Triunfal Billy Budd en Glyndebourne


El universo de Britten intriga, atrae, conmociona súbitamente; sus óperas esenciales bregan con la pérdida (y perversión) de la inocencia, un tema que lo obsesionó y que supo tratar como ninguno.  Entre Peter Grimes (1945) y Otra vuelta de tuerca (1954) se ubica Billy Budd, la tragedia del marinero de Hermann Melville en notable adaptación de los libretistas Forster y Crozier. Estrenada en 1951, es uno de los puntales de la ópera del siglo XX.  

Sesenta años después, la flamante versión de referencia proviene paradójicamente de Glyndebourne, festival con el que Britten mantuvo tensas, difíciles relaciones y que recién en 2010 estrenó este triunfal Billy Budd que ahora se edita en un DVD de óptima factura.

En la revisión del compositor de 1960, la puesta saluda el brillante debut operístico del director teatral Michael Grandage enmarcado por la perfecta planta escenográfica de Christopher Oram y un elenco sin fisuras.  El vector es la culpa que habita y carcome al viejo Capitán Vere (exquisito John Mark Ainsley) quien hace el racconto de los hechos acaecidos en El Indómito. Culpa encarnada en el claustrofóbico interior del barco – tórax, carcaza, cárcel, jaula – y que la audiencia ve algo distorsionada, como a través de una lente ojo de pez que es también la evocación del capitán. Si el mar es protagonista, aquí está ausente; no hay escapatoria posible en este duelo entre el bien y el mal que se libra desde el puente, que vigila y juzga incluso al espectador. 

En ese contexto, el siniestro Claggart de Philip Hens es el ideal contrapunto de Ainsley. Ambos son sutiles y creíbles, revelan la justa ambigüedad de sus personajes. Vértice fundamental del triángulo dramático es Billy en una creación consagratoria de Jacques Imbrailo. El joven barítono sudafricano inviste al marinero de una espontaneidad e inocencia cautivantes. Después de verlo, cuesta imaginar “otro” Billy; como también cuesta olvidar su soliloquio (Look! Through the port comes the moonshine…) previo a la ejecución.  Radiante, simple, bonachón, tan desvalido como azorado y resignado ante su destino, pese a su voz algo liviana para el papel, Imbrailo logra una consubstanciación que lo ubica a la par de otros ilustres Billy, llámense Theodor Uppman, Thomas Allen, Thomas Hampson o Simon Keenlyside.

Matthew Rose es un espléndido Flint, de igual nivel el “Novicio” de Ben Johnson, Jeremy White (Dansker), Ian Paterson (Redburn) y Darren Jeffery (Ratcliffe) como el coro de Glyndebourne en un despliegue de conjunto ejemplar. La London Philharmonic Orchestra a cargo de Mark Elder transita el amplio espectro marino pintado por Britten con sutileza y ferocidad memorables.

Ópera triste que crece a medida que avanza, que sin golpes bajos crea un implacable crescendo cinematográfico hasta dejar un nudo en la garganta y el más inquietante vacío, en la soberbia puesta de Grandage es un “clásico instantáneo”. Es, además, una puerta al intrincado universo de Britten y su visión de un mundo rígido que con el sacrificio de Billy apaga su oportunidad de redención☼

Sebastian Spreng©  

BILLY BUDD, OPUS ARTE OA 1051 D

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