Bombones á la Fleming

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Imposible olvidar la primera vez que escuché en vivo a Renee Fleming en el Broward Center de Fort Lauderdale hace ya trece años. Era su debut local y la entonces ascendente estrella brindó un recital de canciones en varios idiomas que probó no sólo su versatilidad sino la posesión de una voz de rara belleza. No fui el único deslumbrado, en la platea contigua el lamentado James Roos, crítico musical decano del Miami Herald respetado por su sapiencia pero también parquedad me dijo al oído “Desde Leontyne Price que no escucho nada igual”. No era sólo idea mia ni una impresión fugaz del momento, Jim Roos tenía toda la razón. Fleming se transformó en la soprano americana de la década. Con los altos y bajos de toda profesión, con críticas adversas y elogios, aciertos y errores, altos y bajos ha sabido mantenerse en su lugar.

Su último trabajo es uno que a la manera de divas que le precedieron recoje favoritos personales, sin riesgos innecesarios, plenos de afecto, un lujo que puede darse, que sus fans agradecen y el público general también, especialmente aquellos al que un cede como este les puede abrir la puerta al universo de la lírica.

A los 54 años la cantante mantiene la voluptuosidad tonal emblemática de su instrumento, de una cremosidad y tersura automáticamente reconocibles como lo fue la de su antecesora Kiri te Kanawa. El recital lleva el apropiado nombre de “Guilty Pleasures”, título con el que queda justificado todo exceso sentimental y conste que en todo el sentido de la palabra, es un desfile de indulgencias. Como con otras voces de excepcional riqueza – Tebaldi, Caballé, Price o Martina Arroyo, otra soprano americana que tenia una “voz de dulce de leche” según los implacables melómanos del Colón argentino – la dosis de almíbar puede empalagar y entonces, se aconseja abordar el álbum como a una caja de chocolates, de uno o dos por vez.

Dada su afinidad con este repertorio (sus bisabuelos nacieron en Praga), desde el punto de vista musical el grupo eslavo es particularmente exitoso. El aria de Ondina de Tchaicovsky, el romance de Rachmaninov, el aria de Armida de Dvorak y la canciòn de cuna de Smetana de la ópera El Beso. Asimismo el repertorio francés le va como anillo al dedo, Les filles de Cadix, la Villanelle de Las noches de estío berliozianas – ciclo que bien podría grabar completo – y especialmente Phydilè de Duparc como también los cantos de Auvernia con dos encantadores ejemplos del clásico de Canteloube. Si el arreglo de Danny Boy es en exceso azucarado y las dos canciones de Manuel de Falla no presentan relevancia especial, Fleming ofrece un sublime Ombra di Nube – joyita de Refice que inmortalizó la divina Claudia Muzio y que Jonas Kaufmann parece haber puesto de moda – un insólito arreglo de Korngold de Johann Strauss para la película El gran vals y un igualmente reconfortante Träume de las Wesendonck Lieder, que su maestra Elisabeth Schwarzkopf grabó en su recital de “encores” favoritos y, dicho sea de paso, cantó en el funeral de su marido Walter Legge.

Dos extractos de ópera también funcionan: Susan Graham la acompaña en el famoso duo de Lakme y la soberbia versión del aria Once there was a golden bird despierta la intriga de cómo Fleming interpretaría la Marie Antoinette de John Corigliano, memorable encarnación de Teresa Stratas en el estreno mundial de Los espectros de Versailles donde ella fue la Condesa Almaviva. Un opción que debería considerar.

Al frente de la Philharmonia Orchestra, cumple Sebastian Lessing redondeando un recital que logra su cometido, que no pretende ser otra cosa que bombones musicales a cargo de una voz de probada exquisitez. Desde ya, aquellos alérgicos al exceso de azúcares mejor abstenerse, aunque de vez en cuando podrían incurrir un pecadillo como éste. No se arrepentirán.

* GUILTY PLEASURES, RENEE FLEMING, LESSING, DECCA B0019033-02

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