Fantásticos fineses revelan la voz del unicornio

Kari Kriikku – foto Marco Borggreve

Con el estreno estadounidense del Concierto para clarinete de Kaija Saariaho, la New World Symphony culmina un año, otra vez, en alza; una première que además sirvió para mostrar la abundancia y solidez irrefutable de la música en Finlandia, ejemplar semillero de talentos actual. La velada fue dirigida por Susanna Mälkki con la participación del clarinetista Kari Kriikku, a quien está dedicado el concierto y que ha estrenado (o popularizado) los de Kimmo Hakola, Jouni Kaipainen y Magnus Lindberg aunque con éste, rompe convenciones con una interpretación tan intrépida y fascinante como la obra misma.

Kaija Saariaho – foto: Priska Ketterer Luzern

Inspirado en La dama del unicornio, la espléndida serie de tapices medievales que se exhiben en el Museo de Cluny parisino, ciudad de residencia de Saariaho, está integrado por seis movimientos correspondientes a cada tapiz y cada uno de los sentidos que ilustran respectivamente; el último lleva la inscripción A mon seul désir y por su ambigüedad también titula la obra con el anagrama “D’OM LE VRAI SENSE”.

Más allá del  logro de la compositora en la exploración e ilustración musical de cada sentido – oído, vista, aroma, gusto, tacto y un íntimo, críptico e indefinido último – pervade la atmósfera de encantamiento inaprensible e hipnótica que consigue generar. Saariaho sabe captar la atención de una audiencia, en este caso absorta, para una obra que obviamente enlaza con la tradición nórdica, desde el Sibelius mas denso hasta las contribuciones al instrumento de Carl Nielsen, Einojuhani Rautavaara, Aulis SallinenEinar Englund.

Obra contemporánea, felizmente accesible, reconfortante, deja una sensación de misterio insondable;  misterio creado por la orquesta que actúa como un mullido marco – un bosque impenetrable y frondoso de verdes profundos al que Saariaho  define “respiración orquestal” – una selva oscura donde la única luz que aparece y desaparece es el inasible unicornio encarnado por el clarinete.

En su amplísimo, casi imposible espectro, la “voz” de la criatura fabulosa concebida por Saariaho presentó un desafío mayor al eximio clarinetista que además se paseó por la sala y escena, enfrentando, observando, jugando, divirtiéndose con público y orquesta en un despliegue de virtuosismo y energía que haría empalidecer a Artie Shaw y quizás, a Gene Kelly. Ni clarinete, ni pájaro, ni orca, ni humano, sino todos y ninguno, quizás animal mítico donde la ejecución y gestualidad que debió negociar Kriikku tuvo un desempeño y justeza admirables. Trinos, modulaciones y trémolos, esta rara combinación de Khrisna con flautista de Hamelín se fue llevando uno a uno los miembros de la orquesta en una coordinada puesta en escena que incluyó cada tapiz proyectado en las pantallas del hall. Una experiencia onírica, sin aristas, que quedó reverberando serenamente y despertó el apetito por más de  Saariaho, una dama capaz de desentrañar al mismísimo unicornio.  

Acorde al nombre “tapices parisinos” el programa concluyó con la Sinfonía Fantástica de Berlioz, una elección taquillera que si en principio pudo ser discutible resultó coherente para redondear este tapiz francés de corte fantástico. Otra vez descolló Susanna Mälkki, quien cómodamente echó por tierra todo preconcepto sobre “directoras mujeres”. Elegante y expresiva, entabló un magnífico rapport con la orquesta que le respondió con envidiable precisión y transparencia. Tan claro como poderoso, su Berlioz mostró un enfoque analítico que no evitó los rasgos propios de cada movimiento imbuídos del más genuino romanticismo.  Fluida y refinada, la espectacular sonoridad del aquelarre y la marcha hacia el patíbulo remató un concierto donde mundos alucinados colisionaron con la realidad. Un experimento fantástico del que la batuta de la finlandesa supo ser la minuciosa artífice

Susanna Mälkki – foto Simon Fowler

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