Adiós a otro gigante: Patrice Chéreau

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Una catástrofe. Así definió Alex Ross, la temida, por impensada, inesperada, muerte de Patrice Chéreau. Dolida e inmejorable definición del gran crítico porque lo es.  Actor, cineasta, director teatral, quizás el último de una tradición de enfant-terribles que entronca con Jean Louis Barrault, Roger Planchon, Antoine Vitez, Giorgio Strehler, Peter Brook… Marivaux, Menotti, Genet, Chejov, Bernard-Marie Kortès, Fedra, Hamlet – ganadora de cinco premios Moliére -, Nancy, Avignon, Spoleto, Aix-en-Provence, el Teatro Nacional Popular, el Piccolo Teatro de Milán, el teatro des Amandiers en Nanterre, Cannes, L’homme blessé, La reina Margot (un Caravaggio en movimiento) se amontonan y son sólo algunos de los nombres, encuentros e hitos de una carrera tan estelar como modesta.

Mas allá del teatro – y del cine al que por extensión sirvió tan bien – estaba la ópera a la que Chéreau sirvió con espectacular rigor y eficiencia, como pocos o ninguno. No bastó el primer Rossini ni Los cuentos de Hoffmann en Paris, fue Wagner el que lo consagró gracias a una insólita invitación que recibió en 1976 desde el teatro de los festivales de Bayreuth por via de su compatriota Pierre Boulez. “Dígale que no me interesa ir al Líbano” fue su primera contestación, la secretaria había confundido, suele suceder, Bayreuth con Beirut. El llamado se repitió y gracias a la insistencia de Wolfgang Wagner, los dos franceses fueron los protagonistas del monumental, delicioso escándalo al atreverse a escenificar en el templo solemne una tetralogía para el centenario que terminó resultando paradigmática. Con su Anillo, Wagner se pareció demasiado a nuestro mundo, inspirando terror y lógico rechazo.

El barullo de 1976 fue apaciguándose año tras año y para 1980 era un clásico tan absoluto que fue transmitido por televisión a todo el mundo. Nunca tantos habían visto la tetralogía, ni sumando todos los espectadores desde 1876 a 1979 en todas partes. Y entonces, el público de teatro y de ópera, los wagnerianos y los otros, descubrieron la hasta entonces desconocida, avasallante teatralidad del Anillo del Nibelungo gracias al ritmo y la interacción de los personajes impuesta por Chéreau. Aquel Wotan moldeado a imagen y semejanza del mismo Wagner (y del Príncipe Fabrizio de Burt Lancaster en Il Gattopardo), aquella Fricka un rato Cósima y otro Matilde o Minna, la revolución industrial, el Rin contenido por un dique, la austeridad zen del anuncio de muerte o el dragón convertido en gigante de paja fueron hallazgos, entre otros tantos, de antología.

Después vino otro capolavoro, también con Boulez, el estreno mundial de la versión final de Lulu de Alban Berg donde aplicó su experiencia previa en Wedekind, un recordado Wozzeck donde afloró su temprana devoción por el expresionismo alemán, un extraordinario Janacek, De la casa de los muertos, único trabajo que cruzó hasta el Metropolitan neoyorquino y un Cosí fan tutte que fue lo que debe ser, una verdadera escuela de amantes. No regresó a Bayreuth (trataron de tentarlo con Tristan y Parsifal al que se negó porque “no sabía que hacer con la obra mas allá de su música sublime”) pero sí a Wagner con un estremecedor Tristan en La Scala, triunfo total compartido con Daniel Barenboim y un elenco a medida.

Este verano, mientras batallaba con el cáncer, llegó su último, descomunal, merecido éxito en Aix-en-Provence con una Elektra espartana – micénica sería más acorde – que es un rotundo homenaje al teatro griego y al injustamente olvidado Adolphe Appia. Una puesta donde se acentuó mas todavía una línea de trabajo ya justamente legendaria, sólida, arquitectónica, recia y exquisita, donde la belleza se unía al propósito, donde nada faltaba, donde nada sobraba. 

Vale recordar que aquel Anillo (a los 32 años) fue su primer Wagner y nada mas y nada menos que en el (entonces) sacrosanto templo de Bayreuth con sus compinches Boulez y Richard Peduzzi, el notable escenógrafo de todas sus óperas. Sin querer, Chéreau repetía la hazaña que en la década del cincuenta había acometido Wieland Wagner al despojar la obra de su abuelo de toda connotación y tergiversación. Si Wieland volvió a la raíz griega, Patrice le añadió el exacto sabor europeo para universalizarla tanto como aquel. En su nieto y en el visitante del otro lado del Rin, se corporizaba su soñada Gesamtkunstwerk. Paradojalmente, los dos murieron de cáncer de pulmón a una edad (48 y 68 respectivamente) en la que hubieran podido ofrecer tanto más. Y esa es la mayor, la mas inmensa pena. Para el mundo del arte significa una desolada, nueva orfandad. Una verdadera catástrofe.

PATRICE CHÉREAU (2 de noviembre de 1944, Lezigné – París, 7 de octubre de 2013)

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