Infatuados con Thaïs

Eglise Gutiérrez como Thaïs en FGO - foto Justin Namon

Eglise Gutiérrez como Thaïs en FGO – foto Justin Namon

La suntuosidad orquestal y melódica testimonian el experto oficio de Massenet pero no logran disimular que Thaïs es un derivado del compositor de Manon y Werther. Un clásico ejemplo de cuando el París de la Belle Epoque sucumbía a la moda orientalista en las artes plásticas y decorativas amén de incontables óperas exóticas que barnizadas con rampante wagnerismo – otra epidemia de entonces – cayeron en el olvido por obvia decantación. Son títulos que hoy se representan rara vez, como Lakme, Salammbo, Phryne, Padmavati o Los pescadores de perlas, recordadas por algún aria o dúo solitario debido a sus desparejos valores musicales, cuando no, perimida teatralidad. 

Infatuado con la soprano californiana Sybil Sanderson, su favorita Manon y para quien seis años antes había compuesto la estratosférica Esclarmonde, Massenet escribió Thaïs al comienzo de la declinación de la diva en cuestión – una belleza irresistible adicta al alcohol y a la morfina que murió a los 38 años de cáncer de hígado – asegurándose buenos dividendos con esta suerte de papilla-místico-musical inspirada en la novela de Anatole France. De hecho, se pueden trazar obvios paralelismos entre Sanderson y el compositor y la infatuación de Athanael por la cortesana Thaïs de Alejandría; con ese monje masoquista que disfraza su represión con fanatismo exasperante, una variante de Tannhäuser resistiéndose al llamado de Venus en un melodrama enmarcado por orquestación wagneriana cargada de almíbar francés. Lo cierto es que Thaïs sobrevivió gracias a la arrobadora Meditación para violín del intermedio del segundo acto y el aria Dime que soy bella, una versión operística del Espejito espejito de Blanca Nieves coronado con un traicionero agudo final optativo, dolor de cabeza para la soprano que decida intentarlo.

Pero no hay ópera que sostenga una producción entera en virtud de un aria – por otra parte exquisito material de recital o bis correspondiente – y eso sucede con Thaïs, obsoleta a menos que el director de escena decida una reelaboración radical, una vuelta de tuerca conectada con la actualidad o que se justifique con una propuesta monumental de primerísima línea. Justificadas razones de fuerza mayor llevaron a FGO a la cancelación de  Tristan e Isolda, por eso no deja de desconcertar la decisión de programar Thaïs como final de temporada habiendo tantos títulos mas atractivos en el repertorio lírico.

Ya en 1926 un crítico neoyorquino la cuestionaba como “un desierto musical cuyos únicos oasis son la meditación y un aria”; quizá por eso desapareció del mapa o sea repuesta tan esporádicamente. En cuanto a su protagonista, la malograda Sanderson fue sucedida por glamorosas Prima-Donnas de preguerra como Mary Garden (1907), Geraldine Farrar (1917), Maria Jeritza (1922) en el MET y en otras salas como el Teatro Colón de Buenos Aires donde aún se recuerda a la divina Ninon Vallin en 1918 y 1924. Para mal o para bien, la debacle de la Segunda Guerra Mundial terminó de arrasar ese mundo llevándose a Thais consigo. La mujer fatal devenida santa recién volvió al MET en 1978 como vehículo de lucimiento de una Beverly Sills declinante y tres décadas después para Renée Fleming en una perfumada versión (editada en DVD) una década después de haberla grabado con Thomas Hampson que también fue su Athanael en la escena neoyorquina.

Menudo desafío para Eglise Gutiérrez en su debut absoluto como la protagonista. La admirada soprano cubanoamericana prestó un timbre mas oscuro al acostumbrado, compenetración con el personaje y toda su batería de recursos al servicio de la coreográfica puesta de la dupla Renaud Doucet-Andre Barbe que optó por una visión multicolor rematada por un vestuario extravagante que incluyó estampados á la Klimt y algún detalle gratuito pour épater les bourgeois. Un enfoque ilustrativo con resabios de Wieland Wagner en la planta escenográfica del primer y último cuadro, fue intencionalmente kitsch y obsesiva en la multiplicación del “ojo de Dios”.

La excelencia del director Ramón Tebar y una orquesta a la que sigue mejorando contra viento y marea, aportó lustre y esmalte justos a la maestría massenetiana brindando una lectura rica, urgente, sin concesiones ni amaneramientos sumado a la eficacia de un elenco de jóvenes valores donde sobresalió el timbre y estilo del tenor uruguayo Martin Nusspaumer como Nicias y el Palemon del bajo Adam Lau, otro nombre para seguir de cerca. Por su parte, el Athanael del canadiense Kristopher Irmiter aportó importante caudal para uno de los roles mas desagradecidos y demandantes del repertorio galo en su cuerda, secundados ajustadamente por resto del elenco y el coro preparado por Michael Sakir.

Más allá de aciertos y reparos y aunque sea difícil no quedar atrapado en la miel de la Meditación, el ejercicio objetivo de la crítica especializada no puede ocultar que la elección de Thaïs deja interrogantes sin respuestas.

*THAÏS – FLORIDA GRAND OPERA – Mayo 3,4,6,10,15,17 – Miami-Fort Lauderdale

 www.fgo.org – 1-800-741-1010

Thais 15 

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