Tres pianistas y dos directores para un banquete musical

Lugansky - Foto James McMillan

 

En Miami, la actuación de tres eximios pianistas sumada a dos directores de orquesta, expertos en el estilo musical de su país de origen, disparó en el aficionado un viaje imaginario por Moscú, Varsovia, Praga y París. Al recital del ruso Nikolai Lugansky (1972) con Friends of Chamber Music se sumaron las actuaciones del cubano-americano Horacio Gutiérrez (1948) como solista de la Orquesta de Cleveland y del francés Jean-Yves Thibaudet (1961) con la New World Symphony para completar una semana musical de inusual jerarquía.

No bastaron fama, premios (entre ellos, tres Diapason D’Or de la crítica francesa) ni un programa atrayente para convencer a la renuente audiencia miamense en llegarse hasta el Gusman Hall donde Nikolai Lugansky deslumbró a la escasa concurrencia. Durante la primera mitad del programa, dedicada a Chopin, el moscovita hizo gala de tempos personalísimos, ataques impecables y un instinto poético a toda prueba. La selección combinó caballitos de batalla con otros menos conocidos; fuese la Fantasía en fa menor, el Preludio Op. 45, el Nocturno Op.27, el Scherzo Op. 54 o la Polonesa Heroica con la que concluyó, en todas conquistó su sobrio intimismo y reservada emoción.

Aún mejor fue Rachmaninoff, se lo sintió a sus anchas en la monumental primera sonata – la menos frecuentada de las dos – que resolvió con espectacular virtuosismo. Lugansky impartió una lectura magistral que motivó tres bises: dos preludios del mismo compositor y un delicioso arreglo del Liebesleid de Fritz Kreisler.

La última actuación de la temporada de la Orquesta de Cleveland probó ser la más consistente de la serie gracias un programa algo menos trillado (a pesar del Segundo Concierto para piano de Rachmaninoff) y el director indicado para ese repertorio: Jiri Belohlávek. Una versión vigorosa y “a la antigua” – en una tradición que aunque efectiva y válida, hoy ya suena anticuada  – de la Sinfonía 96 de Haydn siguió al sublime Allegretto de la Séptima de Beethoven, fuera de programa y en honor a las víctimas de la tragedia japonesa. El segmento fue cerrado con un aplauso inoportuno amén de la irrupción de sendos celulares que colaboraron a empañar el tributo.

Horacio Gutiérrez - foto: C. Steiner

Si el Haydn acusó potencia, velocidad y un joie-de-vivre campesino y aristocrático a la vez, el tan transitado Rachmaninoff gozó de la imprescindible cuota de espectacularidad y afortunadamente, el menor sentimentalismo posible. Fue Horacio Gutiérrez un solista destacadísimo. El sazonado pianista habanero exhibió la justa combinación de poderío sonoro y virtuosismo, sin amaneramientos ni excesos. Al mismo nivel la orquesta que, en la segunda parte entregó su mas relevante contribución del año, una Séptima sinfonía de Dvorák sencillamente colosal.

Todos los elementos se combinaron para esta versión memorable. La empatía y afinidad de la orquesta con el repertorio centroeuropeo y un director que si bien puede dirigir la obra mientras duerme, proveyó una lectura inspirada, fresca, vital, de lirismo arrollador. Con claridad proverbial, el checo retrató el carácter de su gente, subrayó cada estampa folklórica con envidiable exactitud sin dejar de lado el solemne trasfondo brahmsiano inherente a la sinfonía. Belohlávek prescindió de  coreografías innecesarias y la orquesta respondió fluyendo con desusada fruición. Como prueba, un irresistible  Scherzo liderado por el concertino William Preucil. Pleno de color y lirismo, se tuvo un derroche de irrefutable autenticidad.

La atmósfera Mittel-Europa tan bien plasmada por los Clevelanders fue desafiada por otra, la francesa, que no se quedó atrás gracias a una óptima dupla instigadora: Stephane Deneve al podio y Jean-Yves Thibaudet como solista de la New World Symphony para una velada exquisitamente gálica que recorrió lo novedoso, lo familiar y lo inexplorado.

Jean-Yves Thibaudet - foto: Kasskara

Dedicada a Deneve, A Glimmer in the Age of Darkness de Guillaume Connesson (1970) es una obra del 2005 que describe la aparición de la luz en la galaxia. Con medios tradicionales describe un paisaje intergaláctico de sensuales contornos y referencias a otros compositores (y a la raga Todi indostaní) sin incurrir en el pasticcio o en lo meramente derivativo.  El joven compositor logra una pieza evocativa, accesible e impregnada de un clima y raigambre indefectiblementes franceses.

Pocas composiciones se avienen mejor a Jean-Yves Thibaudet que el Concierto en sol mayor de Ravel. La pieza concita todas la vertientes por las que ha conquistado fama. El gran pianista lionés entregó una espléndida lectura descollando en los eclécticos requerimientos de cada movimiento. Las bravías alusiones al jazz y Gershwin del primero y el vertiginoso final tuvo en el segundo un descanso, con el mas poético y elegante adagio imaginable. Aquí Thibaudet ejemplificó la esencia de Ravel. La soberbia colaboración entre director y pianista realzó la excelente labor de la orquesta.

En la segunda parte, fue eficaz – aunque un tanto anticlimática –  la inclusión de Teddy Abrams dirigiendo la  Alborada del gracioso de Ravel. Regresó Deneve al podio para una rareza, los fragmentos sinfónicos de la suite del ballet El festín de la araña de Albert Roussel (1869-1937). Aderezados por el comentario previo del director y las indicaciones en la partitura proyectadas en la pantalla a modo de guía, los episodios concitaron la visualización imaginaria del mas exuberante dibujo animado. Clásico y sugerente, lejos de las trasgresiones stravinskianas de la época, su inclusión al programa fue un acertado complemento para el gran final con La Valse, vertida con la exacta efervescencia y entusiasmo, dignas del homenaje al vals vienés deseado por Ravel. Sólo el programa de mano recordó el virulento, desatinado comentario de Sergei Diaghilev “Más el retrato de un ballet que un ballet”, en manos de Deneve se tuvo crema vienesa pasada por el tamiz francés: delicioso punto de encuentro para gourmets☼

Sebastian Spreng©

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