Lohengrin, rugido de ratón

Richard Wagner quería que el Teatro de los Festivales de Bayreuth fuese un laboratorio de experimentación pionero. Casi siglo y medio después, su bisnieta Katharina se lo ha tomado al pie de la letra y junto a su hermanastra Eva, desde el 2008 regentes del teatro de la verde colina, están poniendo al festival patas arriba. Los trabajos del revolucionario Wieland Wagner en la década del cincuenta y sesenta empalidecen frente a estas enfants-terribles y si tío Wieland probó que “menos es más”, sus sobrinas nietas quieren mostrar a toda costa que para su generación “más es más”.

Un ejemplo categórico ha sido la radicalización sufrida por Lohengrin, la mas “italiana” de las óperas del compositor. Para esta aventura, el catalizador de las aguerridas hijas de Wolfgang Wagner ha sido el director Hans Neuenfels quien concibe la tristemente ópera favorita de Hitler como una “metáfora de la autoridad”, un experimento donde el pueblo son ratas de laboratorio y los protagonistas los únicos con aspecto, mas o menos, humano. Neunfels sitúa la acción en un impoluto recinto atemporal – perfecto marco del escenógrafo Reinhard von der Thannen – detrás de un muro con agujeros como “de queso”, queso emblemático de la lucha por el poder que se añade al motor de la historia, la resolución de la identidad del misterioso caballero del cisne. Una propuesta controvertida, delirante y visualmente disparatada que hoy por hoy, funciona. Si logra trascender y sostenerse con el paso del tiempo es otro cantar, por ahora Neunfels comulga con la inmediatez y originalidad, implacables rectoras del momento en el mundo del arte actual, dos condiciones que no se le pueden negar.

Columna vertebral de la ópera, el siempre magnífico coro de Bayreuth por obra y gracia de von der Thannen se convierte en un centenar de ratas gigantes – negras, grises, blancas, amarillas y algunas rosadas, francamente simpáticas – que según el régisseur simbolizan “lo inteligente, lo cómico, lo repugnante y el instinto de supervivencia del pueblo alemán”. Las sorpresas no dan pausa ni tregua sucediéndose hasta el final cuando el heredero Gottfried emerge de un huevo-urinal para cortar su cordón umbilical. Es el último susto después de, entre otros, una Elsa flechada como San Sebastián de los fifties que además encarna a Leda y la dualidad Odette/Odile del Lago de los cisnes (con port-de-bras incluido) y una repelente Ortruda como letal Aufseherin de Ravensbuck o Bergen-Belsen. Completan el concepto los aleccionadores dibujos animados, con ratas por supuesto, que preceden cada acto, enseñando “verdades” a la Brecht.

Al igual que para la referencial lectura de Nikolaus Lehnhoff en Baden-BadenKlaus Florian Vogt vuelve a conquistar como Lohengrin. Definitivamente un gusto adquirido para puristas, su voz rara, blanca y poderosa posee características únicas que al unirse a su ideal physique-du-rol hacen del hijo de Parsifal una excelente carta de presentación. Pese a algún agudo destemplado, Annette Dasch es una Elsa adecuada y Petra Lang una Ortruda odiosa como pocas con un Entweihte Götter antológico. Su consorte, es el excelente finés Jukka Rasilainen mientras que Georg Zeppenfeld y Samuel Youn cumplen como el rey Enrique y el heraldo.

Lidera la extraordinaria orquesta del festival el joven letón Andris Nelsons encargado de aportar la cuota de emoción y calor imperiosamente necesitados para combatir la frialdad del ascético experimento que transcurre en escena.

Con el desenfado de su insólito “Chorus Line” aderezado como el mejor Disney, esta “desacralización” de Lohengrin, asombra, provoca, enfurece, divierte y entretiene gracias al conjuro de Neuenfels donde faltaría Wagner como flautista de Hamelin para concitar al ratonaje. Sólo queda la esperanza de que este éxito no sea otra trampa para ratones que motive a Bayreuth a convertirse en un zoológico, mas parecido a un parque de diversiones que al templo musical soñado por el bisabuelo de las hermanastras. Previsiblemente, el coro de bravos y abucheos del público es un show aparte

☀WAGNER, LOHENGRIN, OPUS ARTE OA 1071 D.

(para una versión editada del artículo lea El Nuevo Herald de Miami el domingo 2 de septiembre)

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