Romeo & Julieta, ojo de la tempestad en Santa Fe

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Con Romeo y Julieta, el Bardo legó otro de sus eternos imbatibles que camaleónico se adapta a todo tiempo y circunstancia. Naturalmente, la música no tardaría en apropiarselo; de Bellini a Berlioz y de Tchaicovsky a Bernstein, los amantes de Verona se adaptaron a estilos disímiles para proclamar la universalidad de un relato tan simple como único. En la adaptación de Gounod, Romeo et Juliette halla en la ópera su apoteosis romántica, desmesurada, intensa; a la postre efectiva, donde el último acorde, cataclísmico y reconciliatorio, parecería encapsular la tradición lírica francesa, alemana e italiana. Aquí se respira Wagner, Verdi, el futuro Puccini pero sobre todo, puro y rancio Gounod.

No será la primera ni la última vez que la naturaleza colabore activamente en las puestas en escena del espléndido Festival de Santa Fe en su edición sexagésima en pleno desierto de Nuevo México, cuando para el primer Romeo et Juliette de la compañía, truenos, rayos y tempestad actuaron en pasmosa concordancia acentuando momentos claves como inesperada adición a las bondades de la puesta de Stephen Lawless. Lejos de la Verona original – o para el caso, de la espectacularidad del Met o Salzburgo – el director trasladó la acción a las postrimerías de la Guerra Civil Americana obteniendo fascinantes resultados. En una astuta planta escenográfica única debida a Ashley Martin-Davis – responsable del vestuario de “rojos” y “azules” – enmarcó la tragedia con solemnidad de oratorio, de gigantesca misa para los desdichados amantes, sirviéndose de un mausoleo semicircular, suerte de panteón con los nombres de los caídos en los muros. La severidad del coro inicial en grises y negros dio paso a un baile magnífico con las damas de luto transformadas en belles sureñas con una pompa viscontiana que también evocó la estética reinante en el momento de su composición, uniformando así moral e hipocresía a ambos lados del Atlántico.

Fue tarea del británico Harry Bicket – director musical de la compañía y del English Concert – aplicar la debida pátina de elusivo estilo galo, en las transparencias de las cuerdas y el poderío de bronces, rescató el espíritu de la música, sin melosidad y con la requerida pasión  para que no quedara como una flor sin perfume, algo que sucede a menudo en ópera francesa con la homogeneización del estilo internacional todo-terreno, rasgo que por momentos se apreció en los cantantes.

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Si Bicket obtuvo una orquesta respondiéndole atentísima, como ejemplo la ternura camarística que impartió al preludio a la escena del balcón (estos no son ni Tristan ni Isolda, ni Violeta ni Alfredo, ni Carmen ni José, sino dos adolescentes curiosos), no se quedó atrás la solidez del coro, ni la coreografía impecable de espadas y espadachines y una naturalidad escénica ejemplar que redondeó una puesta reveladora y elegante cuyo único reparo fue la innecesaria inclusión del ballet en el primer acto.

En ese marco, la pareja protagónica señaló otro acierto en los ascendentes Ailyn Pérez y Stephen Costello, recientemente divorciados en la vida real. El registro medio de la radiante soprano ha madurado hacia un lustre y cremosidad exquisitas y mas allá de cumplir con el vals inicial – musicalmente el momento mas obvio y menos interesante de la obra- probó sus condiciones con un notable Amour ranime mon courage, el aria que la original Carvalho no cantó en el estreno de 1867. A su lado, Costello trazó un Romeo ardiente, ágil, luminoso, parejo vocalmente pese a algún agudo tirante en Ah lève-toi soleil. Ambos brillaron en los cuatro dúos que apuntalan la ópera, especialmente el apasionado Nuit de l´hymenee y la demandante escena final.

El padre Lorenzo de Raymond Aceto fue otro puntal de la versión asi como la Gertrude de Deborah Nansteel y el imponente Duque de Soloman Howard. El resto del elenco funcionó como el envidiable ensamble de esta compañía formado por veteranos y aprendices reune cada verano, constatado en la fluidez musical y escénica, sin poder dejar de mencionar la canción de la reina Mab (Elliot Madore) y Que fais-tu blanche tourterelle(Emily Fons).

En el final, la grandiosidad propia a Gounod plenamente lograda con un equipo artesanalmente trabajado y una escultórica, opulenta imagen última digna de un imperio pacificado por el sacrificio de sus retoños mas queridos.

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