MTT y un Mahler intenso que pintó una temporada

 

Michael Tilson Thomas - foto Vahan Stepanyan

Michael Tilson Thomas – foto Vahan Stepanyan

Mahler y la Séptima, quizás la menos conocida de sus nueve sinfonías, marcó un espectacular cierre a la temporada 2013-2014 de la New World Symphony bajo la batuta de su creador Michael Tilson Thomas.

Obra todavía mas misteriosa e inquietante que sus hermanas tiene justa fama de difícil e impenetrable, no sólo por erigirse como la más atrevida en el canon de sus sinfonías sino por las complicadas circunstancias que rodearon su composición y donde la falta de inspiración después de un año vienés que dejó exhausto a Mahler jugó un papel fundamental. A punto de desistir después de semanas infructuosas, una vez más el impulso creativo llegó ese verano al lago – el Worthersee – a partir del ritmo providencial, perturbador y susurrante de los remos de una canoa. Punto de partida para que Mahler plasmara esa “Canción de la noche” como llamó a dos movimientos de una sinfonía de cinco en lugar de los cuatro tradicionales y que acabaron por darle nombre.

La cadencia caprichosa y el impredecible salpicar de esos remos tan funéreos como vivaces fueron la excusa del compositor como antes pudo ser una lejana marcha militar de infancia o más tarde, en la misma sinfonía, las campanas de las vacas pastando en el valle alpino. Fue el disparador de la imaginación voladora y abigarrada del Mahler más neurótico y conflictivo pintado como nunca en esta séptima. Sinfonía desmesurada, contenida – literalmente “ensandwichada” – entre dos movimientos vastos y feroces que enmarcan un valle interior de tres, dos nocturnos compuestos un año antes y un scherzo juguetón de inaudita complejidad que MTT plasmó magistralmente.

Menos accesible para la audiencia que las otras, para un director significa internarse en una selva frondosa, una aventura fascinante plena de escollos, lianas, peñascos, helechos, pantanos, luces fugaces y animales que se sienten pero no se ven y por si esto fuera poco, en muchas instancias con sólo la luz de la luna. En este paisaje diverso signado por el omnipresente destino, aparecen y reaparecen figuras de la Tercera y Sexta, y un tapiz orquestal que no sólo tiene ecos sino que es un compendio de Haydn, Tchaicovsky, Dvorak y el Wagner de Los maestros cantores en las fanfarrias del quinto movimiento sino que mira al futuro, a Schönberg y Webern, a otros bosques, los de Wozzeck y Erwartung.

Un exultante Michael Tilson Thomas se abocó a resolver esta críptica fortaleza de la única manera posible, con precisión y liviandad a fin de exhibir y enfatizar con la mayor brillantez posible cada faceta y detalle. No sólo continuó dibujando ese ciclo Mahler con el que engalana cada temporada de la New World Symphony, sino que en la Séptima ofreció una visión general y a la vez individual de los logros de la orquesta en la conclusión del año, y el resultado, es obligación decirlo, fue simplemente excepcional.

La Séptima concita y despliega un desfile donde cada instrumento y sección tienen oportunidad de lucimiento y ese lucimiento estuvo a la orden del día en el centenar de ejecutantes contagiados en una competición por la excelencia. Bronces, cuerdas, maderas, percusión y el extra frisson de mandolina y guitarra proveyeron los exactos matices para definir sombras y luces, nostalgias y discordias, ese juego enloquecido y sarcástico que propone un baile que es en definitiva el de la existencia.

Con intensidad mantenida a través de casi hora y media y el ensordecedor volumen del fin del mundo, con ejecutantes y público al borde de sus asientos y un director en absoluto control culminó una sinfonía que resumió claramente una temporada memorable.

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