Ben Grosvenor, joven titán en augusta compañía

 

Benjamin Grosvenor y el Cuarteto Escher - foto Peter McGrath

Benjamin Grosvenor y el Cuarteto Escher entre bambalinas en UM – foto Peter McGrath

Sucede poco pero cuando sucede se tiene la certeza de estar frente a un evento excepcional. Entonces, los afortunados querrían detener el tiempo y llamar a otros disfrutadores de la música a que acudan a compartir aquello que, en definitiva, es intransferible.  Y además, si los protagonistas son descaradamente jóvenes se agrega la necesitada cuota de esperanza.

Así podría definirse la actuación de Benjamin Grosvenor y el Cuarteto Escher para Friends of Chamber Music en el Gusman Hall de UM gracias a un programa ecléctico que se hizo corto en vista del talento desplegado en escena. Los miembros del cuarteto Escher – en homenaje al artista holandés con el que no sería descabellado imaginar alguna que otra curiosa coincidencia – abrieron fuego con Ainsi la Nuit de Henri Dutilleux (1976), obra que parecería grabada a sablazos en la piedra y en sucesión de grises, obra nocturna, helada, parca y aterradora; no aconsejable para escuchar en una caminata solitaria a altas horas de la noche. Esas letanías, constelaciones, espejo del espacio y tiempo suspendido – y regresan las imágenes de Escher – que la componen hallaron en los apenas treintañeros Escher sus más fervorosos paladines.

Con sencillez y modestia proverbial, Benjamin Grosvenor entró, tocó y conquistó. A un año de su segunda actuación miamense se lo ve aún más maduro, lo que a los 21 también es una insolencia. Mendelssohn, Schubert y Liszt-Gounod bastaron para deslumbrar y reconfirmarlo como un coloso de su generación.

Desde los primeros acordes del Andante & Rondo capriccioso estableció los tres parámetros de la noche: elegancia, virtuosismo y profundidad reflejada en una luminosidad contundente e inaudita paleta tonal testimoniadas pieza tras pieza. El Impromptu Opus 90, 3 fue un inolvidable canto a la ternura schubertiana enlazado en la magia del movimiento incesante y la diabólica transcripción del vals de Fausto tuvo en el británico el apabullante resumen de orquesta y coro de la ópera emanando desde un piano. Ese refinamiento y claridad son rasgos esenciales de este “benjamín” que sabe agigantarse cuando debe.

Ese mismo control soberano, ejercido desde una distancia que no deja de sorprender, imprimió a la segunda parte del programa con el célebre Quinteto para Piano Opus 81 de Dvorak. Aquí los Escher se acoplaron aunque desde otra perspectiva y percepción. Si no todo fue perfecto se apreció en cambio un intercambio fogoso, estimulante, necesario, provocador, pleno de aristas diferentes que hubieran hecho reflexionar al mismo Dvorak. Las notables intervenciones de Dane Johansen en chelo y Pierre Lapointe en viola redondearon la labor de los violinistas Adam Barnett-Hart y Aaron Boyd para entregar una versión de gran belleza no exenta de vívida experimentación.

Un soberbio fin de temporada donde nada queda por agregar, sólo atesorar la experiencia y esperar por el pronto regreso de un pianista hoy por hoy imprescindible. 

Benjamin Grosvenor

Benjamin Grosvenor

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Cuarteto Escher – foto Laura Rose

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