet, música sinfónica y de cámara, jazz y otros géneros calmarían la sed de un importante segmento de público que no viaja ni pasa el verano en el norte y que además incorporaría turistas europeos y de las vacaciones de invierno de los países sudamericanos. Aunque buscando playas y shopping muchos visitantes serían de la partida al igual que artistas que acudirían  atraídos por hacer música mientras vacacionan solos o con sus familias.

El Adrienne Arsht Center, la New World Symphony  y el Frank Gehry Hall, Art-Basel Miami Beach, Seraphic Fire, Miami City Ballet, MOCA, Frost Art Museum de FIU, los nuevos rumbos de la Florida Grand Opera y el inminente Pérez Art Miami Museum (y el YoungArts Center en el edificio Bacardi por Frank Gehry) son sólo algunas de las buenas realidades impensadas hace apenas décadas y que apuntan hacia un naciente estatus de metrópolis cultural. Privilegiada en todo sentido, la ciudad tiene las instalaciones y el potencial, sólo falta que las entidades locales tengan a bien organizarse en un armonioso esfuerzo conjunto.

No hace falta recordar que La unión hace la fuerza y que querer es poder, dos consignas que se imponen para el necesitado festival musical veraniego que no debería tardar. Las cartas están echadas y la pérdida de Miami será la ganancia de otros.

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Joshua Roman

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