Inclasificable Martha Mödl, un tributo

Para el centenario de su nacimiento, una edición que conmemora a Martha Mödl (Nüremberg, 1912-2001), pilar interpretativo del “Nuevo” Bayreuth de posguerra y – junto a Varnay y Nilsson – musas inspiradoras de Wieland Wagner.

Y no es fácil el homenaje discográfico a una cantante – definición más apropiada que soprano, mezzo o contralto porque era todas y ninguna de esas cuerdas – cuyo fuerte no era su voz sino su presencia escénica. Se dijo que Mödl “supo hacer una carrera sin voz” y es discutible porque quizás tal aseveración surgía de compararla con una antecesora como Kirsten Flagstad; máxime, en vista de las carreras actuales que disimulan esa carencia con micrófonos. Su registro medio era poderoso, sus graves insondables, temibles, guturales, sus agudos a menudo inciertos; no obstante, aún en los tramos finales de su carrera extensísima, con una columna o un hilo de voz demostraba que era una figura irrepetible. En Mödl contaba la intensidad, la proyección de la palabra hecha música, la voz era un “gusto adquirido” – como Peter Pears, Leonie Rysanek o la misma Callas – y con su magnetismo escénico bastaba.  Aquella voz inmensa, de rara opacidad resultó para Wieland Wagner, el complemento ideal al metal de Astrid Varnay, después llegó Birgit Nilsson.

Dos cedés recorren la trayectoria de más de medio siglo de la cantante alemana; desde Rienzi en 1951 a la Condesa de la Dama de Pique en la década del ochenta. Si las tres ausencias más notables son Waltraute, Leonora y especialmente Kundry, su mejor y más famosa encarnación; está su personalísima Isolda (en fragmentos de 1955 con Leitner-Suthaus y 1958 con Keilberth-Windgassen-Grace Hofmann), sus prescindibles Wesendonck Lieder,  una valiosa Sieglinde y la premiere discográfica de una inmolación de Brunilda bajo Georges Sebastian en 1957 que, amén de las usuales notas caladas y sin la grandiosidad de Bayreuth, posee una intensidad arrolladora. Es la pieza central de la edición, para confirmarlo basta escucharla en la frase “Ruhe, ruhe du Gott“.

La gran Mödl asoma aún más como la Klytämnestra straussiana (eriza como ninguna cuando le susurra a ElektraWeisst du kein Mittel gegen Träume?”), como Melusine de su amigo y colaborador Aribert Reimann y como la madre de Bodas de Sangre (Bluthochzeit) de Wolfgang Fortner en el monólogo final “Con un cuchillo que cabe en la mano”. Aquí también revela que su arte estaba hecho de frases engarzadas, de acentos que se instalan para siempre en la memoria del oyente. Concluye la entrega el Opus 48 de Beethoven, las seis canciones de Gellert con Raucheisen al piano en 1950, con la voz intacta. La solemnidad monolítica que imprime a su lectura son un testamento irrefutable de la grandeza de una cantante que tituló su autobiografía So war mein Weg. Sólo ella pudo y supo recorrer su vida así, haciendo camino al andar☼

MARTHA MÖDL, PORTRAIT OF A LEGEND, PROFIL HÄNSSLER PH12006

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