Salvando las distancias

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Leni Riefenstahl – Olympia – (1936-1938)

Si bien ni política ni deporte competen a MIAMI CLASICA se impone una nota al margen a propósito de la grandiosa inauguración de los juegos olímpicos de invierno que incluyó diversas manifestaciones artísticas. Magnífico, sorprendente, desmesurado, excesivo, desigual, saturante son algunos de los adjetivos aplicables al evento de apertura tan espectacular como decadente. Una demostración de poderío apabullante con los inconvenientes que acarrea este tipo de espectáculos cuyas dimensiones van aumentando “olímpicamente” en una progresión acorde y por lo visto imparable cada cuatro años.

Espectáculos que harían palidecer a la mismísima Leni Riefenstahl, shows donde el despliegue se casa con la superficialidad al punto de eclipsar la supuesta premisa de entretener. Desde ya, Sochi no es el primero ni será el último y si, obviamente, nadie pretende ni sueña con una profundidad alejada de lugar y contexto, no estaría demás una propuesta y enfoque más armónico que muestre los logros de la civilización a escala humana, en última instancia, mas acorde con el espíritu olímpico.

Quizás por eso, el desfile de cada delegación resultó lo más normal y al mismo tiempo fascinante, la infinita variedad de tipos humanos, el asombro, la alegría, la esperanza, el entusiasmo, la sana competencia y la unión por el deporte; y aquí vaya una felicitación al sutil alegato de griegos (en sus guantes) y alemanes (en sus trajes) con diferentes versiones del arco-iris LGBT. El resto fue previsiblemente deslumbrante, previsiblemente largo, previsiblemente monumental, previsiblemente soso. Capítulo aparte, para las alucinantes proyecciones deportivas con fondo obligado de sopa musical rusa  – tal como debía ser – y que ató a Stravinsky con Borodin y Schnittke amén de Tchaicovsky (compositor nacional dicho sea de paso homosexual mal que les pese a algunos compatriotas) con un sofisticadísimo Lago donde los cisnes semejaban luciérnagas cuando no polillas colapsando en naftalina azul. En las comarcas del zar Boris Godunov (oh paradoja) sólo faltó la apoteosis soviética del Perno de Shostakovich donde la parafernalia orquestal rivaliza con el ultra kitsch de las Ziegfield Follies hollywoodescas. Otra vez los extremos se tocan.

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Leni Riefenstahl – Olympia, 1936

Coincidencias coincidencias, con días de diferencia las dos divas reinantes del Met neoyorquino hicieron sendas apariciones en eventos deportivos representando a sus respectivos países, señalando lo que ojalá sea el comienzo de una tradición y no un mero evento aislado. Los efectos podrían dejar la impronta de Pavarotti y su Nessun Dorma que en un mundial de fútbol no muy lejano logró contagiar la adicción por la ópera a más de un afortunado.

El domingo, Renée Fleming cantó el himno americano en el Superbowl, un acontecimiento mas modesto y menos relevante a nivel mundial pero fundamental para los Estados Unidos. El viernes siguiente, Anna Netrebko cantó el menos conocido himno olímpico, en una vena aguerrida, mas arenga que belcanto. Gustos y preferencias aparte, Fleming (54) producida para la ocasión exhibió su típico estilo con las virtudes y tics que aman sus adoradores y detestan sus detractores; por su parte Netrebko (42), emergió cual confite de torta de bodas con un traje que motivó el clásico comentario “Necesita amigos gays”. Quizás los necesite.

Se entiende el privilegio y honor que significa cantar para su patria en un evento de tal magnitud pero también – sin importar la postura privada o pública – la necesidad de preveer las consecuencias que podría acarrearle visto y considerando las hostilidades que enfrenta la comunidad LGBT en su país. Mas allá de la polémica y publicidad que en su momento los rodeó por el mismo asunto, Netrebko y Gergiev –  uno de los portadores de la bandera olímpica – salieron indemnes del Eugene Onegin que abrió la temporada metropolitana. Comprometerse, exponerse, quedar al margen, callar, otorgar o asumir integran el abanico de opciones al que se enfrentan artistas de ayer y aún más de hoy. Por mejores intenciones que abriguen, habrá que esperar el veredicto de la historia, no deberían olvidar que por adhesiones, afiliaciones y compromisos mucho menores otros colegas fueron cuestionados ante verdades irrefutables a la hora del balance final.

No está demás recordar que en 1936 el hombre fuerte de Alemania evitó felicitar al legendario atleta afroamericano Jesse Owens. Salvando las distancias, en unos días se sabrá si el hombre fuerte de Rusia hará lo mismo en caso que deba hacerlo con un campeón LGBT. Por ahora, Netrebko anunció que no cantará en la ceremonia de clausura. Los fans de la notable soprano rusa respiran aliviados y como rezan las películas “cualquier semejanza con situaciones y personas reales es pura coincidencia”.

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Jesse Owens – Leni Riefenstahl – Olympia, 1936

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